[Crítica] “Backrooms: sin salida” (2026): perdidos en un vacío


Basada en el fenómeno viral de internet de hace unos años, Backrooms: sin salida (2026), dirigida por el jovencísimo Kane Parsons, es una película de horror psicológico y tensión fantástica que, a diferencia de otras propuestas inspiradas en modas relativamente pasajeras, ha sido desarrollada con cuidado e intención. Lo que tenemos acá no es un simple festín de ruidos fuertes o violencia, sino más bien un filme que construye bien a sus protagonistas, y utiliza el concepto de los backrooms como una representación de sus problemas e inseguridades, así como los traumas que intentan superar.

¿Pero qué son los backrooms? La idea es sorprendentemente universal: son espacios “liminales”, siempre vacíos, de apariencia inquietante o hasta a veces surrealista, generalmente pertenecientes a una época anterior. Es por esto último, de hecho, que la película se lleva a cabo en 1990; para poder utilizar aquella estética de pisos alfombrados, paredes amarillentas y objetos analógicos tan propia de esa década. Por momentos, la experiencia de estar en los backrooms –tanto los que fueron creados para internet como los que aparecen en esta cinta– se siente como ir a alguno de los sótanos del abandonado centro comercial Camino Real en San Isidro, Lima. Ciertamente no les recomendaría que entren ahí de noche.

Backrooms: sin salida cuenta con dos protagonistas. El primero es Clark (Chiwetel Ejiofor), el dueño de una tienda de muebles que siempre está en remate, y que poco tiempo atrás se separó de su esposa luego de, según él, ser botado de su propia casa. El hombre tiene un problema de alcoholismo y le echa la culpa de todas sus desgracias a su exesposa, en vez de admitir sus propios errores. En la tienda, trabaja junto a su joven asistente, Kat (Lukita Maxwell), y el enamorado de esta última, Bobby (Finn Bennett), quien a veces le pide prestada una cámara de VHS a un amigo para grabar los comerciales cursis del negocio.

Por otro lado, tenemos a la psiquiatra de Clark, Mary (la noruega Renate Reinsve), quien también es una reconocida autora. La mujer se dedica a ayudar a otras personas porque, como nos vamos enterando a través de diversos flashbacks, carga con la culpa de no poder haber apoyado a su madre, quien durante la infancia de nuestra protagonista pareció sufrir de algún tipo de esquizofrenia paranoide. De hecho, una vez que Clark llega a su consultorio y le cuenta que ha encontrado una serie de habitaciones vacías y perturbadoras en el sótano de su tienda, inicialmente no le cree (totalmente entendible), pero eventualmente se siente culpable y va al sitio a averiguar si es que su paciente ha estado alucinando o diciendo la verdad.

Lo que más me sorprendió (gratamente) de esta película es que se desarrolla con paciencia, a través de un ritmo narrativo y de montaje inesperadamente pausado. Luego de un prólogo bastante terrorífico, todo narrado a través de una secuencia tipo found footage con una cámara de VHS, el filme se toma su tiempo para presentarnos a nuestros protagonistas, sus problemas y, por supuesto, el concepto de los backrooms. A diferencia de otras propuestas de horror contemporáneo, la película no depende de apariciones o ruidos repentinos para asustar al espectador –aunque ciertamente cuenta con ellos, usándolos muy ocasionalmente–, prefiriendo, más bien, acumular tensión y suspenso, haciendo que tanto Clark como Mary y hasta Kat y Bobby pasen por situaciones horribles.

Lo cual está muy bien, por supuesto, porque si tenía alguna preocupación antes de ver Backrooms: sin salida, es que el filme no fuese a aprovechar bien un concepto con tanto potencial. Pero felizmente, Parsons y su equipo logran convertir a los backrooms del título (enormes, amarillentos, llenos de glitches visuales como muebles y otros objetos fusionados con paredes y pisos) en uno de los elementos más memorables de la cinta. El diseño de producción de Danny Vermette es espectacular y, seguramente combinado con extensiones digitales y otros efectos visuales, convierte a estos espacios en lugares en los que realmente daría miedo perderse.

No obstante, como suele pasar con varias otras películas de terror, Backrooms: sin salida se desinfla un poco hacia el final, especialmente cuando intenta dar explicaciones a medias. Este es un filme que prefiere concluir de forma abierta, lo cual no está mal, pero lamentablemente deja al espectador con una sensación de ligera confusión en vez de fascinación, especialmente debido a cómo intenta vincular los backrooms con el trabajo de quien suponemos es un científico llamado Phil (Mark Duplass). Felizmente, todo lo anterior es tan tenso y terrorífico que el desenlace no termina por arruinar la experiencia en general.

Siendo un cineasta novel y de poca experiencia, Parsons tomó la decisión lógica de rodearse de gente que sabe lo que hace para construir su primera película –desde una productora de buena fama como A24, hasta un reparto de mucho talento. Respecto a estos últimos, no tengo queja alguna. El infravalorado Chiwetel Ejiofor hace un excelente trabajo interpretando a Clark como alguien frustrado, posiblemente sexista y ciertamente confundido, incapaz de hacerse responsable de sus propias equivocaciones, y la gran Renate Reinsve construye a Mary como una mujer que justifica su trabajo y éxito profesional a través de los traumas de la infancia que todavía intenta superar. Lukita Maxwell y Finn Bennett destacan como los inocentes Kat y Bobby, respectivamente, y Mark Duplass hace lo que puede con su misterioso rol.

Lo mejor de Backrooms: sin salida es que no se siente como un producto cínico basado en un fenómeno viral con fecha de vencimiento. Más bien, lo que Parsons y los demás han hecho acá es desarrollar una experiencia de horror con consideración e inteligencia, entregándonos una historia que aprovecha muy bien tanto su concepto central como el contexto noventero en el que se desarrolla (con breves secuencias tipo found footage en calidad VHS, la inexistencia de smartphones y comunicación instantánea, y el vestuario apropiado para la época). Además, es terrorífica (la gente gritaba como loca en la función a la que fui), lo cual seguramente le otorgará un excelente boca a boca. La también reciente Obsesión me sigue pareciendo mejor (más ambiciosa y temáticamente rica), pero si son amantes del género, deben ir a ver Backrooms: sin salida. En todo caso, ambas producciones nos muestran lo mucho que promete esta generación de jóvenes cineastas.

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