“Billie Eilish – Hit Me Hard and Soft: The Tour (Live in 3D)”: el espectáculo y la vulnerabilidad


Mi primer acercamiento a la música de Billie Eilish fue en 2019, poco antes de que se convierta en una estrella mundial. Curiosamente, ese primer contacto también estuvo relacionado con el cine, ya que apareció dentro de una compilación de canciones inspiradas en Roma (2018), de Alfonso Cuarón. Ahí fue la primera vez que escuché su voz y esa forma tan particular de cantar que rápidamente la diferenciaba de otras artistas pop del momento. Eventualmente terminé escuchando su álbum debut y, aunque con los años dejé de seguir su carrera con el mismo entusiasmo, siempre me mantuve atento a lo que hacía, desde cierta distancia.

Al final, su relación con el cine nunca desapareció. No solo terminó ganando el Oscar en dos ocasiones gracias a canciones compuestas para Sin tiempo para morir (No Time to Die, 2021) y Barbie (2023), sino que además daba la impresión de ser una artista interesada en expandir su propuesta en el mundo audiovisual. Por eso tampoco resultaba descabellado imaginar que eventualmente terminaría colaborando con algún cineasta importante, algo que muchos músicos hacen cuando buscan llevar su trabajo hacia otro nivel. Lo que sí me tomó completamente por sorpresa fue descubrir que la persona elegida para acompañarla en este proyecto sería nada menos que James Cameron.

Claro, eso inevitablemente genera expectativas bastante particulares, sobre todo si tenemos en cuenta que estamos hablando de un director que lleva años completamente absorbido por el universo de Avatar y sus secuelas. Resulta curioso pensar que, en medio de toda esa maquinaria gigantesca, Cameron decidiera detenerse para codirigir junto a Billie Eilish este documental que, en buena medida, funciona como un concert film centrado en la gira del álbum Hit Me Hard and Soft (2024). Sin embargo, la película no se limita únicamente a registrar el espectáculo en vivo. También aprovecha pequeños momentos tras bambalinas para construir una idea más íntima de quién es ella en este momento de su carrera y cómo procesa el impacto que genera su música tanto en su propia vida como en quienes la escuchan.

De hecho, antes incluso de entrar a cuestiones más técnicas o narrativas, creo que esos fragmentos detrás del escenario terminan siendo una de las partes más interesantes de toda la experiencia. Lo que se percibe ahí es a alguien que desde el inicio buscó romper cierto molde dentro del pop contemporáneo. Más allá de si realmente fue o no la primera artista en mostrarse vulnerable frente al público de esa manera, sí parece evidente que encontró una forma particular de diferenciarse sin perder nunca el alcance masivo. También tengo la impresión de que ella misma es completamente consciente de la narrativa que se ha construido alrededor de su figura, de cómo terminó convirtiéndose en una artista asociada a una sensibilidad distinta dentro del mainstream.

El modo en que el director de Titanic (1997) la encara con sus preguntas y cómo la vemos desplazarse de un lado a otro, revisando detalles del escenario, hablando con su equipo o interactuando con sus fanáticos, termina reforzando esa imagen. La película la muestra como alguien profundamente involucrada en cada aspecto del espectáculo, como una artista dispuesta a entregarse por completo tanto arriba como abajo del escenario. Eso resulta particularmente llamativo porque muchos documentales sobre estrellas pop parecen obsesionados con construir una enorme narrativa épica de ascenso y superación, donde absolutamente todo se siente calculado al milímetro para generar admiración automática. Acá, aunque tampoco pondría las manos al fuego asegurando que todo sea completamente auténtico, sí existe al menos una sensación de mayor honestidad en cómo se construye ese ambiente íntimo.

También creo que eso termina conectándose directamente con la estructura narrativa que el propio documental busca construir alrededor de Billie Eilish. Si algo resulta curioso es cómo, de cierta manera, ella termina funcionando como una especie de “heroína cameroniana”. Guardando evidentemente enormes distancias, hay algo en su recorrido dentro de esta película que remite un poco a personajes como Sarah Connor o Neytiri. No en un sentido físico o épico tradicional, sino más bien en cómo se plantea a alguien vulnerable que debe atravesar una gran prueba emocional para poder reafirmarse frente al mundo.

