[Crítica] “Amarga Navidad” (2026): Almodóvar contra Almodóvar


Normalmente, al momento de crear algo, la primera fuente de inspiración a la que recurrimos es a nosotros mismos y a nuestro entorno. Eso no quiere decir que no existan intereses en otras realidades o incluso en otros mundos cuando de imaginación se trata. Por el contrario, pensar en uno mismo al momento de hacer arte también posee un gran valor, por el modo en que esa introspección sirve como una manera de mirarnos de frente y enfrentarnos a lo que somos, lo que fuimos y lo que podemos llegar a ser. En el cine esto es algo completamente normal, sobre todo con la presencia del autor como una figura tan prominente y con la forma en que termina colocando retazos de su vida dentro de sus películas. En ese sentido, si tuviéramos que mencionar un director que ha construido una carrera importante a partir de eso, sin duda sería Pedro Almodóvar.

Desde sus inicios como uno de los grandes emblemas de la Movida Madrileña hasta el refinamiento estilístico y el prestigio que alcanzó posteriormente, la obra del director manchego siempre ha sido reconocida por su carácter autobiográfico. Si dividimos su filmografía por etapas, podemos encontrar esa presencia prácticamente en todas. Ya sea desde sus primeras películas como La ley del deseo (1987), pasando por La mala educación (2004), hasta llegar a la etapa más reciente que, diría yo, comenzó con Dolor y gloria (2019). Fue a partir de ahí que aparecieron con más fuerza las críticas hacia su persona, donde se le considera un director instalado en una zona de confort muy evidente.

Es curioso, porque incluso cuando ha intentado hacer cosas distintas, como grabar en inglés los cortometrajes La voz humana (2020), Extraña forma de vida (2023) y el largometraje La habitación de al lado (2024), uno ya percibe a un Almodóvar que sabe presionar los botones adecuados para construir algo correcto y emocionalmente efectivo. A veces incluso logra superarse un poco más, como ocurre con la película protagonizada por Julianne Moore y Tilda Swinton, que me parece lo mejor que ha hecho en lo que va de la década. Aunque, a pesar de eso, no deja de sentirse como algo que ya habíamos visto antes de mejor manera.

Entonces empieza a aparecer una pregunta inevitable: ¿es momento de que Almodóvar cambie? ¿De que salga de esa zona de confort y vuelva a demostrar por qué es un director tan talentoso? Seguramente son preguntas que él mismo se habrá hecho durante estos últimos años, especialmente en un contexto atravesado por la pandemia, por la velocidad con la que ha cambiado la industria y por una transformación cada vez más radical de la manera en que consumimos arte. Es por eso que, al estar en una etapa donde todavía sigue utilizando su vida como materia prima para su cine, me parece que es en Amarga Navidad donde intenta finalmente darle un cierre a todo eso.

Desde el inicio del filme uno reconoce los elementos clásicos del cine de Almodóvar. No me refiero únicamente a su uso tan particular del color, a su gusto por el melodrama o a la presencia constante de cierto tipo de música, sino también a personajes atormentados por su pasado, a otros que quieren actuar de forma inmediata y no pueden hacerlo, o a personas consumidas por dolores internos que no saben cómo sanar. Todo esto atravesado, además, por una clásica historia de cine dentro del cine, con la ficción creada dentro de la película convirtiéndose progresivamente en la verdadera línea narrativa principal.

La historia gira alrededor de Elsa (Bárbara Lennie), una cineasta que, tras dirigir dos largometrajes, decidió abandonar el cine y dedicarse completamente a la publicidad. Luego de la muerte de su madre y tras una crisis vivida por una de sus amigas más cercanas, Patricia (Vicky Luengo), decide volver a escribir basándose directamente en aspectos de su vida y de las personas que la rodean. Paralelamente aparece Raúl (Leonardo Sbaraglia), un director veterano que lleva muchos años dentro de la industria y que ya no sabe qué rumbo darle a ese proyecto. Al mismo tiempo, él también atraviesa su propia crisis, tanto por el bloqueo creativo que lo paraliza como por la partida de Mónica (Aitana Sánchez-Gijón), su asistente, obligándolo a convivir ahora solo con Santi (Quim Gutiérrez), un muchacho más joven que lo acompaña mientras intenta descifrar hacia dónde debe avanzar la historia.

