30° Festival de Lima: “Jaripeo” (2026), tradiciones sin fronteras ni prejuicios


No resulta extraño encontrar una dimensión homoerótica en actividades que, históricamente, han estado asociadas a una idea muy rígida de la masculinidad. Detrás de esas demostraciones de fuerza, valentía y virilidad suele esconderse también una forma de afecto mucho más discreta que, en ocasiones, termina resultando reveladora. Hace apenas un par de años, por ejemplo, Albert Serra ya sugería algo parecido en su polémico documental Tardes de soledad (2024). A través de su cámara, observaba el ritual de preparación del torero Andrés Roca Rey, la relación que mantenía con el séquito que lo acompañaba y la manera participaban antes y después de enfrentarse al toro. Allí podía percibirse una admiración tan intensa que, desde cierta mirada, podía interpretarse como una forma de enamoramiento entre esos hombres y la figura que encarnaba el torero.

Por supuesto, esa no deja de ser una lectura posible entre muchas otras. Sin embargo, también es cierto que, en determinados contextos, ese tipo de afectos pueden tener un anclaje muy real y, por miedo al qué dirán, permanecer ocultos durante años. Afortunadamente, los tiempos cambian, aunque lo hagan a paso de tortuga, y poco a poco comienza a abrirse un espacio para comprender que esas formas de expresar los sentimientos no tendrían por qué entrar en conflicto con una determinada idea de masculinidad. Esa expresividad es, precisamente, el centro de Jaripeo, el documental dirigido por Efraín Mojica y Rebecca Zweig.

La película acompaña el regreso de Mojica a Penjamillo, Michoacán, con motivo del jaripeo anual, una celebración equivalente al rodeo donde tanto los habitantes del lugar como los migrantes que vuelven desde Estados Unidos se reúnen para reafirmar una tradición profundamente ligada a la figura del macho mexicano y a la identidad del vaquero. Con ese contexto claro, los directores construyen un relato que combina el registro directo del evento con una serie de imágenes filmadas por el propio Mojica en Super 8. Esas partes poseen un carácter mucho más íntimo y se entrelazan con recuerdos, fantasías y evocaciones que buscan dar forma al proceso mediante el cual el cineasta intenta aceptarse tal como es: un vaquero queer dentro de un universo que todavía encuentra dificultades para admitir esa posibilidad.

Creo que Mojica y Zweig realizan un trabajo especialmente sólido al construir ese proceso de aceptación. La película nunca se limita al testimonio del propio director, sino que amplía su mirada incorporando las experiencias de otros dos protagonistas. El primero es Noé, quien responde por completo al estereotipo del vaquero tradicional: un hombre corpulento, barbudo y físicamente asociado a ese ideal de masculinidad que suele presentarse como el más deseable. No obstante, detrás de esa imagen cuenta cómo ha sido su salida del clóset y reconoce que, para varios miembros de su familia, su orientación sexual continúa siendo un secreto. El segundo es Joseph, cuya relación con su identidad es completamente distinta. Él vive su homosexualidad de manera abierta y logra integrarla con absoluta naturalidad al mundo del jaripeo, hasta convertirse en una suerte de celebridad dentro de la propia celebración navideña.

Si hay algo que une a los tres protagonistas es la honestidad con la que hablan de sí mismos. Cada uno atraviesa una etapa diferente en ese camino de mostrarse ante los demás tal como es y, precisamente por eso, el documental evita convertir el sufrimiento en el centro absoluto del relato. No se interesa tanto por insistir en el rechazo que podrían experimentar o en la posibilidad de que sus vidas cambien drásticamente a causa de su orientación sexual. Lo que realmente busca explorar es el proceso de asimilación y la manera en que su homosexualidad puede convivir con el mundo del jaripeo sin que ambas dimensiones se excluyan mutuamente.

Y es justamente esa convivencia la que los cineastas se esfuerzan por hacer visible. Tal como se insinúa desde los primeros minutos, el acto de montar al animal y resistir sobre él el mayor tiempo posible puede coexistir con una identidad que tradicionalmente habría sido considerada incompatible con ese entorno. Vestir jeans ajustados, botas de cuero y un sombrero de vaquero no impide que esos hombres puedan habitar ese universo desde otro lugar. Lo que la película propone es reconocer que esa aparente contradicción nunca fue realmente tal y que la figura del vaquero también puede abrirse a otras formas de vivir la masculinidad sin dejar de pertenecer a ese mismo mundo.

Ese planteamiento encuentra un apoyo importante en la manera en que el documental registra los cuerpos y la luz. El modo en que la luz cae constantemente sobre los protagonistas sugiere que esa oscuridad en la que durante tanto tiempo se vieron obligados a permanecer comienza, por fin, a cambiar. Es en esos instantes cuando aparecen algunos de los mejores momentos de la cinta: las conversaciones en las que los personajes hablan con absoluta sinceridad sobre aquello que sienten, dejando de lado cualquier necesidad de ocultarse. Son escenas que transmiten una cercanía muy particular y que consiguen convertir el acto de hablar abiertamente sobre uno mismo en un gesto de enorme fuerza.

Aun así, creo que la película no está exenta de algunas limitaciones. Tal vez el principal reparo que podría hacérsele es que, por momentos, cae en ciertas obviedades respecto al tema que aborda. Se agradece la forma directa en que interpela al espectador, sin rodeos ni medias tintas, y la honestidad con la que expone las experiencias de sus protagonistas. Lamentablemente esa misma frontalidad también provoca que, incluso dentro de su breve duración, el documental no siempre encuentre nuevas formas de desarrollar visualmente aquello que plantea. En varios pasajes parece conformarse con ofrecer destellos estéticos aislados, sin terminar de convertirlos en una propuesta formal que crezca junto con el relato.

Esa sensación resulta especialmente evidente porque la película da la impresión de estar encontrando una identidad visual muy interesante cuando combina la crudeza del registro documental con las imágenes que representan las fantasías, los recuerdos y las aspiraciones de Mojica. Esa búsqueda alcanza uno de sus momentos más logrados en torno a Joseph, quien ha abrazado plenamente su identidad y parece encarnar con mayor claridad esa convivencia entre tradición y aceptación que el documental quiere defender. Justamente por eso da la impresión de que esa línea podía explorarse mucho más. En lugar de profundizarla, la película termina limitándose antes de que todas esas posibilidades alcancen su verdadero potencial.

A pesar de esas observaciones, Jaripeo sigue siendo una película sumamente simpática y honesta, donde la aceptación ocupa un lugar central. Lo que propone no es reemplazar unas tradiciones por otras ni enfrentar dos formas de entender el mundo que supuestamente serían incompatibles. Su apuesta consiste en demostrar que esas tradiciones también pueden transformarse sin dejar de ser ellas mismas. Pueden abrirse a nuevas personas, permitir que quienes aman esa cultura la vivan a su manera y reconocer que esa autenticidad nunca ha dependido de responder a un único modelo de masculinidad. En ese sentido, el documental encuentra su mayor virtud al recordarnos que preservar una tradición no implica impedir que cambie, sino permitir que siga creciendo sin perder aquello que la hace significativa.


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