Festival de Lima: “Perdidos en la noche” (2023), de Amat Escalante

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El nombre de Amat Escalante resuena en el circuito internacional desde su reconocimiento como Mejor director en Cannes por la controversial Heli (2013). Perdidos en la noche es su quinto largometraje y el primero en siete años, estrenado en la reciente edición del festival francés. Al igual que Heli, este filme aborda la desaparición forzada de personas como epítome de la peligrosidad y corrupción institucional en México. Eso al menos es lo que anuncia un potente prólogo en el que una mujer es secuestrada de manera violenta por liderar un movimiento antiminero. Pero la película termina siendo un verdadero esperpento, no tanto por lo explícito de sus imágenes como por lo delirante de un guión que se aleja de la denuncia social para convertirse en una telenovela hiperbólica de Televisa. El resultado sería digno de una autoparodia si no fuera porque termina insultando a sus espectadores y a los innumerables familiares de desaparecidos. 

La historia se centra en el hijo de la activista antiminera desaparecida, Emiliano (Juan Daniel García Treviño), que la sigue buscando después de tres años junto a su hermana mayor y su novia. El ambiente intrigante y tenso de las primeras escenas prometen un buen thriller de tono hiperrealista. Pero el filme empieza a tambalearse tras la introducción de la extravagante familia Aldama que se vuelve sospechosa para Emiliano. Una escena sexual bastante explícita entre el protagonista y su novia, que previamente declaran ser menores de edad, es la primera señal de que el interés de Escalante no va por el drama de las desapariciones. Esto pronto se confirma con el propio Emiliano que pasa de ser un personaje verosímil y vulnerable a uno ridículo y hostil, sobre todo con las mujeres de su entorno. Estas a su vez dejan de ser asertivas y se vuelven sumisas y hasta prescindibles en la búsqueda de otra mujer. Este inesperado tratamiento es sin embargo consistente con una estampa tristemente homogénea del México rural que incluye fanáticos evangelistas. 

La presencia de Bárbara Mori ciertamente contribuye al descarrilamiento de la película aunque no sea ella el mayor de sus problemas. Lo peor en realidad es el inexplicable protagonismo que adquiere la insufrible familia Aldama que tendría que haber sido una parada corta en la investigación de Emiliano. La totalidad de las escenas relacionadas a esta familia frívola son un completo desatino y no exactamente por el limitado talento de sus actores sino por la nefasta función que les da el guión. Entre todos sus miembros diría que Estér Expósito es rescatable por reprimir su acento español (si realmente atina el acento que lo corrobore un mexicano), comportarse como una influencer absurda del montón, y lograr una efectiva expresión de conmoción en su última escena. Lo último que necesitaba una película sobre desapariciones forzadas era la disfunción de una familia privilegiada.  

La espléndida fotografía de Adrián Durazo, que se luce especialmente de noche, y la correcta actuación de Juan Daniel García Treviño no son suficientes para compensar el itinerario disparatado e indignante por el México más desolador que ofrece Perdidos en la noche. Escalante demuestra aquí un ejercicio de creatividad e imprudencia a partes iguales para combinar sexo, discordias familiares, fanatismo religioso, narcisimo digital, corrupción policial, y justicia social en una sola historia. Lo verdaderamente decepcionante y repudiable es la utilización de una tragedia nacional todavía latente para justificar una película que solo busca impactar a las audiencias extranjeras más ingenuas a base de clichés miserabilistas. Los verdaderos perdidos aquí son los guionistas.         


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