Pensar en un thriller sobre mafias chinas nos puede remitir a Johnnie To o a Takeshi Kitano. Sin duda, Los caminantes de la calle, del director argentino Juan Martin Hsu, es una película hija y admiradora plena de este cine. Situada en Mendoza, las extorsiones y violencia contra comerciantes chinos por parte de un grupo mafioso supone dificultades para la investigación policial, quienes realizan escuchas telefónicas pero no dominan el cantonés en el que se comunican los bandidos. Aunque podemos identificar algunos personajes protagónicos y secundarios, el filme inserta tantas figuras que podemos hablar más de dos grandes grupos protagónicos enfrentados que a la vez no tienen la capacidad de entrar a duelo completamente por las barreras idiomáticas, culturales y estratégicas de sus organizaciones.

Para Hsu, este es un tema parcialmente personal y que pudo trabajar en La luna representa mi corazón (2021), sobre el asesinato de su padre en Argentina. Quizás por eso, en lugar de adentrarse en los ritmos habituales del thriller de acción, hace más bien una contenida confrontación de bandos que a veces parecen funcionar como espejo. En ambos, hay estructuras jerárquicas marcadas, estrategias de desarticulación, códigos de lealtad y se generan arcos con tensiones emocionales y románticas entre las piezas más pequeñas de las organizaciones. Lo interesante es que estos podrían generar muchos lugares comunes, de los que de alguna manera Los caminantes de la calle busca escapar. Suspender la parte adrenalínica hace que podamos ver sus acciones de forma más pedestre, menos deslumbrante, aún cuando recurre a elementos clásicos del cine de To o se asoman ciertos clichés. No estamos hablando de un filme realista, pero tampoco de uno que esté distanciado totalmente del escenario en que existe lo que narra. En Perú, la presencia de la comunidad china es tan fuerte como lo es hoy la crudeza de la extorsión, aunque de formas distintas en las que suceden en el guion. Con una coproducción peruana, encabezada por la peruana Norma Velázquez de la empresa Suena Perú, parte de la película fue rodada en locaciones y barrios de presencia china, pero siempre representando a Mendoza. Es significativo apreciar una vez más que los puentes entre comunidades artísticas pueden tenderse a través del cine y los necesarios fondos estatales, y que esta vez también hacen confluir las comunidades chinas en los dos países.
Pero algo clave que aterriza al llano esta historia es la fotografía, el color y la iluminación de los espacios. Dotan de desparpajo a lo que podría haber sido cualquier cuento de héroes y villanos en medio del crimen. No hay grandes salvadores, pero lo que sí existe son las víctimas. Están los afectados por las extorsiones, la trata de personas, y podría decirse también que entre ellos, están los mismos peones de la mafia que buscan ejecutar planes de desarme o derrota de su rival, mientras los entramados de poder se encuentran en otro lado, lejos del lugar en el que sangran los muertos y lloran los deudos. No es un filme que entre de pleno en la denuncia, sino que, manteniendo el tono de la propuesta, la desliza y la contiene. Los caminantes de la calle tiene una producción cuidada dentro de los límites con los que se trabaja en América Latina, abraza al cine policial hongkonés, y entra en una especie de ejercicio de estilo con cualidades estéticas que aún así no sobresofistican nada. Hsu habla desde su cinefilia, su historia de vida y su impulso creador.



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