30° Festival de Lima: “Donde nacen las sombras” (2026), aquellos que iluminan

Donde nacen las sombras

El cine es luz y sombra, eso es más que sabido, y dependerá de la visión de cada cineasta decidir qué hacer con ambas, para así determinar aquello que pueden llegar a simbolizar dentro de una película. Porque no se trata únicamente de una cuestión técnica, sino también de significado, entendiendo cómo opera la luz, qué lugar ocupa la oscuridad y de qué manera una puede funcionar como complemento o antítesis de la otra. Una vez comprendido lo que representan dentro de una propuesta, se puede comenzar a jugar con ellas y trasladar esa relación hacia otros terrenos. Si lo que se busca es indagar en la vida de una persona, por ejemplo, cabe preguntarse cuáles han sido sus luces, quiénes la han iluminado o qué acontecimientos han significado algo semejante para ella. Del mismo modo, pueden reconocerse aquellos momentos o individuos que, durante una etapa determinada, terminaron ensombreciendo su existencia.

Es desde esa idea que me resulta interesante el punto de partida elegido por Violeta Rodríguez para Donde nacen las sombras. Al ser fotógrafa, el manejo de la luz y la oscuridad forma parte de su labor profesional, pero aquí ese conocimiento le sirve además para realizar una introspección sobre su propia vida y preguntarse de dónde surgieron aquellas sombras que la alcanzaron durante uno de sus momentos más difíciles. Los hechos que las originaron se mencionan con claridad. Por un lado, está una experiencia vinculada con la violencia obstétrica, que derivó en un parto complicado; por otro, la posterior separación de su pareja, tras la cual tuvo que criar sola a su hija Emilia y luego a su hijo Raimy mientras continuaba saliendo adelante con su trabajo. Paralelamente aparece la relación con sus padres, especialmente con su madre, quien ha representado un soporte importante para ella a lo largo del tiempo.

Con todas estas personas orbitando el mundo de Violeta, lo interesante es que la película no convierte permanentemente a su directora en el centro de atención ni utiliza los episodios dolorosos de su pasado para insistir una y otra vez en su tragedia personal. Esos acontecimientos sirven principalmente para que, como espectadores, solo comprendamos el contexto desde el cual nace el relato. Porque lo que termina importando no es únicamente el sufrimiento que atravesó, sino quiénes estuvieron allí para ayudarla a salir de esa situación y evitar que acabara hundiéndose en ella. El título cobra sentido desde esta perspectiva, ya que primero reconocemos de dónde nacieron esas sombras y en qué momento comenzaron a formar parte de su vida para luego hablar de la manera en que pudieron ser combatidas.

Por eso, buena parte de lo que vemos se apoya en situaciones cotidianas. Rodríguez aparece jugando con sus hijos, dándoles de comer, recibiendo visitas o realizando su trabajo, mientras esos momentos conviven con conversaciones acerca de su pasado. Algunas las sostiene con su madre; otras, con amistades como María, quien, desde su condición de persona trans, ha tenido que lidiar con sus propios problemas relacionados con la maternidad. Mediante estos intercambios y la convivencia diaria comienza a generarse una sensación de entendimiento y camaradería. Quienes rodean a Violeta no aparecen únicamente para brindar un testimonio acerca de lo ocurrido ni para explicar cuál fue su papel en determinado episodio, sino como presencias integradas en su día a día que, gracias a esa cercanía, permiten comprender con mayor naturalidad lo que significan para ella.

Creo que uno de los aciertos de la directora está justamente en no complicar demasiado esa aproximación mediante una amplia gama de simbolismos. La relación entre luz y sombra ya proporciona una idea suficientemente clara desde la cual organizar la película, mientras que la voz en off aparece en la medida necesaria para que pueda hablar de su vida sin convertir el resultado en un gran ejercicio de ego. Al contrario, lo destacable de Donde nacen las sombras es que termina funcionando como un sentido homenaje a quienes aportaron luz, a aquellos que permanecen en nuestra vida y consiguen iluminarnos durante los momentos más oscuros. La experiencia personal de Rodríguez constituye el punto de partida, pero su mirada se amplía progresivamente para reconocer a quienes estuvieron presentes cuando necesitó salir a flote.

En ese sentido, encuentro otro de sus aspectos más valiosos en la manera en que logra desprenderse, en la medida de lo posible, de la figura del “yo” para concentrarse en el “nosotros”. Es un terreno donde obras de corte similar pueden caer fácilmente en una mirada excesivamente ensimismada, pero Rodríguez evita que su experiencia absorba todo lo demás. Tiene el material necesario para que sepamos quiénes fueron esos seres cercanos y qué lugar ocupan en su vida, aunque tampoco busca reducirlos a una única función dentro del relato. No son simplemente quienes estuvieron ahí para ayudarla ni figuras destinadas a representar la idea de la luz. Los vemos integrados en su entorno diario, y es esa convivencia la que termina otorgándole al conjunto una naturalidad acertada.

Donde nacen las sombras

Donde sí encuentro cierto desbalance es en la relación entre ese registro cotidiano y una vertiente más poética que la película introduce en determinados momentos. Hay pequeños montajes compuestos por imágenes de corte artístico y acompañados por música que abren la posibilidad de conducir el documental hacia otro terreno visual. No obstante, aparecen de manera demasiado breve, por lo que considero que podrían haber tenido una presencia mayor y haberse desarrollado paralelamente durante el relato, de modo que existiera una armonía más sólida entre esa búsqueda poética y la perspectiva terrenal desde la cual observamos el día a día de Violeta y de quienes la rodean. Tal como están dispuestos, esos instantes plantean otra posibilidad expresiva, pero desaparecen antes de integrarse plenamente con el resto de la propuesta.

Fuera de ese desequilibrio, Donde nacen las sombras acierta al comprender que hablar de los momentos difíciles de una vida no implica convertir el dolor individual en el único centro de atención. Al preguntarse por el origen de sus propias sombras, Rodríguez termina reconociendo las luces que le permitieron enfrentarlas y, con ello, desplaza el relato desde su experiencia personal hacia los vínculos que la sostuvieron. Las conversaciones, sus hijos, su madre, sus amistades, el trabajo y los pequeños instantes compartidos permiten construir esa idea sin necesidad de recurrir constantemente a explicaciones o recursos adicionales. Su breve duración contribuye, además, a que la película tenga claro aquello que quiere contar sin extenderse innecesariamente. Así, en lugar de detenerse únicamente en las sombras que marcaron una etapa de su vida, Rodríguez encuentra en quienes permanecieron junto a ella la luz necesaria para entender cómo consiguió atravesarlas.


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