La extensa y heterogénea filmografía de Steven Spielberg fluctúa entre la ciencia ficción y el melodrama, la tragedia bélica y la fantasía infantil, el miedo irracional y el heroísmo, lo paranormal y lo familiar. El día de la revelación (Disclosure Day, 2026) representa una intersección casi perfecta de todas las anteriores en el que el Spielberg más cándido, el de los extraterrestres inmaculados, dialoga con el más atrevido, el de las conspiraciones gubernamentales perversas. El casi octogenario director revalida su prestigio creativo al convertir un guion errático y casi auto paródico de David Koepp en una película de género vibrante, entretenida y hasta emotiva, con un efecto de nostalgia más potente que el de cualquier legacy sequel. Aún así, es posible criticar la superficialidad con la que propone un conflicto entre la creencia en los extraterrestres y la religión católica, especialmente cuando la propia película revela un conflicto más urgente para la era de la información entre la artificialidad y la autenticidad de sus imágenes.
Uno de los pocos aciertos del guion es su planteamiento en dos historias paralelas distantes que deben cruzarse para resolver un enigma de proporciones bíblicas. Por un lado está Daniel (Josh O’Connor), un ex agente de ciberseguridad estadounidense involucrado con una organización clandestina que busca revelar al mundo todas las grabaciones confidenciales que confirman la existencia de los extraterrestres desde hace décadas. Por otro lado está Margaret (Emily Blunt), una meteoróloga televisiva que, tras la visita de un pájaro cardenal en su casa, comienza a hablar involuntariamente en otros idiomas y también en un dialecto desconocido durante su segmento de noticiero que se vuelve viral en redes sociales. Ambos son perseguidos por un grupo de mercenarios encabezados por Noah (Colin Firth) quién cree firmemente que la difusión del material sobre extraterrestres será devastadora para la raza humana.

La primera advertencia que hay que hacer es que, pese a sus elementos de thriller y ciencia ficción, esto no se trata de un blockbuster convencional repleto de explosiones y efectos especiales. Spielberg desde luego que no se olvida de entretener y mantener en vilo al espectador con ciertas secuencias de persecución motorizada y artilugios alienígenas, pero la mayor parte de la trama la dedica a establecer la amenaza de la corporación de Noah y la intriga sobre lo que quieren ocultar. Se trata pues de un tratamiento más adulto que el de Encuentros cercanos del tercer tipo (1977) donde al menos había un par de niños en el reparto. No obstante, Spielberg mantiene una mirada inocente hacia los alienígenas como en aquella película y en la sobrecogedora E. T. (1982), algo que para algunos puede resultar forzado o absurdo en medio de discusiones sobre la fe y escenas de violencia física. Tampoco ayuda la rapidez con la que el guion pretende conectar todos los temas, situaciones, y personajes, llegando a valerse del poder fantástico de Margaret para avanzar sin mayor explicación. El director por suerte logra superar los baches del guionista y mantener el control de un vehículo que en manos de otro iría directamente al abismo.
Uno de los pilares que mantiene a flote la narrativa enrevesada son las actuaciones, empezando por una Emily Blunt que parece poseída por el mismo demonio que convirtió a Richard Dreyfus en un auténtico desquiciado en Encuentros… Además de poder reflejar cambios súbitos de actitud y formular diálogos largos y apresurados, Blunt logra expresar angustia, temor y determinación sin mayor esfuerzo, demostrando que no existen roles pequeños para los mejores actores. Lo mismo puede decirse de un inesperadamente malvado Colin Firth, que apenas requiere un cambio de color de pupilas para ser más intimidante. Colman Domingo también destaca como su sereno y sabio adversario, el líder del grupo rebelde al que pertenece el también simpático Josh O’Connor en un rol menos exigente de lo acostumbrado. Eve Hewson resulta menos interesante como ex monja y novia de O’Connor, en parte porque el guion apenas la justifica por su conexión con el catolicismo. Wyatt Rusell lo tiene más fácil para encarnar al patético novio de Margaret.

El otro componente salvador es la inigualable “magia” cinematográfica de Spielberg que se manifiesta en una meticulosa puesta en escena (como la de la recreación de la casa de la infancia de Margaret), coreografías de acción impecables (como la de la persecución que acaba en un tren), y los momentos de contemplación onírica ante una presencia alienígena que se reservan para la parte final. La banda sonora de su eterno colaborador, el nonagenario John Williams, no es la más pomposa ni electrizante de sus partituras y hasta cierto punto encapsula el carácter sobrio de la historia, pero cumple con acentuar los momentos más decisivos con notas que remiten a sus anteriores éxitos compartidos con Spielberg. La fotografía de su otro colaborador frecuente, Janusz Kamiński, resulta menos gratificante por su insistencia de una tonalidad fría y azulada, especialmente en relación a Daniel y Noah, que afortunadamente va desapareciendo hacia el final.
Resulta irónico que el elemento visual más decepcionante de una película del creador de Tiburón (1975) y Jurassic Park (1993) sea el diseño claramente artificial de un pájaro cardenal y un ciervo. Hasta cierto punto el CGI de baja calidad también afecta el realismo de algunas escenas como la de la persecución en auto y las grabaciones de diferentes épocas que confirman nuestra coexistencia con los extraterrestres. Es curioso que este defecto visual ocurra en un filme que le confiere a la imagen un gran poder de legitimidad, al punto que se teme que unas grabaciones desafíen y reemplacen religiones milenarias. Es posible interpretarlo como una excusa para cuestionar a una sociedad global dispuesta a dejarse llevar por lo primero que ve, no solo a través de una pantalla de televisor o smartphone sino también en la propia realidad (como en la secuencia de la casa de Margaret). En ese sentido sería similar al mundo paralelo virtual de Ready Player One (2018) cuyos gráficos de calidad de videojuego sí que eran intencionales.

Es interesante que, en plena era de la posverdad y el negacionismo, Spielberg se atreva con un proyecto donde el reconocimiento público de la vida extraterrestre no representa un mero espectáculo de luces sino la antesala al cuestionamiento o incluso al abandono de nuestras creencias religiosas. Lamentablemente El día de la revelación no profundiza en dicho cuestionamiento y se conforma con representar la postura católica con una madre superiora y una ex monja bastante complacientes. Lo mejor del filme es que cuenta con los recursos suficientes para entretener al gran público y alimentar su interés por seres que ya no se sienten tan lejanos ni desconocidos como antes. Su reivindicación del pacifismo y la empatía como “poderes” humanos para enfrentar enemigos, muy al estilo de E. T., también es loable en tiempos de polarización extrema e invasiones geopolíticas.

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