Festival LimaDocs: “Historias del buen valle” (2025), un barrio contra el olvido


Uno de los mejores momentos para mi cinefilia el año pasado fue descubrir la obra del cineasta español José Luis Guerín. Lo hice a través de En la ciudad de Sylvia (2007), motivado por diversos textos que varios críticos locales escribieron durante su estreno, llevándome hacia ella y posteriormente a verla. Así fue como me encontré con un trabajo realmente notable, porque si algo caracteriza el cine de Guerín es el cuidado tan especial que tiene hacia las imágenes que compone. Sus planos, sin necesidad de apoyarse constantemente en el montaje, están construidos de tal manera que uno puede quedar completamente hipnotizado, ya sea observando personajes que atraviesan el encuadre, rostros capturados fijamente o largos recorridos que parecen perseguir aquello que el tiempo dejó atrás.

Después de ese primer acercamiento todavía no había tenido la oportunidad de ver otra obra suya. Pero sí tenía claro que se trataba de un cineasta mucho más vinculado al documental que a la ficción, siendo justamente En la ciudad de Sylvia una de sus pocas excepciones. Recientemente pude finalmente acercarme a otro largometraje suyo, precisamente el más reciente. Una película que vuelve a demostrar por qué Guerín es un director tan celebrado, hasta el punto de ser comparado con otros grandes cineastas españoles como Víctor Erice, quien también posee una sensibilidad extraordinaria para trabajar la composición, la luz y el peso del tiempo dentro de las imágenes.

En Historias del buen valle (2025) conocemos el barrio de Vallbona, ubicado en la periferia de Barcelona. Un espacio que pareciera haber sido construido especialmente para quienes fueron desplazados, para aquellos que no encuentran un lugar dentro del núcleo principal de la ciudad y terminan existiendo en sus márgenes. Es allí donde construyen su propia comunidad. El modo en que Guerín nos presenta Vallbona resulta fascinante desde el inicio, porque primero lo hace a través del archivo: fotografías antiguas, filmaciones de antaño y recuerdos visuales donde vemos a las primeras personas que llegaron al lugar. Desde esas imágenes ya se percibe el sentido de comunidad que define al barrio desde sus orígenes.

No estamos hablando de personajes ilustres ni de individuos extraordinarios. Son personas comunes y corrientes que llegaron hasta ahí e intentaron acomodarse como pudieron a una situación marcada por la precariedad. La sensación de marginación aparece constantemente simbolizada a través de la presencia del tren. Un tren que primero vemos en las imágenes de archivo y que posteriormente reaparece en el metraje filmado por Guerín, siempre pasando cerca de Vallbona, pero nunca deteniéndose allí. Como si representara una idea de progreso que continúa avanzando sin contemplar realmente a quienes habitan ese espacio.

Precisamente eso es lo que el cineasta se dedica a hacer a lo largo del documental: acercarse a estas personas, escucharlas y convivir con ellas. Durante ese proceso vamos descubriendo toda una serie de relatos cotidianos que no solo nos hablan de la historia de Vallbona, sino también de tradiciones, formas de vida y dinámicas comunitarias que parecen desaparecer lentamente en tiempos dominados por la expansión urbanística, por los enormes edificios llenos de departamentos pequeños y por una lógica cada vez más individualista. Acá, en cambio, todavía existe un espacio donde la vida colectiva sigue teniendo importancia. Un lugar donde las personas se conocen, se reúnen y conservan vínculos que en otros espacios urbanos parecen haberse perdido.

En ese sentido, lo que hace Guerín recuerda mucho a lo que John Ford logró en ¡Qué verde era mi valle! (How Green Was My Valley, 1941), donde también se nos mostraba una comunidad marcada por el paso del tiempo y por transformaciones inevitables que obligaban a algunos a permanecer mientras otros debían partir. Así como Ford tenía una capacidad impresionante para construir grandes planos generales donde las multitudes transmitían pertenencia y memoria colectiva, Guerín consigue algo similar cuando observa a los habitantes de Vallbona compartiendo pequeños momentos cotidianos que terminan dando forma a un mundo con sus propias reglas y armonías.

Sin embargo, eso tampoco significa que vivan completamente aislados del resto de la sociedad. Más bien, el barrio termina funcionando como una especie de sociedad paralela consciente de que el mundo principal nunca termina de darles un lugar real. En tiempos donde temas como la migración están constantemente presentes y donde la presencia de gente foránea suele reducirse a generalizaciones simplistas, resulta muy potente ver cómo Vallbona se convierte en un refugio para personas provenientes de distintos contextos. Ya sea gente llegada desde otras regiones del país o incluso migrantes provenientes de zonas de conflicto como Rusia, Ucrania o Palestina, todos encuentran en ese espacio una posibilidad de convivencia y reconstrucción.

