Espera. Duda. Visible en las carencias económicas intensificadas tras la caída de la Unión Soviética, Cuba suele ser ejemplo del fracaso comunista. Aunque pueda objetarse el verdadero carácter del Estado (autodenominado socialista) y del propio Fidel Castro (revolucionario tachado de dictador), son los ciudadanos quienes más sufren las consecuencias de este experimento fallido.
De políticas que se han ido flexibilizando para enfrentar la crisis, la situación del país se abre a otros peligros conocidos por el capitalismo. Sistema basado en la acumulación de riqueza, nada asegura a los isleños escalar socialmente, abriendo vacantes laborales al tiempo que son los mismos poderosos (empresas privadas y ahora extranjeras/estadounidenses) quienes concentran mayores beneficios.
En esa búsqueda de oportunidades, Calle Cuba (2026) sigue a cuatro mujeres oriundas de La Habana, experiencias que se cruzan bajo la incertidumbre de habitar ese y otros espacios. Optando por un acercamiento naturalista, sin testimonios a cámara, Vanessa Batista recoge fragmentos de aquella realidad que la vio crecer, mirada horizontal sobre una patria estancada en el tiempo.

Más que enaltecer o exponer miserias, el desfavorable contexto se reconoce sin perder la esperanza, incluso, el amor por la tierra natal. En ese vaivén, la disyuntiva por migrar inunda los pensamientos de una actriz, cuyo novio se encuentra en Europa; la de una madre divorciada, cuyas amigas narran duras vivencias en Rusia. Surgen los deseos de una mujer trans, aspirante al hegemónico cuerpo hollywoodense; de una anciana, acostumbrada a esa cotidianidad, escuchando noticieros a la espera de un cambio significativo.
Figuras visuales refuerzan esa sensación de encierro, mismas rutinas y pasajes intactos con los años. Pájaros enjaulados, un perro recostado entre los viejos balaustres de un balcón, otro en medio de la pista. Lejos de ser punzante, hay consciencia sobre el estado de la isla, ese cálido letargo en ocasiones ansioso. Un plano en específico: el letrero azul que señaliza la calle Cuba, la flecha que apunta hacia los barrotes de un ventanal.
En notas más optimistas, la idea de comunidad se ilustra durante recorridos callejeros. Como si todos se conocieran, saludos y palabras de afecto son constantes entre los pobladores, vecinos que encuentran motivación en el otro. Por lo mismo, se intenta trazar un hilo entre las protagonistas, forzando interacciones lejos de la simpatía que puedan emanar.

Si bien el diálogo no parece guionizado, esa visión de “la patria pobre pero unida” peca de ingenua y sobredimensionada, instalada ya en gestos más orgánicos, conversaciones casuales con el peluquero o entre amigas. Otra tendencia artificial pero menos invasiva viene con la puesta en escena, armando postales que devienen en frías tomas de dron, en el típico montaje conclusivo que intercala planos de las protagonistas, solo que a la película le quedan 20 minutos.
Para complementar el retrato de la Cuba actual, la relación con el extranjero se personifica en la mujer trans, quien pretende modificar su cuerpo tomando de referencia a actrices y estrellas pop. Un sueño que requiere de cambios graduales, el paralelo responde a un país que va introduciendo tecnología, nuevas formas de vida, donde ancianas visten polos con el rostro de Marylin Monroe y los restaurantes preparan comida italiana. Una invasión que abre nuevos caminos, que recibe a externos mediante el turismo o la exportación, que sigue sin solucionar la problemática vigente a merced de los altos mandos.
Sostenida sobre vínculos de confianza, la familia dentro y fuera del hogar, Calle Cuba (2026) responde con honestidad al incierto futuro de su nación. Enfocada desde la experiencia femenina, da visibilidad al componente humano que sobrevive el día a día, ganando en el plano sensible antes que formal.



Deja una respuesta