Asi se hizo “Hijas de Belén” de Javier Corcuera (I)

Todo esto empezó en un viaje de vacaciones, una mañana de relajo que paradójicamente transformó las vidas de sus protagonistas. De un momento, todo dio vueltas en la ciudad y en la mente y los corazones de tres generaciones de mujeres loretanas (y los que tuvieron la suerte de conocerlas más de cerca para esta historia).

Marzo del 2004. Siete de la mañana. Nancy Hualinga camina despreocupada por las calles de su barrio natal. Su madre, también Nancy, le ha dejado lista desde las 3:00 a.m. la bandeja de masato, los cubos de hielo, la esencia de vainilla y el pijuayo listos, para ser ofertados con rica yapa. Petronila del Pilar Gonzales selecciona los mejores gajos de plátano en su bandeja. Nargis Napuchi estrena nuevo puestito para vender sus huevazos regionalazos a cuatro por un sol. La abuela Eusebia, despierta ya a la luz del sol, revisa las tinajitas de barro que ha dejado a secar al cielo limpio y estrellado la noche anterior.

Nancy tiene 10 años y, como el resto de las niñas, trabaja desde mucho en el barrio de Belén. Es conocida como la popular “yapa yapa” entre todos los cargadores y comerciantes de la zona baja, pues su riquísimo ponche y su más delicioso masato de yuca heladito de cincuenta centavos de sol le han generado la simpatía y el favor del variado público que va y viene en esta caótica reunión de seres variados y dispersos. Nancy, como su madre, no ha pisado, aún, colegio en su vida. “Yapa yapa” no sabe leer ni escribir.

Javier Corcuera y su novia Ana de Prada pasean en un deslizador por el Amazonas. El motorista les indica que el Amazonas está crecido, pero que si quieren, puede darse un paseo por la famosa zona de Belén. La pareja piensa un momento. El tiempo apremia y parece que no hay espacio para un salto adicional. Pero el espíritu de Corcuera le indica que debe generarse una oportunidad, quizás allí haya material suficiente para su inspiración. La decisión generaría una profunda grieta entre sus planes hasta ese momento sólidamente establecidos.

Corcuera conocía Iquitos, aún cuando no del modo que iba a descubrir en esta oportunidad. Cineasta educado en España, la herencia intelectual de su famoso padre, el poeta Arturo Corcuera, lo había llevado a cuestionarlo todo. Su primera película, La espalda del mundo, de corte documental, fue un alegato enérgico y decidido contra los supuestos “olvidados” de la globalización y el progreso neoliberal. Una de las tres historias del filme ocurría en la barriada limeña de Carabayllo y tenía como protagonista a un niño que trabaja como picapedrero para ayudar a su familia. La reacción favorable del público y la crítica documental fue unánime: entre sus diferentes logros, ganó el premio al mejor documental en el prestigioso festival de San Sebastián.

Pero la situación allí abajo, en el desconcertante Belén, no es de las mejores y no es un problema reciente. Es el fruto de años y años de paciente espera, de febril explotación disfrazada de muchas inquietudes y muchos parches. Aunque el cineasta estaba decidido a hacer una película sobre niños en el Perú, originalmente había planificado rodarla en Cajamarca. Pero al ver que la rueda daba vueltas incesantes y sentir en todo su peso la tradición del barrio más famoso y miserable de la ciudad loretana, no había dudas que debía quedarse con la historia y rodarla entre olor de pescado y frutas frescas, entre el aroma de tallarín rojo y arroz chaufa, entre gallinazos, niños que gatean sobre restos de hediondez, entre gallinazos ladrones de bofes que se confunden con los habitantes de ese gran corazón popular llamado Villa Belén.

Supuestamente, en Belén abundan condiciones que predisponen el desarrollo de fenómenos como la prostitución, la delincuencia, el pandillaje, la drogadicción. Supuestamente. El esfuerzo educativo se ahoga entre la indiferencia y las condiciones inherentes al entorno familiar y amical. Los niños crecen observando a su alrededor los focos de destrucción. Muchos de ellos lo reproducen. Las autoridades no entran acá salvo a pedir votos, a aplicar clientelismo o a comprar un aguardiente barato y altamente tóxico llamado “chuchurrín”, con el cual soliviantan a matones en ciertas manifestaciones. Supuestamente. Un medio para salvarlos de esa situación es la escuela, pero no todos tiene acceso a ella, sea por la negativa de los padres, la miseria extrema, la falta de voluntad social simple y pura negligencia de los encargados de elaborar las políticas respectivas. Supuestamente.