Esa prueba, en este caso, está vinculada tanto al nuevo material musical como al hecho de enfrentarse a una etapa distinta dentro de su carrera. Este álbum más reciente recorre emociones relacionadas con el deseo, la pérdida y una amarga sensación de asimilación emocional. A eso se suma un elemento importante que el documental subraya y es el hecho de que ahora debe aprender a desenvolverse con mayor independencia respecto a Finneas O’Connell, su hermano y principal colaborador creativo durante años. La película deja bastante claro que para ella eso representa un cambio importante, casi doloroso, porque implica aceptar que ya no siempre tendrá a esa figura acompañándola de manera permanente en cada paso artístico.

Por eso el concierto termina funcionando, en cierto modo, como una especie de rito de paso. Solo que acá la gran amenaza no es un cyborg asesino, ni un enorme iceberg, ni una corporación explotando recursos extraterrestres, como ocurre en otras películas del director. Lo que Billie enfrenta es algo mucho más emocional: una multitud inmensa observándola, esperando algo de ella y acompañándola al mismo tiempo. Ahí es donde el documental encuentra otra conexión bastante clara con los temas recurrentes del director, porque nuevamente aparece esta idea de que nadie atraviesa las dificultades completamente solo. Los fanáticos pasan a convertirse en una especie de soporte emocional colectivo, en personas que la abrazan y le hacen saber constantemente que también encuentran refugio en su música.

Eso se percibe muy claramente en la forma en que el cineasta decide filmar al público. El documental les da espacio para expresarse, cantar, emocionarse y demostrar cómo estas canciones terminan acompañando distintas experiencias personales. Ahí aparece quizá uno de los aspectos más interesantes de toda la película: entender el concierto no solamente como un espectáculo musical, sino también como un intercambio emocional constante entre artista y audiencia. Al final, el arte tiene esa capacidad de alterar la vida de personas que probablemente jamás se hubieran encontrado entre sí bajo otras circunstancias.

Ya entrando a cuestiones más técnicas, sí me parece interesante cómo el documental aprovecha el minimalismo del escenario para darle mayor libertad a la cámara. Eso permite que constantemente podamos observar a Billie Eilish atravesando distintos estados emocionales, pasando de la euforia absoluta a momentos de enorme vulnerabilidad, siempre priorizando mucho la expresividad física de su cuerpo y el modo en que eso se amplifica a través de las pantallas y de la reacción de quienes la ven en vivo. El problema es que, tratándose de alguien como James Cameron, inevitablemente uno termina esperando todavía un poco más de riesgo visual.

Ahí aparece quizá mi principal conflicto con la película, sobre todo en relación con el uso del 3D. Si lo comparamos con la manera en que Cameron trabaja esa herramienta dentro de la saga Avatar, aquí se siente muchísimo más limitado y reservado únicamente para momentos muy puntuales, como el confeti atravesando la pantalla o ciertos acercamientos al micrófono cuando Billie canta muy cerca de cámara. No es que el recurso funcione mal, pero sí da la impresión de que Cameron termina desaprovechando una herramienta que normalmente utiliza con muchísima más ambición visual.

Aun así, pese a esas limitaciones, creo que la película sí consigue algo importante: generar curiosidad sobre Billie Eilish incluso para alguien que no necesariamente sea un gran fanático de su música. Hay algo en esos pequeños momentos fuera del escenario que hace pensar que probablemente existen muchas cosas interesantes dentro de su mundo creativo que aquí apenas llegamos a rozar. De hecho, en ciertos pasajes uno incluso siente que James Cameron podría haber profundizado mucho más en sus preguntas y haber sido bastante más curioso respecto a la manera en que ella entiende la música, la fama o su propio proceso artístico.

A pesar de eso, Billie Eilish – Hit Me Hard and Soft: The Tour (Live in 3D) termina siendo una experiencia musical bastante grata y emocionalmente efectiva. La película logra introducirnos dentro de esa comunidad construida alrededor de Billie Eilish y deja bastante claro por qué su figura resulta tan importante para muchas personas. Si algo parece haber entendido ella desde el inicio es cómo conectar precisamente con quienes sienten que no encajan dentro de ciertos moldes sociales establecidos, generando un espacio donde esas inseguridades pueden compartirse colectivamente.

Tampoco habría que olvidar que Billie Eilish figura como codirectora del proyecto. Más allá de cuánto peso específico haya tenido realmente en las decisiones formales, sí da la impresión de que existe una voluntad genuina de permitirle plasmar su propia visión y contar aquello que quería expresar en este momento de su vida. No podría decir todavía que aquí ya se perciba necesariamente una gran futura cineasta, pero sí alguien interesada en usar el cine como otra extensión posible de su identidad artística. Honestamente, incluso si el resultado no termina siendo revolucionario, el simple hecho de abrir ese espacio ya se siente como algo valioso para quienes siguen su carrera de cerca.

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