Creo que, al hablar de la primera película en solitario de la taiwanesa-estadounidense Shih-Ching Tsou, resulta inevitable mencionar la presencia de Sean Baker. Digo “en solitario” porque anteriormente codirigió con él Take Out (2004), una cinta que no muchos fanáticos del director, incluyéndome lamentablemente, han podido ver. Aun así, me animaría a decir que ofrece un primer vistazo de lo que esta cineasta, quien con los años colaboraría en varios de los éxitos de Baker como Tangerine (2015) o El proyecto Florida (The Florida Project, 2017), sería capaz de lograr. De lo poco que sé de Take Out, esa historia transcurría en Estados Unidos y tenía una mirada más externa hacia un entorno ajeno. Esa distancia desaparece aquí, con la Shih-Ching dirigiendo con un pulso muy propio, con la sensibilidad de alguien que ha crecido dentro del oficio.
Esa sensibilidad se aprecia en la forma en que presenta a sus personajes: tres generaciones de mujeres —la madre Shu-Fen, la hija mayor I-Ann y la menor I-Jing—, siendo esta última la llamada “chica zurda” que da origen al título y cuya mirada predomina en el relato. Desde la primera escena, cuando la vemos jugando con un artefacto que genera un caleidoscopio de colores, la directora nos introduce a un entorno igual de vibrante y caótico: Taipei. Shih-Ching demuestra una habilidad notable para mover la cámara y guiarnos por estos espacios con una fluidez marcada por la perspectiva de la niña protagonista.

Cuando la película cambia de punto de vista y seguimos a Shu-Fen o a I-Ann, el tono se vuelve más crudo. La madre intenta sostener su negocio y disimular sus dificultades económicas frente a su familia. La hija mayor busca abrirse camino mientras lidia con un jefe abusivo y con inquietudes propias de su edad. Es en esos momentos donde el filme revela otro tipo de dureza, la cual se muestra sin dejar de cautivarnos con sus secuencias enérgicas y coloridas que, como comenté al inicio, evocan claramente el cine de Baker. Basta pensar en Anora (2024), con ese largo segmento donde los personajes recorren Nueva York, o en Tangerine, grabada también con un iPhone, donde dos amigas trans emprendían un viaje durante Navidad.
Eso mismo aparece en La chica zurda (Left-Handed Girl, 2025): tres mujeres que buscan su lugar en una ciudad que, de entrada, parece rechazarlas. Cada una enfrenta dificultades distintas, pero eventualmente sus conflictos convergen y forman parte de una misma problemática. Ahí radica la particularidad del relato y la razón por la que no lo describiría simplemente como otro coming-of-age. Aquí hablamos no solo de crecimiento, sino de una historia sobre la unión generacional y la superación de las adversidades a través de acciones pequeñas, no de grandes discursos o enseñanzas solemnes.
Tsou también retoma un rasgo característico del cine de Baker: personajes que no buscan ser perfectos y que, incluso al final, siguen siendo profundamente humanos, con fallas y heridas que no esconden. Aun así, pueden cambiar. Esa cualidad vuelve entrañable a La chica zurda. Es, en el mejor sentido, una historia pequeña, casi anecdótica, un episodio en el cual quienes lo viven atraviesan un proceso significativo. Si bien algunos elementos podrían afinarse más y en ocasiones se rozan ciertos lugares comunes, la película mantiene su encanto tanto a nivel formal como narrativo gracias a la cercanía que genera.
A ello se suma el aporte de Sean Baker en el guion y la edición, que ayuda a la directora a consolidar su mirada. Juntos demuestran que, tanto en la vida como en el cine, las enseñanzas y el acompañamiento crean comunidad. Más allá de los recursos limitados o de la lucha económica de esta familia, siempre podrán sostenerse mutuamente. En esos actos mínimos reside la posibilidad de encontrarse y vivir con cierta paz, incluso cuando la vulnerabilidad es grande y el entorno parece hostil.




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