Con temor a sonar quizá demasiado idealista, siento que nunca está de más sostener una cierta idea de esperanza para el mundo. Una esperanza que, si se observa desde una perspectiva más racional, podría parecer ingenua, incluso fuera de lugar, en un contexto donde todo parece condenado desde hace tiempo. Bajo esa lógica, resulta poco creíble pensar que, aunque sea por un instante, las cosas puedan hacerse bien o que, de pronto, alguien, desde el lugar menos esperado, pueda marcar una diferencia real. Por eso, cuando una película o una serie apela a ese tipo de sensibilidad, la reacción inmediata suele ser tacharla de cursi, como si se intentara vender una especie de mantra simplista sobre la salvación.
Pero ¿qué ocurre si, en lugar de descartar esa posibilidad de inmediato, uno se detiene a pensar qué significa realmente esa idea de “humanidad” o de “mundo”? ¿Quiénes lo conforman? ¿A quiénes, en verdad, buscamos salvar cuando hablamos en esos términos? Tal vez ese concepto no sea más que una noción abstracta, casi gaseosa, sostenida por una lógica utilitarista que apela al bien común sin detenerse en lo concreto. En ese sentido, quizá lo importante no sea salvar al mundo en abstracto, sino reconocer a las personas que lo integran, a quienes realmente importan dentro de esa supuesta misión. Y más aún, cuestionar si quien está llamado a cumplirla siquiera piensa en salvar a alguien en particular.

Esa tensión es la que exploran los directores Phil Lord y Christopher Miller en Proyecto Fin del mundo (Project Hail Mary, 2026), adaptación de la novela de Andy Weir. Una novela previa de este escritor fue llevada al cine con éxito por Ridley Scott: The Martian. Si aquella película abordaba el espacio y la soledad desde una lógica de supervivencia individual, en esta nueva película el enfoque se desplaza. Ya no se trata solo de resistir, sino de preguntarse hacia dónde se dirige ese impulso de salvar, de actuar y de intervenir.
El relato sigue al Dr. Ryland Grace (Ryan Gosling), quien, tras participar en una serie de investigaciones sobre un fenómeno capaz de apagar el Sol (condenando al planeta Tierra), es enviado enviado al espacio en una misión prácticamente suicida. Su objetivo es encontrar una solución que pueda ser enviada de vuelta y evitar la extinción. A grandes rasgos, ese es el punto de partida, pero lo interesante está en cómo se cuenta, mediante una estructura que alterna entre pasado y presente. En el pasado, vemos el proceso que lo llevó hasta esa misión; en el presente, lo encontramos solo en el espacio, enfrentando las consecuencias de haberla aceptado.
Ese ir y venir no solo organiza la narración, sino que construye la identidad del personaje. Por un lado, su aislamiento actual; por otro, las decisiones, dudas y presiones que lo empujaron hasta allí. Con esa premisa, es inevitable pensar en referentes como Moon (2009), de Duncan Jones, aunque con un enfoque distinto. Mientras aquella proponía una mirada más sombría, aquí se apuesta por un tono mucho más optimista. Aun así, ambas comparten el interés por la soledad en el espacio y los dilemas morales que esta implica.

La puesta en escena refuerza esa dualidad. El cambio entre pasado y presente se traduce también en lo visual, con el uso del formato IMAX y las variaciones en el aspect ratio que marcan esa transición, así como una diferencia clara en la fotografía. El pasado se percibe más apagado, más contenido, como si estuviera atravesado por la duda constante de quienes rodean a Grace, todos conscientes de que él podría terminar en esa misión, pero sin certeza de que realmente la asumiría. Esa incertidumbre también lo define, ya que incluso él mismo duda de sus capacidades, de su disposición a sacrificarse y de su lugar dentro de un sistema que, en última instancia, lo trata como reemplazable.
Ahí aparece uno de los ejes más interesantes de la película que es la relación entre individuo y sistema. Grace no es presentado como un héroe evidente, sino como alguien que, desde el inicio, se percibe fuera de lugar. Esa idea conecta incluso con trabajos previos de los directores, como La gran aventura Lego (The Lego Movie, 2014), donde también se planteaba la figura de un protagonista aparentemente común que, sin encajar del todo, enfrenta una misión mayor que él. La diferencia es que aquí ese arco se inscribe dentro de un conflicto mucho más amplio, donde lo que está en juego no es solo la eficacia del plan, sino el sentido mismo de llevarlo a cabo.
En ese contexto, la figura de Eva Stratt (Sandra Hüller), quien recluta a Grace para la misión, resulta clave. Su relación con él no se limita a una jerarquía funcional, sino que evoluciona hacia un entendimiento mutuo. A través de sus intercambios, se construye una dinámica donde ambos reconocen sus límites y capacidades. Ella comprende que él no es simplemente una pieza más dentro de la operación, y él empieza a asumir que puede estar a la altura de lo que se le exige. Ese vínculo introduce una dimensión más humana dentro de un entorno que, en apariencia, está regido únicamente por la eficiencia.

