Es más común de lo que creemos el hecho de que las más grandes obras -no solamente de cine- son las que en alguna instancia de su proceso de creación han estado más cerca del desastre. Esta teoría contiene cierta lógica dado que uno de los valores fundamentales para que el producto final genere el asombro y el reconocimiento en el receptor final es la innovación en lo que apreciamos como resultado o en las formas de obtener este. Sin embargo, la disrupción creativa no implica que el objetivo de causar esta impresión positiva esté garantizado, pues existe una larga lista de factores adicionales que poseen una cuota de participación o, incluso más sencillo que esto, la innovación en cuestión no provoca los favores perseguidos para el contexto en el que es exhibida. Si es que esta discusión fuese llevada al campo cinematográfico, encontraremos, como principal argumento, varias cintas de culto que en su momento no fueron bien recibidas ni en la taquilla ni en la crítica, pero que obtuvieron el reconocimiento posterior por su aporte en determinados componentes de la producción. 

Afortunadamente, para Everything Everywhere All at Once (Todo en todas partes al mismo tiempo), dirigida y escrita por el dúo creativo conformado por Daniel Scheinert y Daniel Kwan -más conocidos como Daniels– y producida por A24, no vivirán el tortuoso recorrido de ser apreciada recién muchos años después. La cinta, en efecto, ha ganado incontables elogios desde su estreno en marzo en el festival de cine de South by Southwest (SXSW) y la publicidad que genera el “boca a boca” ha llegado al punto de que muchos en redes sociales la cataloguen como la “película del año”. No puedo decir que le otorgo este reconocimiento de manera definitiva pues aún nos queda medio año de estrenos por delante, pero tampoco creo que este sea el elogio que los Daniels estén buscando. En desmedro de ello, sí es un título que va a ser un referente inmediato para cineastas e incluso para los estudios y productoras, lo que considero que tiene un valor mucho más importante.

Es mejor asistir a Everything Everywhere All at Once sin mucho conocimiento previo más que saber que la trama llevará a Evelyn Wang (Michelle Yeoh) a través de varios mundos con el objetivo de salvar el multiverso que se ve amenazado por una fuerza maligna. Sin embargo, eso no la exime de los problemas cotidianos con los que convive. Su padre, Gong Gong (James Hong), requiere cuidado por su avanzada edad, su matrimonio con su esposo Waymond (Ke Huy Quan) está punto de quebrarse y su relación con su hija Joy (Stephanie Hsu) es desastrosa. Por si fuera poco, Deirdre Beaubeirdre (Jamie Lee Curtis), una ácida ejecutiva de Hacienda, le exige presentar una documentación de manera inmediata para que los activos de la lavandería que tiene como negocio familiar no sean embargados automáticamente.

Todos los hechos que vemos en los 140 minutos del largometraje suceden en el mismo día, por lo que es importante comprender que lo que veremos será una jornada caótica, concepto fundamental sobre el que se abre el ejercicio metafísico, a priori, muy inoportuno por la necesidad apremiante de la protagonista de resolver demasiados frentes de manera simultánea.  Sin embargo, el guion se encarga de poner en evidencia que este frenesí en el que lo urgente se prioriza por encima de lo importante, termina por dinamitar todos los vínculos emocionales con las personas que Evelyn tiene cerca, siendo este solamente el planteamiento inicial para llegar hacia la epifanía intermedia en la que un segundo dilema es presentado de manera mucho más directa.

Sucede que, ante la revelación de la existencia del multiverso, que, por cierto, tiene un ligero parecido a Matrix (las hermanas Wachowski, 1999) por la locación de esa escena puntual, el arco argumental nos conduce por variaciones que pueden ser mínimas en las que, por ejemplo, Evelyn elige una profesión muy distinta y su vida cambia radicalmente, así como algunas otras realidades tan descabelladas en las que las personas tienen dedos de salchicha (atentos con la referencia a 2001: Odisea del espacio en esta secuencia). En esta infinidad de universos, cada mínima decisión, incluso las que anteceden a la misma protagonista, modifica por completo todo lo que damos por certero. Los Daniels, entonces, aprovechan para hacer un espacio en su historia en el cual reflexionar sobre cómo la vida adulta se ve afectada por las decisiones que fueron tomadas varios años antes, pero es la forma en la que decidimos aceptarlas, o arrepentirnos de ellas, lo que determinará si es que se puede ayudar a mejorar la existencia de los demás o, de otra manera, caer en la propia miseria emocional. Aquello se relaciona directamente con el sentimiento de insignificancia que invade a Evelyn al toparse con el multiverso, pues el golpe de realidad en el que comprende que “nada importa”, le abre escenarios en los que la calidez del mensaje del argumento resplandece con notoriedad. ¿Cuál sería la necesidad de seguir luchando si es que ni ella ni nada de lo que haga con su existencia es relevante? 

