Durante un segmento de Estados generales (Perú – España, 2025), uno de los investigadores del Real Jardín Botánico de Madrid lamenta que unas semillas peruanas extraídas durante el virreinato ya no puedan germinar para poder identificarlas. La ópera prima del artista audiovisual peruano Mauricio Freyre Mendieta intenta desafiar esta sentencia científica al plantear un viaje de vuelta al presunto origen de las semillas en la costa de Chincha donde queda vida orgánica y un legado colonial por diseccionar. Fluctuando entre el documental y el cine experimental, Freyre ofrece imágenes y sonidos que estimulan los sentidos pero que también cuentan una historia transatlántica y reivindicativa que ni las semillas ni el resto de archivos del Botánico podrían reproducir.
El viaje descolonizador de Freyre sorprende por evadir un discurso ideológico explícito y por desprenderse del enfoque histórico y científico de forma intermitente. Tal es así que su primer segmento se concentra en el largo beso entre dos amantes rodeadas por plantas húmedas del Botánico. Aunque luego procede a identificar el lugar de forma más convencional, Freyre prioriza el establecimiento de una atmósfera tropical, literal y metafórica, que solo es interrumpida por ambientes interiores fríos como los laboratorios del Botánico y más adelante una fábrica procesadora de mandarinas en Chincha. Pero al margen de su predisposición estética y experimental, el viaje sigue siendo descolonizador en tanto que nos traslada, casi de golpe, a la antigua colonia para apreciar lo que yace estéril y olvidado en archivos españoles.

La interacción de hombres y mujeres con la naturaleza, ya sea de forma científica, laboral o recreativa, destaca como motivo recurrente del filme, capturada de forma ensoñadora por la cámara sigilosa de Marta Simões con una ligera sobreexposición diurna. Estos momentos se intercalan, en la primera parte, con primeros planos de las colecciones del Botánico y de los escáneres y microscopios que utilizan para examinarlas. Estos vienen acompañados de intervenciones en off de los investigadores sobre los entretelones de su actividad documentalista. En la segunda parte, ya en Chincha, hay un mayor enfoque en las personas asociadas a la cosecha y el procesamiento agrícolas, y sus intervenciones pueden sentirse más personales.
La noche supone un comportamiento radicalmente distinto de la cámara pues parece cobrar vida propia al recorrer espacios de forma casi precipitada, especialmente en el último segmento del filme. Es en los ambientes oscuros que se generan algunos juegos de luces llamativos y movimientos de cámara más audaces. Pero la experimentación visual del filme nunca pierde de vista la realidad física en la que se desenvuelve ni el trasfondo histórico y cultural que le da sentido a su ambicioso viaje. Aunque parezca más idóneo para ser apreciado dentro de un espacio museístico, el filme de Freyre de todas formas requeriría estar en una de estas salas oscuras aisladas de museo contemporáneo que paradójicamente emulan un cine.

Puede que el espectador promedio rehuya de una propuesta más bien contemplativa, pero Estados generales sí que ofrece una narrativa lineal y accesible que ofrece una experiencia gratificante a quién esté dispuesto a dejarse llevar por ella. También representa un modelo alternativo de reivindicación cultural que no niega la realidad del legado colonial pero que tampoco enarbola el revisionismo histórico. Es fascinante que un viaje transatlántico compuesto de imágenes relativamente banales tenga tanto potencial sensorial y tanto patrimonio natural por relucir. Un logro cinematográfico categórico que nos insta a mirar nuestra entorno vegetal con otros ojos.
Nota: Estados generales tuvo su estreno mundial en la Competencia Premier Film del Festival FIDMarseille, en Francia, en julio pasado.
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