«Top Gun» cuarenta años después: del Hollywood ochentero al blockbuster contemporáneo


Tom Cruise y la persistencia del espectáculo

En octubre de este año llegará Digger, la nueva película de Alejandro González Iñárritu protagonizada por Tom Cruise. Lo interesante de verlo encabezando este proyecto es que, después de bastante tiempo, volveremos a tenerlo en algo distinto a aquello a lo que nos ha acostumbrado durante los últimos años. Hubo una época en la que Cruise no solo entregaba cuerpo y alma al cine de acción, sino que además demostraba constantemente el enorme rango interpretativo que posee.

Lo curioso es que, previo al estreno de esta nueva película, donde claramente parece apuntar otra vez al Óscar a mejor actor que durante tantos años le ha sido esquivo, da la impresión de que Cruise quiere recordarnos primero quién es y qué fue exactamente lo que lo llevó hasta donde está hoy. No por nada hace un tiempo se confirmó el reestreno de Jerry Maguire (1996), la película de Cameron Crowe que le dio una de sus nominaciones. Junto a eso, recientemente también volvió a los cines Top Gun (1986), uno de los primeros grandes trabajos que terminarían convirtiéndolo en una estrella absoluta de Hollywood.

A pesar de que este filme no pertenece necesariamente a esa clase de proyectos más ambiciosos dentro de su filmografía, como sí podrían ser Nacido el 4 de julio (Born on the Fourth of July, 1989), Magnolia (1999) u Ojos bien cerrados (Eyes Wide Shut, 1999), sí representa el primer gran acercamiento de Cruise al héroe de acción que eventualmente terminaría definiendo buena parte de su carrera. Por eso resulta lógico que quiera verla nuevamente en pantalla grande. Revisitarla hoy sirve tanto para observar sus inicios como para entender en retrospectiva cómo fue evolucionando como estrella y cuál terminaría siendo su lugar dentro de la industria.

La mejor prueba de ello termina siendo el hecho de reestrenar Top Gun junto a Top Gun: Maverick (2022), la secuela que llegó más de treinta años después. Volver a ver ambas películas una detrás de la otra me hizo notar varios aspectos bastante interesantes relacionados tanto con la evolución de Cruise como con la manera en que cada película entiende el blockbuster de su respectiva época. Más allá de compartir personaje y universo, ambas funcionan también como reflejo del momento específico en el que se encontraban sus respectivos directores: Tony Scott y Joseph Kosinski.

En el caso de Scott, todavía veíamos a un cineasta que seguía consolidando muchas de las herramientas estilísticas que eventualmente definirían su carrera. Mientras tanto, Kosinski llega a Maverick como alguien mucho más experimentado dentro del cine de gran escala y capaz de llevar ese tipo de espectáculo a un nivel de precisión técnica muchísimo más refinado. Será a partir de esa diferencia, tanto en la evolución de sus cineastas como en la del propio Cruise, que este texto buscará analizar ambas películas y observar cómo cada una termina construyendo una imagen distinta del actor y de su lugar dentro del cine comercial estadounidense.

«Maverick» entra en escena

Mi relación con Top Gun ha cambiado muchísimo con el pasar de los años. Recuerdo que la primera vez que la vi no le encontré la gracia en lo absoluto. Me parecía una película extremadamente ochentera, bastante cursi y sostenida casi únicamente por su soundtrack, especialmente por “Take My Breath Away”, la canción de Berlin que sigue sonándome excesiva incluso hoy. En aquel momento sentía que no había mucho más detrás de toda esa estética de aviadores y cuerpos sudorosos frente a la cámara. Sin embargo, cuando la revisité hace unos años, previo al estreno de la secuela, ya me resultó bastante más entretenida, aunque todavía notaba muchas de sus limitaciones.

Volver a ella cuarenta años después de su estreno y encima en pantalla grande me hizo entenderla mucho mejor, aunque siga sin parecerme una gran película. Ahí es donde entra la figura de Tony Scott, porque la forma en que construye el mundo del filme termina siendo mucho más interesante que la propia historia que cuenta. Scott filma constantemente desde la sensación, la textura visual y el impacto inmediato de las imágenes. Está obsesionado con los rostros sudorosos, con esos cielos anaranjados, con los reflejos del sol sobre los lentes oscuros y con exteriores que parecen permanentemente atrapados en un atardecer abrasador. Incluso cuando aparecen colores fríos o espacios más oscuros, estos terminan funcionando como elementos de seducción dentro de ese mismo universo estilizado.

