30° Festival de Lima: “Hiedra” (2025), deseos maternos


Aún si hiela a más de uno, hay una preocupante desensibilización frente al abuso infantil que la sociedad acarrea desde el pensamiento conservador. Presente en niñas obligadas a gestar, padres que prefieren ocultar a denunciar, chiste recurrente en redes sociales (casos Jeffrey Epstein y P. Diddy), es una normalidad que las víctimas interiorizan a través del silencio, el miedo a la exposición mediática o a ser juzgadas por sus familiares.

Tal es el caso de Azucena (Simone Bucio), quien busca a su hijo 17 años después de ser violentada sexualmente. Julio (Francis Eddú) parece el indicado: dejado a su suerte en un orfanato, pasa los días jugando en el parque, cuidando a los bebés del recinto. Distancia en los estilos de vida, el color de piel, es una relación ambigua que la cinta desarrolla impávida, producto de la soledad y el deseo carnal.

Dirigida por la ecuatoriana Ana Cristina Barragán, Hiedra (2025) presenta una incomodidad poco dramatizada, nacida de silencios y gestos mínimos que los protagonistas comparten en esa búsqueda del otro, otredad como respuesta al abandono. Ella, 30 años, soltera y ensimismada en el trauma. Él, 17 años, huérfano y pronto a dejar el albergue, a vivir en las calles sin ingresos estables. 

Planos cerrados de fondo difuminado, los personajes aparecen aislados de la realidad, grabados con una cámara en mano que refuerza su inestabilidad, también, la naturalidad de los no actores frente a Simone Bucio. De universos distintos, el contraste se plantea desde el casting: jóvenes marrones siendo ellos mismos, sin experiencia en escena,  interactuando con una mujer blanca en el registro de protagonista perturbada, de actitudes regresivas que recuerdan a una adolescente.

La escena inicial ilustra aquello con precisión: a cuatro patas, Julio pelea con otro joven para el disfrute de sus amigos, acto físico cuya bestialidad remite al ojo público, aquel que lo juzga como inadaptado, animal por que compadecerse en momentos estratégicos. Tras perder el enfrentamiento, es encerrado en un mueble, negado de ver el mundo, encontrar oportunidades en este, atrapado en la rutina poco prometedora que guía su vida. 

En paralelo, Azucena se ha estancado en el pasado, doloroso recuerdo que incapacita sus posibilidades a pesar de la estabilidad económica. “¿Puedo jugar con ustedes?”. El primer contacto con los chicos se da desde el movimiento, ralentí del juego infantil en que ella persigue a Julio, iniciativa que cambiará de perspectiva según las circunstancias. Él la busca, lee su comportamiento como romántico, predatorio; ella lo busca, cree poder reconciliarse con sus recuerdos, su agrio presente.

La película abraza el malentendido en pos de dinámicas confusas para los personajes, quebrando sus creencias en esa necesidad de recuperar lo perdido. Jugando con las expectativas, la primera mitad se construye sobre la disyuntiva, esas miradas que malinterpretan los sentimientos. Con las intenciones reveladas, el trato toma un giro perverso, exponiendo la incapacidad de los protagonistas para lidiar con el problema, encerrándose en un vínculo dudoso para cubrir sus carencias afectivas.

En el plano sexual, escenas corroboran otro vacío que atraviesa a los actores principales. La masturbación aparece en dos momentos: Julio y sus amigos eyaculan en sus camas; tras escuchar el encuentro de una compañera, Azucena trata de darse placer con un oso de peluche, fracasando en el intento. Propio de la edad, sin una memoria que lo atormente, la búsqueda del joven normaliza el malentendido con la mujer, mostrando una perspectiva masculina del abuso que termina invadiendo la relación.

Como posible víctima, Julio no evita los encuentros, su deseo enfrenta la posibilidad de un parentesco con Azucena, cuya preferencia se hace notar en el círculo de huérfanos. “Creo que le gustas” le dicen entre risas. La cámara los ha seguido a un bowling, donde miradas despectivas cuestionan sus comportamientos. El seguimiento es tambaleante; los planos, herméticos. La mujer los ha invitado al lugar, pero su mente está en otro lado. 

Lejos de la brecha generacional y sociocultural, hay otra similitud que el filme destaca en sus dos intérpretes: su vocación de servicio. Mientras él atiende a los menores del orfanato, ella cuida de su padre enfermo y los conejos que habitan su departamento. Ese rasgo se extiende al trato que Azucena da a los chicos, redondeando los claroscuros del personaje en el conflicto ético.

Bajo caracterizaciones tan marcadas, la crítica social inunda ambos contextos sin moralismos, visión cruda abierta a interpretaciones complejas sobre los protagonistas. Además de manifestar su psique, el vínculo materno/romántico da continuidad macabra al abuso sufrido por ella, imitando la diferencia de edad y el interés sexual (por parte del menor en este caso). 

En esa ambigüedad, la agria conclusión se decanta hacia relaciones forzadas por la supervivencia. Interesante es que no se expresen objeciones directas, retratando la situación extrema como algo que la sociedad prefiere ignorar. Por lo mismo, la responsabilidad del asunto recae sobre fuerzas externas, sea la madre de Azucena o las monjas que atienden el albergue. La narrativa es potente, provocadora; la idea, algo genérica para el camino que trazaba el filme.

Personajes dañados y olvidados por el entorno, Hiedra destapa el trato indigno que reciben los parías en Latinoamérica. Obligados a tomar medidas desesperadas, el relato se sostiene en la creciente tensión de sus protagonistas, el contraste ilustrado con precisión y dureza, los paralelos que terminan por unir esa necesidad de compañía, de futuro estable, de catarsis con un mundo que no deja de golpear.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *