Festival de Edimburgo: “Femme” (2023), de Sam H. Freeman y Ng Choon Ping

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Que las drag queens hayan dado el salto (y tomado por asalto) a la cultura popular durante la última década es un buen reflejo de la normalización de los miembros de la comunidad LGTB+, y del reconocimiento de sus derechos a nivel global. Esto por desgracia no ha evitado que la aversión hacia este colectivo, o su persecución y asesinatos selectivos, hayan desaparecido incluso en ciudades presumiblemente inclusivas como la capital británica. De ahí que la historia de Femme sobre una drag queen londinense que busca vengarse por el ataque de un matón cualquiera resulte todavía creíble. Los directores y guionistas Sam H. Freeman y Ng Choon Ping debutan en el largometraje con esta adaptación de su corto homónimo que, a modo de thriller psicológico, desmantela cualquier prejuicio y expectativa que tuviéramos sobre las drag queens y desafía los parámetros de lo que podemos entender hoy por masculinidad. 

Desde su espectacular arranque, comparable al de un musical de alto presupuesto, el filme prioriza una representación genuina del colectivo al que pertenece su protagonista por encima de un estereotipado relato victimista. Tal es así que, tras la brutal paliza callejera que sufre como su alterego Aphrodite, Jules (Nathan Stewart-Jarrett) procesa su trauma no en cama sino en partidas compulsivas de “Street Fighter”. No pasa mucho tiempo antes del reencuentro con su agresor, Preston (George MacKay), en medio de un sauna gay. Sin que este le reconozca como la drag queen que agredió previamente, Jules decide acompañarlo a su apartamento entre sensaciones de miedo y morbo. Es así como confirma de que Preston no es ningún neonazi o delincuente común sino un homosexual reprimido que exagera su agresividad para encajar en un grupo de amigos igualmente tóxicos. Este es el primero de varios encuentros furtivos entre los cuales Jules prepara su venganza mientras desarrolla una relación primordialmente física con Preston en la que se funden la ansiedad y el deseo. 

Si bien su título responde a la feminidad de las drag queens, atributo por el cual son celebradas pero también despreciadas, el filme también pudo llamarse “Homme” pues representa una exploración detallada e insólita del espectro de la masculinidad. Aunque inicialmente Jules y Preston personifican los polos opuestos de este espectro, el protagonista es el que termina por encarnar ambos física y mentalmente por los constantes vaivenes entre su entorno y el de Preston. Nathan Stewart-Jarrett demuestra ser capaz de realizar todo lo que el guion le exige, desde una coreografía en tacones altos como Aphrodite hasta un baile heterosexual en su versión más varonil, pasando por escenas de sexo donde su personaje experimenta angustia y placer por igual. Esta metamorfosis ambiciosa es comparable a la del protagonista de Moonlight (2016), otro notable representante cinematográfico de la comunidad gay negra. George MacKay por su parte revalida el talento desplegado en 1917 (2018) con un personaje más exigente que encarna como pocos la homofobia y el machismo internos y que transita entre el salvajismo físico y la vulnerabilidad emocional. 

Al igual que sus personajes centrales, Femme se regodea en la nocturnidad y lo hace con una fotografía que complementa la oscuridad del entorno con la perturbación e incertidumbre de la trama. Un buen ejemplo es el momento en el que los personajes se retiran a un bosque para tener sexo y donde los faros frontales de un auto son la única fuente de luz. Incluso en estas condiciones, y pese al gran contraste de los tonos de piel de los actores, la cámara de James Rhodes logra captarlos adecuadamente. Rhodes también aporta una paleta de azules y morados que originalmente emanan de las luces de discotecas y del sauna y que se convierten en una seña de distinción de la película. Está demás decir que la música, el maquillaje y vestuario de Femme están a altura de las expectativas de un largometraje que pone a prueba el desenfado y astucia de una drag queen frente al machismo más descarado y nocivo. No es un thriller que buenamente busque remover la conciencia de un público heternormativo a lo Juego de lágrimas (1982) pero más bien insinúa, sin rubor alguno, la inminente obsolescencia de los preceptos de género de nuestros ancestros.                                 


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