Resulta imposible no relacionarla con otros trabajos del director, como El ansia (The Hunger, 1983), su ópera prima, o incluso La fuga (True Romance, 1993), que llegaría después, donde ya era evidente esa fascinación por filmar cuerpos como objetos de deseo y por personajes atrapados dentro de universos extremadamente estilizados. En ese sentido, Top Gun funciona perfectamente como una pieza representativa de cómo lucía el mainstream estadounidense de aquellos años, especialmente en una época profundamente marcada por el movimiento francés Cinéma du Look, del cual Scott se vería influenciado, y que a su vez surgiría bajo el impacto estético de MTV. También, como era de esperarse, está el hecho de que esta película, junto a Negocio de riesgo (Risky Business, 1983), terminó de convertir a Tom Cruise en una superestrella absoluta.

La película entiende perfectamente cómo construir la imagen de Cruise como ícono. Ahí están las Ray-Ban Aviator, la sonrisa permanente, la actitud desafiante y esa energía juvenil que parece atravesar toda la pantalla. El problema es que, más allá del carisma del actor, el piloto Pete “Maverick” Mitchell nunca termina de funcionar demasiado bien como personaje. Ese siempre fue mi gran conflicto con la película, incluso ahora que logro disfrutarla mucho más, ya que acá es prácticamente un lienzo en blanco. A pesar de ser alguien extremadamente bueno en lo que hace, durante gran parte de la historia carece de una motivación realmente fuerte o clara. Lo único que hace la película es colocarle constantemente distintos caminos enfrente: la rivalidad con «Iceman», el romance con «Charlie» o el vínculo con «Goose».

Aunque todos esos elementos ayudan a darle cierta estructura al relato, ninguno termina de otorgarle verdadero peso emocional hasta bastante tarde. Recién siento que la película encuentra una motivación genuina cuando ocurre la tragedia con «Goose» y «Maverick» empieza a cargar con esa culpa. Ahí sí aparece un conflicto interno mucho más interesante. Hay algo bastante potente en cómo Scott pasa de mostrarnos constantemente a este grupo de jóvenes pilotos reunidos, compitiendo o presumiendo frente a los demás, a dejar de pronto solo a «Maverick» dentro del encuadre. De ser el centro del mundo pasa a convertirse en alguien pequeño, aislado y completamente afectado por aquello que provocó indirectamente. El problema es que la cinta tarda demasiado en llegar a ese punto.

Por ese motivo creo que, si bien funciona cuando uno entra completamente en ese juego ochentero, propagandístico, casi homoerótico, de pilotos estadounidenses enfrentándose a enemigos unidimensionales, el filme nunca termina de sostenerse realmente desde la escritura de su protagonista. A eso también se le suman algunas decisiones formales bastante caóticas, especialmente en las secuencias aéreas. Y sí, sé que esto puede sonar extraño tratándose de una película tan recordada justamente por sus escenas de combate, pero muchas veces siento que ni siquiera se entiende del todo qué está ocurriendo en pantalla. Hay un montaje demasiado agresivo, cortes excesivamente rápidos y una confusión espacial que termina afectando bastante el impacto de esas escenas.

Aun así, creo que la película ha sobrevivido por muchas otras razones. Sobrevive gracias al peso gigantesco de la presencia de Cruise, más que por «Maverick» como personaje. También gracias a figuras como Kelly McGillis o Val Kilmer, quienes terminan aportando bastante más personalidad alrededor del protagonista. Sobrevive porque fue realizada por un director fundamental para entender el cine comercial de los años 80 y porque encapsula perfectamente una sensibilidad visual muy específica de esa década. Finalmente, también resiste el paso del tiempo porque, comparada con muchas películas actuales de ese mismo corte, incluso con todas sus fallas sigue sintiéndose como una obra con estilo, personalidad y una identidad visual clarísima.

No me parece un gran filme ni creo que alcance realmente la fuerza emocional que pretende tener. Sin embargo, sí entiendo mucho mejor por qué terminó convirtiéndose en algo tan importante dentro del cine comercial estadounidense. Hay algo muy representativo de su época en la manera en que mezcla militarismo, sensualidad, propaganda y star system dentro de una misma experiencia. Aunque siga teniendo problemas bastante evidentes, hoy ya no la veo simplemente como una película cursi sostenida por una canción famosa, sino como una pieza muy específica de cómo Hollywood entendía el espectáculo durante los años ochenta.

El rebranding del héroe

top gun maverick

Recuerdo que desde el momento en que fue anunciada, Top Gun: Maverick me pareció innecesaria. No entendía qué sentido podía tener hacer una secuela de una película ochentera de culto que, honestamente, nunca me había parecido realmente buena. No pude estar más equivocado. Creo que subestimé por completo un factor fundamental: Tom Cruise. Más allá de que esta sea una continuación de la historia de «Maverick», también funciona como una reafirmación absoluta de lo que Cruise representa hoy dentro de Hollywood y del cine comercial contemporáneo.

