30° Festival de Lima: “El partido” (2026), dos países, un mismo recuerdo


¿Existe el milagro perfecto? Creo que esa es una pregunta válida. Si entendemos un milagro como un acontecimiento extraordinario e irrepetible, es muy probable que las circunstancias en las que ocurre nunca sean las ideales. Eso no impide que suceda y si a esas circunstancias se les suma un contexto histórico capaz de engrandecer todavía más su dimensión, queda claro que ese hecho permanecerá para siempre en la memoria colectiva, más allá de las imperfecciones que puedan encontrarse con el paso del tiempo. Si hubiera que pensar en un milagro de ese tipo, difícilmente podría encontrarse uno más representativo que el ocurrido en el Mundial de Fútbol de 1986 durante el enfrentamiento entre Argentina e Inglaterra. Ese es el episodio que Juan Cabral y Santiago Franco deciden reconstruir en El partido.

La historia es ampliamente conocida. Después de llegar a la máxima cita del fútbol rodeada de cuestionamientos bajo el mando del entrenador Carlos Bilardo, la selección argentina debía enfrentarse a Inglaterra en cuartos de final, en un partido cuya trascendencia excedía ampliamente lo deportivo. Antes de llegar a ese encuentro, los directores se detienen a rastrear el origen de la rivalidad entre ambas selecciones, recordando antecedentes como el Mundial de Inglaterra de 1966, que ya había contribuido a alimentar esa tensión. El verdadero peso del enfrentamiento, no obstante, estaba determinado por un hecho mucho más reciente: la guerra de las Malvinas.

Apenas cuatro años antes, la dictadura militar encabezada por Leopoldo Galtieri había ordenado el desembarco argentino en las islas, desencadenando el conflicto bélico con el Reino Unido. Del otro lado se encontraba el gobierno de Margaret Thatcher, que conduciría la respuesta británica. El resultado fue una guerra que costó la vida de numerosos soldados, en especial argentinos, muchos de ellos extremadamente jóvenes, dentro de un enfrentamiento que probablemente pudo haberse evitado. Es desde ese contexto histórico que el documental comienza a retroceder en el tiempo para comprender el verdadero significado del partido que terminaría dando título al filme.

A partir de allí, Cabral y Franco reconstruyen aquel episodio mediante imágenes de archivo y, sobre todo, a través del testimonio de quienes participaron directamente en él. Del lado inglés aparecen figuras como Gary Lineker, John Barnes, Bobby Robson y Peter Shilton, el arquero que recibiría los dos goles más recordados de aquel encuentro. Del lado argentino intervienen Jorge Burruchaga, Jorge Valdano, Julio Olarticoechea, Ricardo Giusti y Óscar Ruggeri. Entre todos ellos sobresale, inevitablemente, una ausencia: la de Diego Armando Maradona.

Paradójicamente, considero que esa ausencia termina convirtiéndose en uno de los mayores aciertos del documental. Evidentemente resulta lamentable no contar con el principal protagonista de aquella historia, pero el hecho de que Maradona solo pueda estar presente mediante imágenes y objetos obliga a la película a desplazar la atención hacia quienes siempre permanecieron a su lado y siguen con nosotros. Son muy pocos los registros que han intentado reconstruir ese partido desde esa perspectiva, otorgándoles la palabra a los demás jugadores que también participaron de aquella gesta y cuya presencia terminó inevitablemente opacada por la figura del astro argentino.

Eso permite que los directores exploren pequeños detalles que normalmente permanecen relegados. La preparación del encuentro, los instantes previos al pitazo inicial, el desarrollo mismo del partido y sus consecuencias posteriores adquieren una dimensión completamente distinta cuando quienes los narran son aquellos que compartieron el campo con Maradona. Momentos tan conocidos como la “Mano de Dios” y el llamado «Gol del Siglo» funcionan aquí casi como una enorme sombra que cubre todo el relato. Son imágenes tan repetidas que parecieran haberse independizado de quienes las hicieron posibles. Lo que El partido propone, entonces, es mirar hacia quienes también ayudaron a construirlas.

Al otorgar una importancia similar a futbolistas argentinos e ingleses, el documental ofrece una visión mucho más completa del acontecimiento. Además de recuperar sus alegrías y frustraciones, rescata detalles que suelen quedar relegados, como el papel del árbitro y del juez de línea en una época anterior al VAR. Esa atención al contexto refuerza el enorme valor histórico del registro y deja claro que el largometraje nunca pretende construir un relato simplista de héroes y villanos. Su interés se encuentra, más bien, en observar cómo un mismo episodio permanece en la memoria de quienes lo experimentaron desde lados opuestos.

De esa manera, el encuentro aparece en toda su complejidad, alejándose de la idea de una gesta épica protagonizada únicamente por un puñado de jugadores que estuvieron en el lugar indicado para concretar una hazaña imposible. Es en este punto donde cobra sentido regresar a la noción del milagro imperfecto planteada al inicio. El documental reconoce las irregularidades de aquel partido e incluso las cuestiona, sin que eso implique esconderlas para preservar intacta su dimensión legendaria.

