Una mirada a los destinos cinematográficos del Perú

fitzcarraldo

El cine tiene el poder especial de transportarnos a lugares lejanos y desconocidos, permitiéndonos explorar paisajes sorprendentes y culturas vibrantes sin movernos de nuestros asientos. Dentro del universo cinematográfico, Perú emerge como un lienzo cautivador, donde un rico patrimonio cultural, unos impresionantes paisajes y una historia fascinante se entrelazan para ofrecer escenarios que han seducido a cineastas de todo el mundo. Pero no solo eso, sabemos además que Perú ha sido fuente de inspiración para muchos creadores en diversas disciplinas. Por ejemplo, con libros como “Viracocha” del español Alberto Vázquez-Figueroa o “¡Cómanse la ropa!” del uruguayo Valentín Trujillo. Por otro lado, también existe el juego de tragamonedas “Gonzo’s Quest”, que se inspira en las impresionantes vistas de Perú, o los comodines en las tragaperras normalmente diseñados de forma creativa para que coincidan con el tema del juego, que en este caso se funden a la perfección con el motivo peruano». En este artículo descubriremos algunos de los destinos de Perú que tanto han inspirado a cineastas y viajeros, y que han sido testigos y protagonistas de grandes historias del cine:

Cusco y Machu Picchu

Empezamos con uno de los destinos peruanos más emblemáticos: Cusco, la antigua capital del imperio inca, y la majestuosa ciudadela en lo alto de los Andes peruanos, el Machu Picchu. Tanto la ciudad de Cusco, conocida por sus calles empedradas y sus imponentes construcciones incas y coloniales que desprenden historia en cada rincón, como Machu Picchu, ubicado a unos 80 kilómetros al noroeste de la ciudad, mundialmente conocido por su impresionante arquitectura y su entorno montañoso rodeado de una naturaleza exuberante, han fascinado a cineastas y han sido inspiración de grandes películas. En uno de los destinos favoritos por los productores se han grabado increíbles historias de misterio, aventura y leyenda como «El Dorado: la ciudad de oro» (2010) e incluso la última de «Transformers: el despertar de las bestias» (2023).

La Cordillera de los Andes

Seguimos en el entorno del Machu Picchu, pero esta vez ampliamos nuestra vista para conocer un nuevo escenario: la imponente Cordillera de los Andes, una inmensa cadena montañosa de más de 8,500 kilómetros de longitud que le atribuyen el título a la más larga del planeta. Este durísimo enclave geográfico y sus majestuosos picos nevados han sido símbolo de la lucha y la resistencia humana frente a las adversidades en la mayoría de sus películas, entre las que destacan dos producciones que representan la cordillera en su segmento al sur del Perú, nos referimos a «¡Viven!» (1993) y «La sociedad de la nieve» (2023), ambas basadas en hechos reales. También merece mención el film chileno “La cordillera de los sueños” (2019), un precioso documental que explora la inmensa columna vertebral del continente a la vez que revisa la dolorosa historia reciente de la nación chilena.

La selva amazónica

La densa selva peruana ha cautivado a directores y productores con su belleza natural, sus intrínsecos peligros y su misterio. Entre muchos títulos, destacaríamos «Fitzcarraldo» (1982) de Werner Herzog, que narra la historia de un hombre obsesionado con construir un teatro en medio de la selva, una película que aprovecha astutamente la trama como una excusa para sumergir al espectador en la inmensidad y la magia del corazón de la selva. «El Dorado» (2010), que ya hemos mencionado unas líneas más arriba, también desarrolla parte de su trama en este enclave amazónico donde se viven, sin duda, algunas de las escenas más aventureras de toda la película.

El desierto de Ica y Huacachina

Cuando parecía que ya habíamos explorado todos los paisajes más emblemáticos como telón de fondo para una película, Perú guarda otro as en la manga: el desierto de Ica, el más grande de todo el país. Como no podía ser de otra forma, los vastos paisajes áridos y desérticos han sido utilizados como escenarios para películas donde capturar la crudeza del lugar es idóneo para su argumento. El clásico «Espejismo» (1972) de Armando Robles Godoy y la más reciente «Hasta que nos volvamos a encontrar» (2022) son dos ejemplos donde se usa la belleza cruda de este entorno inexplorado como trasfondo para sus historias humanas.

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