Hay que tener en cuenta además que esta fue prácticamente la primera gran película que hizo en esta década. Más allá de las entregas recientes de la saga de Misión: Imposible, Cruise ha estado completamente concentrado en proyectos gigantescos que llevan años de preparación detrás, con esta película apareciendo en un momento crucial para la industria. Recién salíamos de la pandemia, de retrasos constantes en producciones y de una sensación general de desgaste dentro del blockbuster estadounidense. Da la impresión de que el propio Cruise entendía perfectamente que algo estaba cambiando en el cine, particularmente en su dimensión más industrial y comercial. Quizá sea justamente a partir de acá que termina consolidándose esta imagen de Cruise como una especie de “salvador” del cine.

Por supuesto, no me refiero a salvador del cine entendido como arte, porque eso evidentemente no necesita ser salvado, sino del cine como experiencia colectiva y como espectáculo. Si algo ha ocurrido con el paso de los años es que el blockbuster se ha ido deteriorando, tanto en las historias que cuenta, como en la manera en que se construye visualmente. Cada vez hay una mayor dependencia de tecnologías digitales que abaratan procesos, pero que también terminan eliminando textura, detalle y sensación de riesgo. Frente a eso, Maverick aparece como una demostración de que todavía se puede hacer cine masivo muy bien realizado.

Al decir esto tampoco quiero limitarla a una película entretenida con una historia simple y correctamente estructurada. Lo que hace especial a esta secuela es que utiliza el regreso de «Maverick» como una declaración sobre el propio cine contemporáneo y el camino que este debe tomar para sobrevivir. El protagonista ya no es el piloto arrogante de la primera película. Ahora aparece como alguien que pertenece a otra época, atrapado entre el pasado y un futuro que avanza demasiado rápido. Resulta imposible no ver ahí el paralelo con el propio Cruise, una estrella construida bajo otra lógica de Hollywood y que todavía insiste en demostrar que ciertas maneras de hacer cine siguen funcionando.

La cinta deja eso claro desde el inicio. «Maverick» no logró ascender dentro de la Marina como otros esperaban. Sigue siendo visto como alguien problemático, un piloto brillante, sí, pero también una figura casi obsoleta frente a las nuevas tecnologías. Sin embargo, la película nunca lo trata realmente como un fracasado, optando por mostrarlo como alguien que todavía tiene algo importante que enseñar. Eso conecta directamente con otra de las ideas más interesantes del filme: el relevo generacional.

Resulta curioso ver cómo la película introduce a una nueva generación de actores que hoy ya tienen mucho más reconocimiento que cuando apareció el filme. Ahí están Glen Powell, Lewis Pullman o Monica Barbaro, quienes terminan funcionando como reflejo de lo que la primera Top Gun hizo en su época con el propio Cruise y otros jóvenes actores de aquellos años. También resulta interesante cómo la película entiende esa dinámica, ya que Cruise no aparece aquí para eclipsar a los nuevos rostros, sino para impulsarlos y demostrar que todavía existe espacio para una convivencia entre experiencia y renovación.

Más allá de esos paralelismos con la realidad, lo más importante es que esta secuela sí tiene objetivos narrativos muchísimo más claros que la original. En aquella cinta, «Maverick» funcionaba más como un vehículo de carisma que como un personaje verdaderamente sólido. En cambio, acá entendemos desde el primer momento qué es lo que quiere, qué intenta demostrar y cuál es el conflicto emocional que arrastra. Maverick necesita probar que todavía puede ir más allá, que aún puede seguir avanzando sin quedarse completamente atrapado en los fantasmas del pasado.

Esos detalles se perciben desde su primera aparición. En cómo observa fotografías antiguas, en cómo permanece conectado a esas viejas glorias o en cómo todavía carga con la muerte de «Goose». Al mismo tiempo, la película entiende que ya no puede seguir viviendo únicamente desde la nostalgia. Tiene asuntos pendientes que resolver, particularmente con «Rooster», el hijo de «Goose», quien representa tanto el recuerdo de su mejor amigo como aquello que «Maverick» nunca logró superar completamente. Es ahí donde realmente aparece el corazón emocional de la película.

La relación entre «Maverick» y «Rooster» funciona como el choque entre dos fuerzas distintas: la vieja guardia y la nueva generación. La cuestión es que la película nunca plantea eso como una guerra donde uno deba reemplazar al otro. Al contrario, propone que ambas fuerzas se potencien mutuamente. «Maverick» todavía tiene algo que enseñar, mientras que los más jóvenes representan esa energía nueva que necesita revitalizarse y encontrar dirección. Ahí aparece además otra lectura bastante evidente sobre el propio cine de acción contemporáneo.