Ahí están, por ejemplo, los dos goles ya mencionados, con el segundo precedido por una posible falta que, de haber sido sancionada, habría detenido el juego antes de la célebre carrera de Maradona. La película entiende que ambos episodios pertenecen a una época distinta, marcada por otras formas de arbitrar y comprender el fútbol. Son acciones que hoy probablemente serían revisadas de inmediato, mientras que en aquel contexto simplemente ocurrieron y terminaron dando origen a algunos de los momentos más recordados de la historia del deporte. Lo extraordinario no necesita ser impecable para convertirse en un acontecimiento irrepetible.

Diego Maradona estrecha la mano de Peter Shilton, antes de los cuartos de final de la Copa Mundial de la FIFA, el 22 de junio de 1986 en el Estadio Azteca en la Ciudad de México. Argentina derrotó a Inglaterra 2-1 en el mítico partido de la «Mano de Dios». (Foto: David Cannon/Getty Images)

Creo que esa perspectiva convierte a El partido en un documental especialmente valioso. Para hablar exclusivamente de Diego Armando Maradona ya existen cintas que lo retratan con mayor profundidad, como el documental dirigido por Asif Kapadia. Los directores, en cambio, deciden correr el foco. Sin necesidad de volver a construir la figura de un individuo, lo que les interesa es retratar a un grupo de personas e incluso a dos naciones enteras. Este evento deportivo deja entonces de ser únicamente un partido para convertirse en el punto de encuentro entre dos historias nacionales que parecen haber quedado inevitablemente ligadas por el conflicto.

Por momentos da la impresión de que Argentina e Inglaterra estuvieran destinadas a cruzarse una y otra vez, ya fuera sobre un campo de fútbol o en un campo de batalla. Las circunstancias cambian, pero las tensiones permanecen. Con el paso del tiempo, muchos de los protagonistas directos lograron dejar atrás aquellos enfrentamientos y encontrar una forma distinta de relacionarse entre sí. A pesar de ello, continúan existiendo intereses mucho más grandes que ellos, fuerzas políticas e históricas capaces de alimentar esa confrontación incluso cuando quienes la vivieron en primera persona ya intentaron superarla.

Es cierto que, desde esa perspectiva, El partido podría parecer por momentos ingenua, complaciente e incluso, si se quiere, carente de un trasfondo político más prominente. Sin embargo, reclamarle que ahonde en ese terreno supondría pedirle que fuera algo que evidentemente no busca ser, además de que existen otras obras capaces de abordar aquellos acontecimientos desde esa dimensión. Cabral y Franco prefieren aproximarse a ellos desde un carácter abiertamente pasional, escapando de una mirada fría o cínica. Si se acepta ese registro, todavía es posible encontrar el goce que propone la película: asistir a la gestación de ese milagro imperfecto y comprender por qué, décadas después, continúa ocupando un lugar tan importante en la memoria.

Por ese motivo, la inclusión del poema Juan López y John Ward, de Jorge Luis Borges, adquiere un sentido poderoso. Tal como se declama en la película, un argentino y un inglés pueden crecer separados por miles de kilómetros, aprender cosas completamente distintas e incluso ignorar la existencia del otro. Aun así, el destino termina reuniéndolos en circunstancias que ninguno eligió y que muchas veces responden a decisiones ajenas a ellos. En ocasiones esos encuentros desembocarán en tragedias. Otras veces, en cambio, darán origen a algo completamente distinto.

No hace falta que te guste el fútbol ni ser argentino para comprender lo que la película busca transmitir. Su propuesta va por otro lado, hacia la manera en que el tiempo y el lugar adecuados permitieron que, al menos por un instante, ocurriera aquello que parecía imposible. La historia estará la mayoría de las veces a favor de los poderosos, de quienes poseen los medios necesarios para imponer su voluntad y salirse con la suya, y probablemente eso no vaya a cambiar. Aun teniendo todo en contra, tal vez, solo tal vez, durante un instante las cosas puedan ser diferentes y dejar para la posteridad el recuerdo de una ocasión en que quienes parecían no perder nunca el dominio terminaron siendo burlados y cayeron ante el rival menos pensado.

Que aquello sucediera dentro de un mundial de fútbol fue, en cierto modo, una casualidad que permitió al mundo entero presenciarlo. En medio de la desgracia y de una rivalidad que parecía destinada a perpetuarse, también existen momentos en los que el orgullo consigue prevalecer. Es desde esa dimensión emocional que El partido termina trascendiendo el terreno deportivo para convertirse en una reflexión sobre la memoria, la historia y la manera en que los grandes acontecimientos acaban perteneciendo tanto a quienes los protagonizan como a quienes los recuerdan. El milagro nunca fue perfecto. Quizá justamente por eso todavía seguimos hablando de él.


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