Pero ello bien lo saben educadoras de calle como Luz Elena Da Silva y Sara Vásquez, quienes tienen ya mucho tiempo incrustadas dentro del foco mismo del problema y pueden contar historias tan fuertes que resulta difícil no sentir cierto rubor vergonzoso ante sus cuadros de vida y ante el coraje con los cuales el “supuestamente” se trastoca y emerge de él un rotundo, “sí, hagámoslo”, entregándose de lleno a su trabajo y por ello arriesgan o sacrifican muchas cosas que pocos de nosotros estaríamos dispuestos a sacrificar.

Una emergencia médica de la madre de uno de sus alumnos, un lustrabotas de siete años que al llegar a su casa la encontró desangrándose debido a una profusa hemorragia interna, le costó a Sara la separación de su pareja, quien sintiéndose ofendido de que saliese de una boda a las tres de la mañana para ir hacia la casa del niño, no pudo asumir con madurez el trabajo absorbente de su mujer. El caso de Luz Elena es más fuerte. Ella lleva mucho tiempo compartiendo literalmente todo su tiempo libre entre Belén y el taller de recuperación jóvenes en situación de riesgo loretano “La Restinga”. Invierte casi todo su modesto sueldo del magisterio y algunos cachuelitos en estos niños, que han podido captar todo su conocimiento y dedicación. Luz Elena es madre de un muy buen amigo de infancia y en el pasado, ha enseñado a mis hermanos y a este escriba. Ahora la encuentro, más de diez años después en el mismo afán y no dejo de sentir perplejidad y, cómo no, admiración por su nobleza y sentido de solidaridad.

La historia estaba ahí, en un afán por reducirla, modificarla, crearla, transformarla y, obviamente, hacerla perdurar. La mirada de Corcuera estaba afinada. Había seleccionado ya a su grupo principal de trabajo, estaba dispuesto a rodar en Belén, a pesar de los apremios de producción, a pesar de los ocho días estrictos de rodaje, a pesar de todos los puntos en contra. Había que ubicar a los protagonistas y las locaciones. Había que introducir una cámara de 35 mm y darle un sentido. Se sentía la efervescencia de la compañía. Nancy, Petronila y Nargis, en tanto, soñaban con un helado. La abuela Eusebia visitaba a la hermana Rosita, la curiosa del barrio. Un nuevo día amanecía una vez más bajos los acordes del himno nacional propalado a través de los parlantes de Radio Belén. Había que seguir viviendo. Había que seguir soñando.

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6 comentarios

  1. Cristian Matias Rodriguez
    19 de Abril de 2007 at 18:15 — Responder

    HOLA… LA VERDAD QUE ME COMENTARON SOBRE EL CORTOMETRAJE Y NECESITO QUE ME DIJERAN DE QUE MANERA LO PUDIERA CONSEGUIR AVERIGUE POR CULTURA DE LA NACION DE ACA DE ARGENTINA PERO NO LO CONOCEN SI ME PUDIERAN DECIR LA FORMA DE CONSEGUIRLO SE LOS AGRADECERE DESDE YA MUCHAS GRACIAS

  2. 20 de Abril de 2007 at 10:39 — Responder

    Bueno, comercialmente hablando, pueden ubicar el corto de Arturo Corcuera dentro de las cinco historias del filme “En el Mundo, a cada rato”, editado en España en el 2,005. para ubicar un poco de él, puede visitar las dependencias de UNICEF, o de modo más rápido, en la página española de DVDGo, que envian material por correspondencia. Aquí está la página referida a este trabajo:

    http://www.dvdgo.com/product~catgid~7662~list~17063~prodid~112345~typeproduct~2~dvd~En+el+Mundo+a+Cada+Rato.htm

  3. carmen
    15 de Noviembre de 2008 at 8:29 — Responder

    ola..bueno qeo vr el video e hijas de belen..porfavor esque no lo encuentro el video esque es paa un traajo..porfavor es unrgente…vle.bye

  4. 14 de Noviembre de 2011 at 0:44 — Responder

    […] si seguimos en el popular barrio iquiteño, hay que mencionar los cortos Hijas de Belén (2007) de Javier Corcuera; y “Belén” de Pedro Morote […]

  5. […] primera nota en Cinencuentro salió publicada el 1 de marzo de 2007. Era un refrito. Bueno, en verdad era una nota que había levantado en mi blog personal sobre la […]

  6. […] la esencia rural, la esencia citadina, la esencia iquiteña, que son Radio Belén de Annichini e Hijas de Belén de Corcuera, son dos cortometrajes que me gustan […]

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