«La zona muerta» (1983), de David Cronenberg: un nuevo y necesario visionado


La historia describe la vida de Johnny Smith (Christopher Walken), un joven profesor de literatura en una escuela estadounidense. Como en sus anteriores películas, las secuencias iniciales que ofrece David Cronenberg nos sumergirán en una atmósfera parsimoniosa, en la que nada fuera de lo común podría surgir. Pero al estar ambientados a su estilo, sabemos (y esperamos) que el punto de quiebre llegue. Tras unos atisbos de extrañeza en un parque de diversiones, Johnny sufrirá un accidente que lo mantendrá en estado de coma una larga temporada. Al despertar, su vida cambiará. Y, como ocurre con sus demás protagonistas, ese cambio afectará más al aspecto interno que externo. Es por eso que para muchos, su sexto sentido puede parecer un milagro, pero para él resultará ser una condena. Perderá lo que lo conectaba a la vida: su novia se casará con otro hombre y dejará su profesión. Y, algo que puede parecer insignificante, también perderá la sonrisa que lo caracterizaba. Bergson ya nos hablaba sobre cómo la sociedad corre riesgos al acallar la risa. Y es que Johnny es un hombre feliz que no tiene reparos, incluso, en mostrar su dicha frente a sus estudiantes -camina de la mano y abraza a su amor en pleno pasillo del colegio-, por lo que el convertirse en un renegado social es anularse en su máxima expresión. Anhelará, por tanto, ser -¡cómo mueve los hilos la historia!- el personaje de La leyenda del jinete sin cabeza: “Como él era un hombre soltero y sin obligación con nadie, a nadie le preocupó jamás”. No es solo por voluntad propia que Johnny se autoexcluyera. Son los medios de comunicación y la idiosincrasia religiosa colectiva los que lo condenarán también. Terminará siendo un demonio para ellos frente a la televisión en señal abierta. 

Johnny no es un personaje atípico dentro de la filmografía de Cronenberg. Ya ese lado visceral y bizarro que lo enmarcaron dentro del body horror (Shivers, 1975; The Brood, 1979; Scanners, 1981) tomará fuerzas altisonantes con cintas que vendrán en años posteriores. Aquí estamos a tres años de que se estrene La mosca (1986) y a trece de Crash (1996). No obstante, Johnny comparte con los protagonistas de esos filmes -egoísta, en principio-, esa toma de decisión que hará que probablemente pueda redimirse. Aun tu cuerpo esté mutando en formas inusitadas -y junto con tu psique que está en un desequilibrio absoluto-, el vínculo humano es la última pieza del rompecabezas industrial, tecnológico o capitalista que te puede mantener a flote. A partir de que Johnny empatiza con el hijo de un representante que pertenece al mundo de la política, la cinta parece decirnos que podemos hacer algo para revertir nuestra suerte. Es lo que sucede. Ya no solo Johnny avizora quién está detrás de los crímenes que ocurren en su localidad, sino que, sobre todo, descubre que puede cambiar la historia. La escena en la que habla con su doctor revela el peso moral que ya no puede soportar, puesto que el candidato a senador Greg Stillson (increíblemente insoportable por la perfecta interpretación de Martin Sheen) ha mostrado su verdadero rostro. Al tocar a este en una campaña electoral, Johnny comprobará lo que le espera a su sociedad si este político resulta ser el elegido. Las asociaciones con la realidad son fáciles de discernir. Stillson es comparado con Hitler. Lógica básica: A es B, y B es A. Pero también podemos hacer que B sea C. Sin embargo C, además, puede ser una D, una D hispanoamericana (argentina, peruana, salvadoreña, etc.) o una E europea (australiana, italiana, entre otras). Incluso una F del Medio Oriente (iraní o israelí). Entonces, ¿qué hará Johnny ante esto? 

A estas alturas queda claro que el “fenómeno” no es el propio Johnny que puede predecir lo que va a ocurrir, sino el propio Stillson que, llegado el momento, puede destruir no solo lo que vendrá, sino el presente y hasta el pasado de una sociedad. La guerra nuclear que desencadenaría no se diferencia mucho de lo que acontece a nivel mundial hoy en día. Y, teniendo esto en cuenta, se destaca la propuesta de esta historia, ya que, más que como una advertencia de lo que, lamentablemente, ya experimentamos, funciona como una bofetada por haber permitido que esto sucediese. ¿Una película de ciencia ficción? Tiene de esto. ¿Una de terror? Sí. ¿Un drama? También lo es. ¿Un thriller? Obvio. ¿Una mitad fantástica, mitad realista? Es todo a la vez. Esta mescolanza es la que potencia esta entrega de Cronenberg. Es cierto que el contexto de los años 80 en Estados Unidos propiciaba una descripción como la que aparece en la película:: conservadurismo político, religioso, nacional; escándalos burocráticos que solo beneficiaban a los de la Casa Blanca; entre otros particulares. Como se mencionó, mucho de esto se está acrecentando, hoy a niveles desfachatados. Lo que fue premonición o locura, termina por ser realidad. En una página del libro de Stephen King, encontramos: “–Hola, chucho –dijo Greg por lo bajo, con voz grata pero sonora. A los veintidós años ya tenía la voz de un experto hipnotizador de multitudes”. ¿Terminaremos siendo engañados o, como Johnny, tenemos aún el poder de decidir, incluso, cuando somos casi nada o cuando nos han convertido en un mero monstruo?

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