30° Festival de Lima: “Un lugar más grande” (2025), a la espera del conflicto


Basta con habitar una ciudad para darse cuenta de que incluso en aquellos espacios donde se concentran los poderes del Estado, y donde supuestamente debería existir una mayor preocupación por el bienestar de la población, las cosas distan mucho de funcionar como deberían. Es suficiente con observar las noticias sobre corrupción, asesinatos o la inacción de quienes tendrían que preservar el orden y la integridad de las personas. En ocasiones simplemente no hacen nada; en otras, incluso existe cierto grado de complicidad con aquello que ocurre. Si esta situación ya resulta habitual en las capitales, cabe imaginar lo que sucede en zonas mucho más alejadas, donde la presencia estatal pierde fuerza y el escaso control puede favorecer todavía más la corrupción. Esa distancia permite, además, que el propio Estado actúe con una libertad cuyas consecuencias difícilmente resonarían de la misma manera que en una gran ciudad. Es una realidad lamentablemente extendida en distintos lugares de la región y, por supuesto, México no resulta ajeno a ella.

El país norteamericano no solo es afectado por el narcotráfico, sino también por el accionar indebido del propio Estado. Ante semejante situación, no sorprende que existan lugares donde sus habitantes decidan desentenderse del orden cívico que debería regir en el resto del territorio y buscar otras formas de organización. Ese es el escenario que Nicolás Défossé aborda en Un lugar más grande, documental que nos lleva hasta Chiapas, específicamente al pueblo de Tila. Allí, sus habitantes, junto con integrantes de comunidades aledañas, han decidido expulsar a los funcionarios estatales y organizarse bajo otra forma de gobierno, asumiendo también las consecuencias que semejante decisión implica.

Défossé se aproxima a esta realidad desde un carácter estrictamente observacional. En ningún momento percibimos la intervención de un tercero intentando obtener testimonios ni la voluntad de provocar situaciones ajenas a lo que sucede frente a la cámara. Siguiendo el estilo «mosca en la pared», el cineasta recorre distintas zonas de Tila y registra cómo sus habitantes se reúnen, conversan y debaten sobre aquello que deben hacer ahora que se gobiernan a sí mismos. Esa autonomía tampoco significa que los conflictos hayan desaparecido. La población debe enfrentarse a amenazas provenientes del exterior, específicamente a grupos paramilitares capaces de atacarlos, mientras intenta sostener la organización que ha construido al margen de las instituciones que anteriormente debían representarla.

Dentro de esta dinámica, el Estado funciona principalmente como una figura antagónica invisible. Su ausencia es, precisamente, una prolongación del abandono que ha ejercido sobre estas personas. Se convierte en una amenaza constantemente mencionada, aunque rara vez aparezca físicamente frente a nosotros, salvo en algún momento relacionado con la detención de una autoridad que se acerca a Tila. Esa invisibilidad posee inicialmente cierta fuerza porque permite comprender que la relación conflictiva con el poder no necesita materializarse permanentemente para condicionar la vida de quienes habitan el pueblo. El Estado permanece presente a través de su propia ausencia, mediante las consecuencias que ha dejado y el rechazo que provoca entre quienes decidieron organizarse sin él.

La decisión de no interferir también evita que Défossé exotice a las personas que filma. No intenta presentarlas como figuras ingenuas, indefensas o incapaces de reconocer los peligros que existen fuera de su comunidad. La cámara se limita a acompañarlas y permite observar que conocen perfectamente las amenazas externas, a la vez que deben enfrentarse a otras que existen dentro de su propia organización. En ese registro cotidiano aparecen ciertos valores pertenecientes a una sociedad patriarcal que continúan reproduciéndose con naturalidad. La cinta deja ver así que, al menos en determinados aspectos, quienes se rebelan contra un poder exterior tampoco están completamente alejados de algunas dinámicas problemáticas presentes en aquello que rechazan. El director no necesita juzgarlos ni mirarlos con condescendencia; simplemente registra esas contradicciones como parte de su manera de entender y organizar el mundo.