Pero la película no se queda ahí. En el espacio, Grace entra en contacto con Rocky, un ser que, más allá de aportar momentos de humor o ligereza, termina siendo fundamental en el desarrollo temático del relato. Su presencia amplía la pregunta inicial: si hablamos de salvar el mundo, ¿de qué mundo estamos hablando? ¿Solo de la Tierra? Rocky introduce la posibilidad de pensar en otros, en otras formas de vida que también están en riesgo. De pronto, la misión deja de ser exclusivamente humana y se convierte en algo más amplio, más complejo.
Ese giro permite cuestionar una convención muy instalada en la ciencia ficción y es la idea de que la Tierra es el único centro de valor. Aquí, al encontrarse con Rocky, se abre la posibilidad de entender que hay otras vidas que también merecen ser salvadas. No por una lógica abstracta, sino por la simple constatación de su existencia. Esa relación, además, sostiene buena parte del tono emocional de la película, equilibrando lo espectacular con lo íntimo.
En términos formales, la película es innegablemente impresionante. Hay un trabajo sólido tanto en efectos visuales como en efectos prácticos, especialmente en la construcción de Rocky, que resulta particularmente convincente. A eso se suma la presencia de Gosling como protagonista, quien logra sostener gran parte del peso narrativo, sobre todo en los momentos en los que el personaje se encuentra solo. Su desempeño permite que la película funcione incluso en sus tramos más introspectivos.
Sin embargo, no todo cierra con la misma precisión. Hay momentos en los que la película se siente más larga de lo necesario, como si su duración pesara más de lo que debería. Parte de esto tiene que ver con su intento de equilibrar dos registros. Por un lado, el deseo de abordar cuestiones científicas con cierta seriedad; por otro, la intención de mantener un tono optimista y accesible. Esa combinación, aunque interesante, a veces se desbalancea. Hay escenas donde la exposición científica se vuelve excesiva, densificando el ritmo, y otras donde el optimismo se percibe demasiado insistente, casi invasivo.

Ese tono, que en principio resulta refrescante dentro de un panorama donde la ciencia ficción tiende a lo sombrío, también puede jugar en contra cuando se sostiene sin matices. A diferencia de otras obras de los directores, donde ese optimismo convivía con un cierto cinismo o una mirada más crítica, aquí la película parece entregarse con mayor facilidad a la idea de que todo puede salir bien. Y aunque eso no es necesariamente un problema, sí limita, por momentos, la complejidad de lo que se plantea.
La estructura narrativa tampoco funciona siempre con la fluidez esperada. Si bien el uso de los saltos temporales permite construir al personaje principal, en ciertos tramos interrumpe el avance de la historia, especialmente cuando el relato ya está completamente instalado en el conflicto central. Quizá un enfoque más lineal, o al menos una dosificación más precisa de esos cambios, habría permitido una experiencia más cohesionada.
Aun así, incluso con esas irregularidades, Proyecto Fin del mundo se sostiene como una propuesta valiosa dentro del cine de gran presupuesto actual. Tiene algo de esa ciencia ficción de antaño que no temía ser optimista, que apostaba por la aventura sin renunciar a cierta reflexión. Y, sobre todo, tiene una idea central lo suficientemente potente como para sostener todo lo demás y esa es que, incluso cuando todo parece perdido, todavía queda la posibilidad de confiar en uno mismo y, más importante aún, de entender por quiénes hacemos las cosas. Al final, esa pregunta —¿a quiénes estamos salvando realmente?— es lo que le da sentido a todo. Porque el mundo no es una abstracción, sino un conjunto de vínculos, de personas concretas, de relaciones que le dan forma. Y es en ese reconocimiento donde la película encuentra su mayor fuerza.



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