Una de las primeras cosas que pensé al ver el personaje de Elsa fue cómo Almodóvar parecía imaginarse a sí mismo dentro de una suerte de mundo paralelo. Ella dice haber hecho únicamente dos películas de culto para después dedicarse a la publicidad y resulta inevitable preguntarse qué habría pasado si Almodóvar hubiese realizado solo Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980) y Laberinto de pasiones (1982) para luego abandonar el cine. Probablemente hoy también sería visto como un cineasta de culto, extravagante y comprendido únicamente por unos pocos años después. A su vez, considero que darle ese freno repentino al cine funciona como una referencia hacia Iván Zulueta, amigo y colega de Almodóvar, quien después de realizar dos largometrajes —siendo el segundo el clásico de culto Arrebato (1979)— se alejó del cine y, salvo algunos cortometrajes y capítulos de televisión que dirigió después, terminó dedicándose a otras artes.

Entre esa referencia y esa reflexión sobre una realidad alternativa empezamos a ver cómo la película habla también del propio Almodóvar. De todo ese tránsito de dudas y experiencias que eventualmente podrían hacernos cambiar de decisión, dejar de querernos o preguntarnos qué tan sano resulta este proceso catártico de utilizar no solo nuestra vida, sino también la vida de quienes nos rodean. Tomar experiencias íntimas, confesiones privadas o momentos profundamente personales y convertirlos en algo público.

Porque esa termina siendo una de las grandes preguntas de la película: ¿cuál es el riesgo de exponer todo eso? Por más que se cambien nombres o se modifiquen ligeramente las situaciones, vemos cómo Elsa, dentro de la ficción creada por Raúl, y el propio Raúl en la vida “real” de la película empiezan a ser cuestionados por apropiarse de esas experiencias. Almodóvar utiliza a sus personajes para lanzar una serie de diálogos que parecen funcionar como preguntas dirigidas directamente a la audiencia. Casi como si quisiera saber qué es exactamente lo que el público todavía espera de él y si acaso ya no está cansado de seguir contando este tipo de historias.

También aparece la duda sobre si realmente tiene algo más que ofrecerle al cine fuera de eso. Hay un momento donde Raúl es increpado por Mónica acerca de si vale la pena continuar adelante con una historia construida a partir de hechos tan personales. Su respuesta parte desde una necesidad muy particular: la de seguir sintiéndose vital frente al público. A eso añade que, mientras figuras como Ingmar Bergman o Federico Fellini, quienes también hicieron de su vida materia cinematográfica, ya no tienen que demostrarle nada a nadie, él (y por extensión el propio Almodóvar) todavía necesita encontrar una forma de validación.

Eso se vuelve aún más complejo en una época donde la competencia ya no es únicamente entre cineastas. Ahora también existe una lucha constante contra las grandes corporaciones, las plataformas de streaming y otras formas de entretenimiento mucho más inmediatas y menos interesadas en la reflexión. Todo esto aparece atravesado por el clásico estilo del cineasta español, donde surgen figuras como Chavela Vargas en la banda sonora, junto con momentos que oscilan entre lo tragicómico y lo profundamente emocional.

Sin embargo, llega un punto donde uno empieza a preguntarse hacia dónde quiere ir realmente la película. Y creo que ahí aparece una de sus principales debilidades. Al desarrollar dos líneas narrativas paralelas sin un objetivo del todo claro durante buena parte del film, la sensación de dispersión termina siendo inevitable. No siempre existe un balance adecuado entre ambas historias y llega un momento donde toda la trama “real”, la de Raúl intentando terminar el guion, parece quedar relegada mientras el peso emocional recae casi por completo en la ficción protagonizada por Elsa.

