Colin Firth

Kingsman es un homenaje, parodia y subversión de las convenciones y clichés de las películas de espías de los años 60, e incluso, por partes, de los filmes de James Bond.

Dirigida por Matthew Vaughn, mantiene un tono parecido al de producciones previas como Layer Cake (protagonizada por Daniel Craig antes de convertirse en Bond) o “Kick-Ass”. Es muy violenta, muy chistosa y, antes de un tercer acto caótico y un final decepcionante, es ocasionalmente brillante.

Magia a la Luz de la Luna es uno de los esfuerzos más regularones de Allen. No es particularmente mala; visualmente es esplendorosa, la historia es suficientemente interesante, y la mayoría de actuaciones son correctas, pero a la vez contiene pasajes bastante flojos, un comienzo que demoró en atraparme, y escenas en donde el diálogo no funciona.
En pocas palabras, y a pesar de su título, no siento que la película tuviese suficiente “magia”.

El discurso del rey, tercer largo de Tom Hooper, dispone de un asunto histórico que, a setenta años de distancia, es poco recordado y funciona como premisa desde el inicio, cuando George, aún como duque de York, se traba frente al micrófono en un acto público en Wembley.

La impotencia sentida, el combate físico que emprende con su discapacidad, el timing que transcurre entre su tirante primer plano y el relincho del caballo que se filtra en el murmullo contraído de los presentes, define el tono y la mirada de la cinta.

Vincula el trastorno físico y psicológico de un personaje llamado a ser líder, con el destino de una colectividad que, dentro de sus predios nacionales, depende en buena parte de él, pero que en realidad no conoce límites, porque precisamente la coyuntura es el riesgo de que las fronteras se borronearan y volvieran a dibujarse en un mapa dominado por la esvástica.

The King's Speech

Buena parte del éxito de esta cinta descansa en el trabajo de Colin Firth (como el rey Jorge VI) y de Geoffrey Rush (como Logue), acompañados por otros distinguidos colegas que se lucen en papeles secundarios como Helena Bonham Carter (como la reina Isabel), Michael Gambon (como el rey Jorge V), Guy Pearce (como su hijo y renunciante al trono Eduardo VIII), entre otros.

Es un verdadero disfrute ver el trabajo de los dos protagonistas principales, quienes sin embargo no enfrentan papeles muy exigentes, lo que les permite aplicar sus talentos para dar la caracterización justa de ambos personajes durante el inteligente desarrollo de la trama. Ambos roles relativamente sencillos para dos monstruos de la actuación como Firth y Rush; secundados por una encantadora Bonham-Carter.

El discurso del rey

En los primeros minutos se nos presenta el problema del entonces Príncipe Bertie (Colin Firth), quien tiene una tartamudez que le impide dar discursos, y unos médicos que no hacen mucho por corregirlo. Pareciera que no vamos a ver nada nuevo, que estamos ante otra película más de superación.

Entonces empiezan las sorpresas, aparece en escena el personaje de Lionel Logue (Geoffrey Rush), un terapista del lenguaje de “métodos poco ortodoxos”, que dialoga inicialmente con Elizabeth, la esposa del príncipe, para ver si puede tratar a su marido.

Tras un encuentro infructuoso, el príncipe se convence que tal vez el tal Logue puede servirle de ayuda e inicia toda una serie de terapias físicas, algunas bastante complicadas, pero ya el terapista le ha dicho al noble, que el problema es más mental que físico, aunque éste se resista a aceptarlo.

El realizador británico Tom Hooper, que proviene de la TV, ha conseguido entrar directamente en las preferencias de los Globos de Oro, con una película brillante, El discurso del rey, tratando un tema, la monarquía, que siempre resulta rentable de cara a premios y prestigios.

Aclaremos que la cinta es, antes que una postal sobre la monarquía británica y sus dislates, una pequeña historia sobre la importancia y al mismo tiempo la tortura de hablar en público, un tratado sobre la voz, su modulación y lo que provoca en los demás, una oda a la amistad y a la igualdad.

Con ciertos toques irónicos, muy sutilmente distribuidos dentro de unos diálogos y unas ductilidades actorales exquisitas, el guionista David Deidler y Hooper hablan de la autoestima y la falta de cariño, y como éste afecta a la personalidad, y para ello no falta el efectismo visual, a base de movimientos de cámara o el uso del color.

Un hombre solo es la notable opera prima del diseñador norteamericano Tom Ford, un autor que ama la composición de cada escena. Saborea los cuerpos de los personajes, preferentemente masculinos. Se centra en ojos, labios, dientes, perfiles, torsos, la cabellera, el rímel, la sangre, el carmín, la ondulante bocanada de humo, la desnudez entera submarina, playera, o de alcoba. Ralentiza, casi congela, divide la acción, la interrumpe y retoma, abre el encuadre y lo achica, usa la grúa y el dolly, filma el pesar, la imaginación, el recuerdo doloroso, la alegoría onírica.

La cinta es un trayecto de despedida y abandono, renuncia al futuro, autopsia del presente, apego al pasado en que el protagonista se ensimisma y concentra su memoria. En una de las primeras escenas, que parece la antesala de un velorio, oímos los sonidos precisos de sus cajones, prendas, zapatos, frascos, mientras confiesa al espectador su hartazgo por tener que convertirse todos los días en George Falconer.

Un hombre soltero

Tom Ford es todo un fenómeno. Un norteamericano que lleva grabado en la frente, como hacen con el buen ganado en su tierra natal, Texas, la marca de triunfador, especialidad marketing, diseño y la moda de alta costura. Todo lo que toca lo convierte en beneficios. Salvador, en la década de los noventa, de la famosa casa Gucci, salió de ella hace cinco años llevándose a su mejor baza, el presidente y jefe ejecutivo de la empresa. Creó su propia marca de moda y complementos, además de moverse en mil y una aventuras empresariales.

Ahora aterriza en el mundo del cine, sin alejarse del esteticismo del mundo del arte, que no parece resistírsele a este gay sin dudas, complejos, ni medias tintas. Ganador del premio Queer Lion 2009 (películas de cultura y temática homosexuales) concedido en el Festival de cine de Venecia por su película Un hombre soltero (A single man), Ford puede estar satisfecho de la acogida, de crítica y público, que su opera prima ha tenido, obteniendo también la Copa Volpi al Mejor actor para su protagonista Colin Firth.

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