El pasado 6 de abril se cumplieron cuatro décadas del estreno de uno de los filmes que mayores cultos, discusiones y desconciertos generales ha provocado en la historia del cine. 2001: Una odisea del espacio fue la creación obsesiva del cineasta Stanley Kubrick y el escritor inglés Arthur C. Clarke (fallecido en marzo de este año), una indagación extraña e inquietante dentro de las posibilidades de la ciencia ficción mayor, seria como la película toda.

Lo cierto es que los hallazgos estéticos de la película y su particular filosofía se han expandido como una gran sombra desde entonces. Los ambientes fríos y claustrofóbicos, la idea de la deshumanización del hombre, a la par que la sofisticación de su convivencia con la tecnología, y sobre todo su -todavía inquieta- naturaleza en busca de las respuestas hacia el siguiente largo paso que debe enfrentar, han hecho de éste uno de los paradigmas más rotundos que nos ha dejado el género (si es que aquí cabe el término) de los viajes y aventuras espaciales. Una indagación que se sale de sus bordes sin problemas y reclama su justo lugar como nunca antes se había hecho. Una creación tan misteriosa como sus propios autores.