La película empieza poco a poco a adquirir una dimensión todavía más humana cuando, además de conocer a las nuevas personas que van llegando y entender la diversidad de sus orígenes, también comenzamos a descubrir sus luchas diarias y aquello a lo que deben enfrentarse constantemente. El documental se transforma entonces en una especie de gran relato social donde el pequeño termina enfrentándose a estructuras mucho más poderosas. El principal conflicto de Vallbona surge precisamente de la amenaza de la gentrificación, de cómo esas raíces que la comunidad construyó con el paso de los años corren constantemente el riesgo de desaparecer.

La película va adoptando progresivamente un tono mucho más melancólico. El cineasta observa cómo el tiempo no solo crea lugares, vínculos e historias, sino también cómo eventualmente termina borrándolos. Incluso frente a esa inevitabilidad, existe siempre un enorme respeto hacia las personas filmadas. Cada imagen parece construida con una delicadeza muy particular, ya sea a través de la bruma que cubre ciertos espacios o mediante actividades cotidianas como el cultivo. Pero incluso esos mismos espacios terminan convirtiéndose, en cierta forma, en una prisión emocional para quienes viven allí, porque afuera pareciera no existir otro lugar capaz de recibirlos.

También resulta fascinante cómo el documental evoluciona constantemente sin que uno apenas lo note. Si en un primer momento puede parecer un documento histórico sobre el origen de una comunidad, eventualmente termina transformándose en una película profundamente observacional. Guerín simplemente se dedica a mirar. Observa las rutinas, las conversaciones y los pequeños gestos cotidianos de estas personas. Observa cómo ciertas tradiciones antiguas sobreviven y se reconfiguran dentro de un nuevo contexto. Ahí aparecen momentos realmente hermosos, como cuando un grupo de gitanos interpreta flamenco y la cámara permanece quieta mientras nosotros, como espectadores, quedamos absorbidos por el movimiento de los cuerpos y por esos ritmos que parecen apoderarse completamente del espacio.

Algo similar ya ocurría en En la ciudad de Sylvia, donde el director demostraba una enorme confianza en la capacidad de las imágenes para sostenerse por sí mismas. Acá vuelve a hacerlo, permitiendo que simplemente observemos. Gracias a esa paciencia, casi sin darnos cuenta, empezamos a desarrollar un cariño genuino hacia las personas que aparecen en pantalla. No porque el director fuerce una emocionalidad artificial, sino porque deja que el tiempo compartido con ellos haga todo el trabajo.

Otro aspecto muy importante es que el cineasta nunca se impone directamente sobre quienes filma. Incluso cuando escuchamos a las personas mayores hablando sobre su pasado o sobre la vida en Vallbona, rara vez sentimos la presencia invasiva del director. No lo vemos constantemente formulando preguntas ni interviniendo en las conversaciones. Más bien, coloca la cámara y deja que ellos hablen. Son precisamente sus palabras las que terminan construyendo este relato vivo y cambiante.

Toda esa evolución es lo que hace que Historias del buen valle sea un documental tan fascinante. La película termina hablándonos de algo que muchas veces parecemos olvidar: la importancia que tienen los espacios en nuestras vidas. En tiempos donde constantemente nos acostumbramos a movernos de un lugar a otro y donde pareciera que ningún sitio deja una huella real sobre nosotros, Guerín insiste en recordarnos que esos espacios sí conservan rastros de quienes los habitaron. Incluso cuando las tradiciones cambian y los rostros familiares desaparecen, sigue existiendo algo de ellos dentro de esos lugares.

Por eso el documental genera una sensación de confort tan particular. Lejos de construir una reflexión devastadora o completamente pesimista, algo que perfectamente podría haber hecho, el director decide celebrar la vida cotidiana de estas personas. Celebrar la forma en que construyen vínculos, trabajan, conversan y encuentran cierta paz incluso dentro de contextos adversos. Nunca las observa desde la lástima ni desde la condescendencia, sino desde una humanidad muy sencilla y muy honesta.

A pesar de que por momentos pareciera quedar demasiado absorbida por su propia poética y de que ciertas imágenes terminan imponiéndose sobre las ideas, también hay una sensibilidad muy clara detrás de todo eso. Incluso las dos horas de duración pueden jugarle un poco en contra, sobre todo porque algunos pasajes se prolongan más de lo necesario. Pero aun con esas irregularidades, sigue siendo un trabajo realmente notable. Detrás de cada decisión se percibe la mano de un cineasta con absoluta claridad sobre lo que quiere contar y capaz de encontrar en los gestos más cotidianos una forma de construir momentos profundamente humanos.

Honestamente, después de ver esta película, me queda todavía más claro que quiero seguir explorando la obra de José Luis Guerín, no solo para descubrir otras grandes películas suyas, sino también para entender mejor el tipo de genio que es.


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