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Paddington

Paddington es una película bien a la antigua, inocente pero no demasiado infantil, divertida y ligera pero con algo de contenido serio.
De hecho, me hizo recordar bastante a las caricaturas que veía de niño, cartoons de los años 50 y 60 que eran muy divertidos, pero a la vez no tenían miedo de presentarle a los niños algunas escenas serias o tensas.

El discurso del rey, tercer largo de Tom Hooper, dispone de un asunto histórico que, a setenta años de distancia, es poco recordado y funciona como premisa desde el inicio, cuando George, aún como duque de York, se traba frente al micrófono en un acto público en Wembley.

La impotencia sentida, el combate físico que emprende con su discapacidad, el timing que transcurre entre su tirante primer plano y el relincho del caballo que se filtra en el murmullo contraído de los presentes, define el tono y la mirada de la cinta.

Vincula el trastorno físico y psicológico de un personaje llamado a ser líder, con el destino de una colectividad que, dentro de sus predios nacionales, depende en buena parte de él, pero que en realidad no conoce límites, porque precisamente la coyuntura es el riesgo de que las fronteras se borronearan y volvieran a dibujarse en un mapa dominado por la esvástica.

En El escritor oculto (The Ghost Writer), el largometraje número dieciocho de Roman Polanski, el anónimo redactor que interpreta Ewan McGregor es el individuo que ingresa con relativa inocencia –después de todo, cobra 250 mil dólares– a un universo complejo, lleno de meandros y antifaces, que lo va jaloneando y absorbiendo desde múltiples intereses que se superponen permanentemente.

Es el hombre común que se convierte en pieza utilitaria de un sistema turbio que no entiende del todo, y ante el cual pretende cierto grado de autonomía por instinto periodístico –que al inicio desdeña pues asume que su labor no es investigar sino sólo pulir el relato del cliente– y de sobrevivencia.

El conflicto es, entonces, si logra desentrañar el trasfondo oscuro que esconden las memorias de un ex primer ministro británico, envueltas en relaciones con agentes de la CIA y antecedentes borrosos, y vivir para contarlo.

De vuelta a la vida (The Boys Are Back) es un largometraje del australiano Scott Hicks, director del recordado biopic Shine.

Es un drama doliente, lineal, sobrio, que se centra en la viudez y paternidad caótica de Joe Warr (correcto Clive Owen), un cuarentón que, de pronto, debe re–aprender a relacionarse con sus hijos, no sólo el pequeño huérfano Artie, sino también Harry, el adolescente que creció lejos de sus atenciones y bajo la contrapuesta visión materna; y con las mujeres, la suegra Barbara, la ex esposa Flick y Laura, la joven madre soltera que recién conoce.

El relato desenvuelve una serie de capas sucesivas de vicisitudes –arrebatos de Artie, ensimismamiento de Harry, reproches de Barbara y Flick, cercanía insinuante de Laura, exigencias laborales del periodismo deportivo– que juegan con la posibilidad del colapso o el aplomo para afrontarlas.

El realizador británico Tom Hooper, que proviene de la TV, ha conseguido entrar directamente en las preferencias de los Globos de Oro, con una película brillante, El discurso del rey, tratando un tema, la monarquía, que siempre resulta rentable de cara a premios y prestigios.

Aclaremos que la cinta es, antes que una postal sobre la monarquía británica y sus dislates, una pequeña historia sobre la importancia y al mismo tiempo la tortura de hablar en público, un tratado sobre la voz, su modulación y lo que provoca en los demás, una oda a la amistad y a la igualdad.

Con ciertos toques irónicos, muy sutilmente distribuidos dentro de unos diálogos y unas ductilidades actorales exquisitas, el guionista David Deidler y Hooper hablan de la autoestima y la falta de cariño, y como éste afecta a la personalidad, y para ello no falta el efectismo visual, a base de movimientos de cámara o el uso del color.

La joven Victoria, protagonizada por Emily Blunt y Rupert Friend, y coproducida por Martin Scorsese, es una reconstrucción de época del director francés Jean–Marc Vallée, dedicada a los primeros años del trascendental periodo de la Reina Victoria.

Es una visión académica, aplicada y ciertamente naif de la Historia, en la que el guión de Julian Fellowes desarrolla de manera lineal las predecibles intrigas palaciegas y políticas que van forjando el carácter de la soberana. Sin embargo, pese a narrar desde su punto de vista mayoritariamente, no trasciende su dimensión doméstica y sentimental y queda lejos de representar su relevancia política.

Los hombres que miraban las cabras, de Grant Heslov, es una representación socarrona del estudio de campo del periodista Bob Wilton (Ewan McGregor quien interpretaría a Ronson) acerca del escuadrón Jedi –sí, como el de Star Wars– que tiene el poder de matar animales con sólo mirarlos fijamente.

La conducta de los personajes salta abruptamente de la insania sobria de la primera a la caricatura ridícula de la segunda. En muchos pasajes, se exagera la deformación psicológica de éstos de por sí zoquetes, no significando eso más hilaridad en la crítica, más bien la decanta hacia la frivolidad.

Se cree a esta cinta como extensión de la obra cómica de los Coen, principalmente por referirse irónicamente al descalabro de la sociedad norteamericana y sus instituciones, aunque también por contar con George Clooney y Jeff Bridges como comediantes. Son semejanzas de apariencia pero no de carácter.

Cinco años han transcurrido desde el atentado múltiple de julio en Londres. Viene a estrenarse en los cines una mirada a ese dolor, que a los españoles nos recuerda otro, el del 11 de marzo de 2004, con énfasis en la idea de que el dolor no distingue razas ni credos. London River es una conmovedora película del realizador francés de origen argelino Rachid Bouchareb.

Destacada en la Berlinale de 2009 (Premio al mejor actor para el extraordinario Sotigui Kouyaté, fallecido el pasado mes de abril; Especial mención del Jurado para su director; y nominación del filme para el Oso de Oro), la cinta de producción británica, francesa y argelina habla del drama de la pérdida del ser querido en un atentado terrorista.

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