Es justamente esa postura la que establece una base interesante para el documental. El problema aparece cuando la observación deja de abrir nuevas posibilidades y empieza a repetirse. Durante buena parte de las casi dos horas vemos a los habitantes de Tila conversar, debatir en asambleas o desenvolverse dentro de su cotidianidad, sin que el relato encuentre demasiadas formas de avanzar a partir de aquello que ya había planteado. La dimensión observacional continúa siendo uno de sus rasgos más destacables, aunque progresivamente se vuelve insuficiente para profundizar en los conflictos que rodean a la comunidad. Lo que inicialmente parecía una puerta de entrada hacia una realidad compleja empieza a sentirse como un dispositivo demasiado limitado para todo lo que podría explorarse a partir de ella.

Esto se vuelve especialmente evidente cuando pensamos en las amenazas externas que los habitantes mencionan constantemente. Si la intención fuera acercarnos con mayor profundidad a la confrontación que atraviesan, o siquiera ofrecer una dimensión más informativa sobre lo que sucede en ese territorio, habría sido útil contar con una presencia más tangible de aquellos que los atacan. No porque el filme tenga que abandonar su perspectiva ni convertir a esas fuerzas en protagonistas, sino porque su ausencia casi absoluta provoca que una parte fundamental del conflicto quede incompleta. Sabemos que existen grupos paramilitares, escuchamos hablar sobre ellos y entendemos el peligro que representan, aunque esa amenaza permanece demasiado distante respecto a lo que la cámara registra directamente.

A medida que el documental avanza, surge la sensación de que eventualmente se planteará un conflicto capaz de otorgar mayor cohesión y seguimiento a lo que estamos viendo. No hablo de exigirle que opere bajo las reglas tradicionales de un guion de ficción ni que construya artificialmente una resolución satisfactoria. La observación documental no necesita responder a esa estructura para funcionar. El inconveniente está en que la película dispone de elementos suficientes para desarrollar con mayor profundidad la situación de Tila y, aun así, rara vez los articula de manera que el relato encuentre una progresión clara. Las conversaciones, las reuniones y los momentos cotidianos acumulan información sobre la comunidad, pero esa acumulación no siempre conduce hacia una comprensión más amplia del conflicto que motivó su organización.

Pienso, por ejemplo, en un documental reciente como Nuestra tierra (2025), de Lucrecia Martel. Aunque no aborda exactamente el mismo tema, también se aproxima a la importancia de una comunidad a lo largo de la historia y utiliza un crimen como detonante desde el cual reunir distintas dimensiones de esa realidad. Un lugar más grande cuenta con elementos que podrían haber permitido una construcción semejante en términos de progresión: una comunidad enfrentada a un poder que siente ajeno, amenazas externas, contradicciones internas y una organización que intenta sostenerse frente a ellas. Lamentablemente, esos componentes rara vez terminan articulándose con suficiente fuerza. El documental prefiere permanecer en un registro de situaciones mundanas que, por sí mismas, no siempre consiguen expandir aquello que ya habíamos comprendido sobre Tila.

Es esa acumulación de limitaciones la que hace que considere Un lugar más grande un documental fallido. No porque el tema carezca de importancia ni porque su aproximación observacional resulte equivocada. Al contrario, existe una base valiosa en la decisión de acompañar a los habitantes de Tila sin exotizarlos, sin imponer constantemente una interpretación externa y permitiendo que sus contradicciones aparezcan con naturalidad. El problema está en no avanzar mucho más allá de esa base. La reiteración de conversaciones y situaciones cotidianas, la ausencia casi total de una amenaza exterior que resulta fundamental para comprender el conflicto y los intentos poco desarrollados por alcanzar una dimensión poética hacen que la propuesta pierda fuerza conforme avanza.


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