Aunque, a decir verdad, eso termina resultando llamativo si lo pensamos desde otro lado. ¿No es precisamente eso lo que muchas veces le ocurre a un autor cuando crea? ¿No termina siendo consumido por su propia obra hasta desaparecer detrás de ella? Eso es exactamente lo que le sucede a Raúl. Queda atrapado dentro de su casa, aprisionado frente al teclado, rodeado de libros sobre cine y completamente desconectado del mundo exterior. Elsa, en cambio, funciona como su opuesto. A pesar de que constantemente se nos presenta como una mujer enferma, sigue moviéndose, recorriendo espacios y tratando de encontrar inspiración en aquello que la vida todavía le ofrece. De alguna manera, ella representa aquello que su creador ya no está haciendo.

Ahí también aparece ese constante tira y afloje entre lo que funciona y lo que no dentro de la película. Eso hace que uno permanezca interesado incluso cuando ciertas decisiones parecen demasiado deliberadas o cuando el relato se vuelve innecesariamente enrevesado. No diría que el guion sea malo, porque claramente no lo es, pero sí creo que, dada la complejidad evidente del material, pudo haberse afinado mucho más. Sobre todo al momento de explorar esa frustración creativa que atraviesa toda la historia.

Quizá el problema también radica en que muchas de esas ideas quedan limitadas a diálogos extremadamente explícitos. Son diálogos afilados, lanzados casi como puñales hacia el propio Almodóvar, pero al mismo tiempo dejan ver cómo cierta comodidad estilística ha terminado limitando parte de la inventiva que antes caracterizaba su cine. En otro momento de su carrera, esos intercambios melodramáticos cargados de palabras habrían estado acompañados por una puesta en escena mucho más poderosa emocionalmente. Y aunque eso ya no ocurra con la misma fuerza en Amarga Navidad, sigue existiendo algo valioso en el filme, funcionando como un recordatorio de que parte de ese hombre que alguna vez se emocionó profundamente haciendo cine todavía sigue ahí.

Y creo que justamente ahí reside lo más interesante de la película: en ver a un Pedro Almodóvar intentando cerrar la etapa que definió gran parte de su carrera. Un director que ya parece reconocer que alcanzó un límite y que, como él mismo comentó durante la presentación de la cinta en el Festival de Cannes, entiende que quizá ya no puede seguir hablando únicamente de sí mismo. Necesita acercarse a otras personas, descubrir otras realidades y encontrar nuevas formas de ponerlas en pantalla.

Por eso siento que este filme termina funcionando casi como un divorcio interno. Como la separación entre el Almodóvar director y el Almodóvar guionista. Dos partes que convivieron durante muchísimo tiempo, pero que ahora necesitan tomar caminos distintos para seguir creciendo y encontrar nuevas historias que contar.

En definitiva, al observar cómo la película reconoce el cierre de ese ciclo, queda claro que estamos ante otra obra correcta y notablemente bien hecha dentro de la filmografía del director, aunque no necesariamente una de las mejores. Incluso dentro de sus trabajos más abiertamente autoficcionales, creo que Dolor y gloria sigue estando mucho mejor construida y emocionalmente mejor resuelta. Amarga Navidad se siente más enrevesada y menos precisa al momento de controlar esos desvaríos narrativos con los que coquetea constantemente. Aun así, sigue siendo una buena y sólida película de un director enorme que parece estar atravesando un momento de transición. Si consideramos la claridad con la que aquí deja ver sus intenciones de cambiar y buscar nuevos caminos, será cuestión de tiempo para que vuelva a sorprendernos de la manera en que supo hacerlo cuando apareció por primera vez a inicios de los años ochenta.

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