La genialidad de los Daniels riega al guion de una sensibilidad formidable que va explorando las heridas que el tiempo ha abierto entre la protagonista y su familia. El vínculo maternofilial, que de alguna manera recuerda a Lady Bird (Greta Gerwig, 2017), toma relevancia en la trama y el conflicto, complejo por donde se le vea, no tiene una resolución sencilla porque, en primer lugar, el lenguaje interno entre ambas está dañado irrecuperablemente. Es admirable, partiendo de este conflicto, como la dirección utiliza el simbolismo en los distintos multiversos para explicar desde imágenes tan prácticas como una piñata rota o la caída de una roca por un acantilado, los sentimientos que invaden la vida de cada uno de los personajes, que están construidos con una encomiable finura para cohesionar la naturaleza propia de cada versión que vemos de ellos. No obstante, el papel que se le encarga a Ke Huy Quan -quien había estado retirado de la actuación por veinte años- como un esposo bonachón e ingenuo es, a gusto muy personal, el que carga una dosis exacta de sensatez y carisma para unificar la transición y la evolución de la historia.

Si hasta este punto la entraña sentimental y ontológica no ha sido suficiente para demostrar que estamos situados frente a una propuesta tan ecléctica como valiente, pues solo haría falta mencionar que mucho de lo que los Daniels nos dejaron ver en su primera colaboración, Swiss Army Man (Un cadáver para sobrevivir, 2016) está presente en Everything Everywhere All at Once pero mucho más pulido, tanto a nivel de guion como de puesta en escena, desde la escritura del libreto que incorpora la alternancia en momentos aparentemente inconexos de elementos, personajes y símbolos que luego se relacionan de la manera más sutil y natural posible, hasta su método para transmitir un mensaje relevante envuelto en un humor simple y efectivo que roza lo burdo sin ser ofensivo (solo haría falta recordar las bromas de las flatulencias del personaje de Daniel Radcliffe en su anterior película), pues nos queda toda la impresión de que, para este par de directores y guionistas, la mayor muestra de aprecio es tirar por la borda cualquier atisbo de solemnidad y reírse de lo que aman, incluso con escenas en las que “le toman el pelo” al propio espectador.

Sin embargo, así como tiene todas las virtudes del primer título de su filmografía, también le queda el pequeño “defecto” de un gusto excesivo de los Daniels por ir siempre hacia arriba en cuestiones de ritmo. Ahora bien, es cierto que la vorágine de información que requiere el argumento es descomunal y que toda ella está perfectamente organizada para que nunca quedemos mal ubicados en la lógica de los hechos, pero es que tan pronto Everything Everywhere All at Once agarra velocidad, será necesario abrocharse los cinturones porque no habrá un respiro que el largometraje pueda otorgar, ni siquiera para procesar los momentos que pueden ser lacrimógenos. Es posible que el estilo descrito de la dupla, que podría explicarse parcialmente por sus primeros trabajos en la dirección de videoclips (coincidentemente hablando de velocidad, hicieron el video del sencillo “Don’t Stop” para Foster the People), sea totalmente voluntario y este gusto por “ir sin frenos” conscientemente les empuje a un primer acto que se toma un tiempo prudencial para entrar en la acción que estamos esperando, lo que ciertamente se agradece, pues sería inhumano arrancar al mismo ritmo que la cinta concluye.

La cinta, en resumidas cuentas, funciona exquisitamente bien por la acumulación de aciertos en cada uno de sus componentes. Tenemos un uso apropiado de efectos visuales, una fotografía más que cumplidora y posiblemente haya un par de escenas que quedaran en la retina del público, pero la misión que esencialmente la cinta cumple sin complejos es la conjugación de guion, mensaje, comicidad y emotividad que se encuentran con la mente más disruptiva capaz de imaginarse un multiverso solo para descubrirse lejana de la pomposidad y enamorada de cosas tan sencillas como “lavar la ropa y hacer los impuestos”. Esta es la verdadera virtud que catapulta a Everything Everywhere All at Once como un clásico instantáneo: descubrir la belleza en lo ordinario.