Así como la película confía en técnicas clásicas de filmación, en efectos prácticos y en secuencias aéreas coreografiadas de manera impecable, también aparecen figuras más jóvenes como Joseph Kosinski en la silla de director, comprendiendo perfectamente qué hacía tan poderoso al cine de acción de otras décadas. A eso se suma además la presencia de Christopher McQuarrie, alguien que ha sido clave para esta nueva etapa de Cruise. Nuevamente surge esa idea del aprendizaje mutuo entre generaciones, donde la experiencia y las nuevas miradas terminan complementándose en lugar de anularse.

Creo que justamente por eso Top Gun: Maverick funciona tan bien como secuela. No intenta destruir el mito original ni complejizarlo para sentirse “adulta” o “moderna”. Lo que hace es revalidar por qué este tipo de historias siguen funcionando cuando están hechas con verdadera convicción. No necesita personajes moralmente ambiguos ni grandes deconstrucciones. Simplemente entiende qué vuelve emocionante a estas narrativas y lo ejecuta al máximo nivel posible.

También entra en juego algo fundamental: la obsesión de Cruise por llevar siempre todo al límite. La escena inicial en la que «Maverick» decide superar el Mach 10 funciona casi como una declaración de principios del propio actor. Al hacer eso, pareciera decirle directamente al público que todavía no piensa detenerse, que quiere seguir empujando el espectáculo cinematográfico lo más lejos posible mientras el cuerpo se lo permita.

Cuatro años después de su estreno, la película sigue sintiéndose completamente vigente. Eso me parece muy significativo, porque muchas veces el blockbuster contemporáneo envejece rapidísimo. Acá no ocurre eso, manteniéndose como una de las grandes películas de acción de la década debido a que encuentra un equilibrio extremadamente difícil entre técnica, emoción y espectáculo. Todo está ejecutado con una claridad admirable, sin necesidad de sentirse excesivamente solemne ni pretenciosa.

Si la considero excelente no es solamente porque sea una secuela inesperadamente superior a la original, sino porque logra convertirse en algo mucho más grande, reivindicando una manera de entender el cine comercial. Una donde el espectáculo todavía se construye desde el riesgo, la fisicalidad y el deseo genuino de impresionar al espectador.

La necesidad de seguir adelante

Haberme reencontrado con Top Gun y Top Gun: Maverick después de algunos años ha sido, sin duda, una experiencia bastante grata. Ya sea porque en el caso de la primera, a pesar de todas sus fallas, hoy logro encontrarle mucho más encanto y apreciar mejor ciertos primeros acercamientos de Tony Scott a recursos estilísticos que posteriormente perfeccionaría en otros trabajos, o porque la segunda sigue confirmándome que es una de las mejores películas de acción que se han hecho en lo que va de la década. Más allá de las diferencias de calidad entre ambas, volver a verlas juntas también permite entender mucho mejor qué representan dentro de la evolución de Tom Cruise y cómo terminan reflejando distintas etapas de su carrera.

Tal como se adelantaba desde la introducción, revisitar estas películas sirve también para observar cómo fue cambiando el lugar de Cruise dentro de Hollywood. Ya no estamos hablando únicamente de aquel “golden boy” de los años 80 cuya carrera parecía sostenerse principalmente en el carisma, la presencia física y el potencial de convertirse en estrella. Con el paso del tiempo, Cruise terminó convirtiéndose en alguien completamente obsesionado con la idea de llevar el espectáculo cinematográfico al máximo nivel posible y de sostener cierto estándar de calidad dentro del blockbuster estadounidense. Ver esa evolución condensada en apenas unas horas y en pantalla grande resulta bastante fascinante, sobre todo ahora que está a punto de regresar a un cine más abiertamente autoral junto a Alejandro González Iñárritu.

También aparece ahí algo inevitablemente melancólico. Tal como se menciona en Top Gun: Maverick, el mundo está cambiando demasiado rápido y probablemente llegue un momento en que figuras como Cruise simplemente dejen de existir dentro de la industria tal como las conocemos. Actores capaces de convertirse simultáneamente en estrellas, productores, símbolos del espectáculo cinematográfico y defensores de cierta manera física y artesanal de hacer cine comercial. Por ahora, solo queda seguir acompañándolo en cada nueva locura mientras continúe decidido a empujar esos límites, sabiendo que ese momento de desaparecer todavía no llegará.

Archivado en:

,

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *