30° Festival de Lima: “Camisea” (2005), hacer posible lo imposible


Nada es fácil en el Perú, y eso difícilmente puede considerarse una novedad hoy en día. Precisamente porque las cosas rara vez resultan sencillas, cuando aparecen pequeños triunfos y la unión consigue hacer posible aquello que parecía inimaginable, surge algo digno de celebrarse, incluso si el reconocimiento termina llegando mucho tiempo después. Eso no significa necesariamente alcanzar el progreso que uno quisiera para el país, pero observar en retrospectiva aquellos instantes en los que parecía que todo podía funcionar permite reconocer el enorme valor de haberlos registrado. Es dentro de esa idea donde encaja Camisea, documental del argentino Enrique Bellande que nació como un encargo para registrar la instalación del gasoducto que, partiendo desde la selva de Cusco y atravesando los Andes hasta llegar a la costa del Pacífico, llevaría gas natural hacia Lima como parte del Proyecto Camisea.

Lo que inicialmente podría haber terminado convertido en un simple video institucional dedicado a seguir ese proceso y enumerar los beneficios que traería al país acaba transformándose, en manos de Bellande, en algo bastante distinto. Al director le interesa registrar cómo aquello que parecía impensado consigue materializarse y, especialmente, quiénes son las personas que realmente lo hacen posible. En una producción convencional alrededor de una obra de semejante magnitud, probablemente el protagonismo habría recaído sobre las cabezas del proyecto, aquellas figuras que participaron en su planificación desde cargos elevados y que posteriormente podrían explicar frente a la cámara cómo consiguieron llevarla a cabo. A Bellande esos personajes le interesan poco o nada. Su mirada evita convertir el documental en una palmada en la espalda para quienes ocupaban las posiciones de mayor poder y prefiere descender hasta el terreno donde el proyecto verdaderamente está tomando forma.

Por esa razón, lo que Camisea observa es la relación entre el ser humano y una naturaleza a la que debe enfrentarse para concretar una obra de semejante escala. La pregunta deja entonces de ser únicamente quién ideó el proyecto para trasladarse hacia aquellos que tuvieron que mantener un contacto directo con el territorio para hacerlo realidad. Allí aparecen los obreros y también ingenieros de rango medio involucrados diariamente en las operaciones. Son ellos quienes deben lidiar con las dificultades concretas de atravesar un espacio complejo y quienes, al mismo tiempo, van formando una comunidad alrededor de un trabajo que los mantiene durante largos periodos alejados de aquello que conocen.

Dentro de ese grupo adquiere particular importancia la figura del ingeniero Eduardo Lema, uno de los trabajadores extranjeros que participaron en el proyecto debido a la falta de experiencia que existía en el país para realizar determinadas labores dentro de la selva. Bellande lo presenta como una persona carismática, capaz de mantener un trato horizontal con sus subordinados y de compartir con ellos un mismo deseo, que es el de terminar un proyecto que ha ocupado años de sus vidas para finalmente poder regresar a casa. Todos parecen conscientes de que, cuando aquello concluya, probablemente no serán ellos quienes reciban el agradecimiento público por una obra de tal magnitud. Es justamente allí donde el documental adquiere otra función, pues su cámara termina ofreciéndoles un reconocimiento que normalmente les resultaría esquivo.

El filme también presta atención a la manera en que estas personas desarrollan sus propias dinámicas durante su permanencia en el lugar. El aislamiento prolongado genera horarios, rutinas y formas particulares de divertirse, además de una convivencia determinada por el objetivo común que los mantiene allí. Bellande entiende que la construcción del gasoducto no consiste únicamente en observar una enorme infraestructura avanzando a través del territorio, sino también en registrar a quienes deben organizar sus vidas alrededor de ella. De ese modo, el proyecto adquiere una dimensión humana que impide reducirlo exclusivamente a una proeza de ingeniería. Su verdadero tamaño comienza a percibirse cuando entendemos cuánto de la vida de quienes participaron tuvo que acomodarse alrededor de la posibilidad de concretarlo.

Esa combinación de escalas constituye uno de los aspectos más atractivos de Camisea. Desde imponentes tomas realizadas desde helicópteros podemos observar cómo aquel recorrido de aproximadamente 750 kilómetros empieza progresivamente a tomar forma. La amplitud del territorio queda expuesta desde las alturas, permitiéndonos comprender el tamaño de la empresa a la que estos trabajadores se enfrentan. Bellande nunca abandona por completo la dimensión terrenal del proceso. Después de contemplar el paisaje desde lejos, regresa hacia quienes se encuentran dentro de él, trabajando, conviviendo y buscando la manera de superar cada nuevo obstáculo. La enormidad de la obra y la cotidianeidad de quienes la construyen terminan coexistiendo así dentro de una misma mirada.

Las interacciones con las comunidades nativas forman parte de esa aproximación, así como los acuerdos que se establecen con ellas para impedir que el proyecto se detenga sin que quienes habitan esos lugares terminen perjudicados. Es también en este punto donde aparece una de las principales limitaciones de Camisea. No se trata únicamente de que el cineasta podría haber profundizado mucho más en ese contacto, sino de que varias otras dimensiones del proceso reciben un tratamiento igualmente breve. La película encuentra una aproximación valiosa para observar la construcción desde quienes participan directamente en ella, aunque no siempre dispone del tiempo necesario para extender esa misma curiosidad hacia todas las etapas y dificultades involucradas.

En ese sentido, su breve duración (68 min.) le termina jugando parcialmente en su contra. La cinta avanza con bastante rapidez hacia la culminación del proyecto y deja la sensación de que numerosos aspectos podrían haberse desarrollado siguiendo el mismo método con el que el director observa a los trabajadores, sus rutinas, la convivencia y su relación directa con el territorio. No necesariamente hacía falta cambiar el enfoque, sino disponer de mayor espacio para aplicarlo a otras partes del proceso que terminan quedando apenas insinuadas. Esa limitación impide que el documental alcance una visión todavía más amplia de aquello que registra, sin desplazar por ello una de sus principales virtudes: capturar la fuerza que puede surgir cuando distintas personas comparten la ambición de concretar algo que parecía imposible.

Es en esa ambición donde pueden encontrarse ecos de películas como Fitzcarraldo (1982), de Werner Herzog. Si allí un hombre pretendía hacer que un barco atravesara una montaña en medio de la Amazonía para concretar su sueño de construir una ópera, en Camisea asistimos a otra empresa que, observada desde cierta distancia, también podría parecer desmesurada: extender un gasoducto a través de territorios tan diferentes hasta conseguir que aquello que parecía imposible finalmente exista. La comparación no surge únicamente de la magnitud física de ambas empresas, sino de esa voluntad de enfrentarse a un territorio gigantesco para conseguir que una idea termine materializándose. No deja de resultar significativo que Camisea fuera rodada, además, en territorios donde Herzog había filmado Fitzcarraldo poco más de veinte años antes.

Por eso resulta revelador el modo en que el director registra las celebraciones oficiales una vez concluido el proyecto. Después de haber acompañado durante buena parte del documental a quienes trabajaron directamente sobre el terreno, las ceremonias y discursos de las autoridades aparecen reducidos a una sucesión de palabras y felicitaciones cuya importancia resulta considerablemente menor. Bellande los muestra mediante planos cerrados y pasa rápidamente por ellos, como si ese pomposo espectáculo institucional apenas mereciera ocupar espacio dentro de la película. La decisión reafirma dónde se encuentra realmente su interés y evita que el desenlace desplace hacia los altos cargos el protagonismo que hasta entonces había pertenecido a los trabajadores.

Ese enfoque es, para mí, donde Camisea encuentra su valor más particular. Bellande registra una obra gigantesca sin permitir que su escala borre a las personas involucradas directamente en su construcción. Incluso cuando la duración le impide profundizar en numerosas dimensiones del proceso con la misma atención, permanece intacta la decisión de observar a quienes normalmente quedarían relegados dentro del relato oficial. El documental funciona entonces como un registro de personas cuyo trabajo podría perderse detrás del resultado final, pero cuya presencia queda preservada gracias a una cámara que decidió detenerse en ellas.

Ese valor se refuerza teniendo en cuenta que la película permaneció fuera de circulación durante aproximadamente dos décadas y que ahora, en 2026, puede volver a ser vista gracias a una restauración digital realizada a partir de sus negativos originales de 16 mm y Super 16. Recuperarla implica enfrentarse a un registro de un momento particular del país desde la distancia que proporciona el tiempo. En una época en la que rara vez parece sencillo pensar en las cosas buenas que suceden en el Perú, con la película recordándonos que hubo instantes en los que un conjunto de personas consiguió llevar adelante algo extraordinariamente complejo. No significa que todas las dificultades desaparecieran ni que aquel logro represente por sí solo el progreso que el país necesita. Su existencia, no obstante, permite recordar que esos triunfos también ocurrieron.

Tal vez, si el enfoque vuelve a colocarse sobre la gente correcta, todavía puedan suceder. Quizá no con demasiada frecuencia porque, como señalaba al comienzo, nada es fácil acá. De vez en cuando aparece uno de esos pequeños milagros capaces de demostrar lo que puede conseguirse cuando muchas personas persiguen un mismo objetivo. Camisea destaca por haber estado allí para observar uno de ellos y, sobre todo, por comprender que el verdadero valor del acontecimiento no estaba únicamente en contemplar el resultado terminado, sino en mirar a quienes tuvieron que enfrentarse al territorio, al aislamiento y a las dificultades cotidianas para conseguirlo.


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