Dos miradas a “La teta asustada”

En noviembre de 2006 publicamos el primer post sobre La teta asustada y desde entonces harta agua ha corrido bajo el puente, la película recibió todo tipo de opiniones: desde patadas a la canilla (¡habla Peruanista!), hasta elogios desmedidos. Lo cierto es que la segunda obra de Claudia Llosa ya es parte de ese espacio difuso y ampliamente discutido llamado “cine peruano” (con la venia del epidemiólogo Beteta).

Toda la intro para decir que La teta asustada será el tema de nuestra segunda mesa de cine en el Británico y por ello caen bien dos textos adicionales que llegan de distintas fuentes. Por un lado está la critica de Cahiers du cinéma España, firmada por Carlos Reviriego, que sostiene que la película lleva como lastre su excesiva alegoría, el personaje inverosímil de Fausta y en suma un carácter “exótico y literario”, pese a ello Reviriego si reconoce la sensibilidad de Llosa al retratar el entorno social donde se mueve Fausta.

Por otro lado tenemos un artículo publicado en el número once de Strategia, la revista de Centrum de la PUCP (también disponible en Punto Edu), donde José Antonio Espinoza se ocupa de un tema apenas tratado hasta ahora: las bases científicas y fisiológicas del fenómeno de transmisión de los traumas de madre a hijo, que es la premisa misma de La teta asustada, según Espinoza todo tiene que ver con “las moléculas de la emoción“. Es un texto más que interesante y recomendable.


Fracturas de la memoria
Carlos Reviriego – Cahiers du cinéma España #21

La teta asustada por Cahiers du CinemaLa premisa de La teta asustada es tan literaria como increíble: antes de nacer, Fausta vio desde dentro del vientre cómo unos terroristas mataban a su padre y luego violaban a su madre. Por eso ha crecido con el miedo en el cuerpo y lleva un tubérculo en la vagina a modo de tapón para que nadie entre en ella [sic]. En los primeros instantes del film, antes de morir súbitamente, la madre de Fausta le canta su terrible historia a su hija. Escuchamos la canción sobre negro antes de que aparezcan los rostros. Es un arranque eficaz. Es todo lo que necesitamos saber, pues a partir de entonces la única motivación de la joven y temerosa Fausta (Magaly Solier, en un registro opuesto al de Madeinusa, primer y estimable film de Claudia Llosa) será conseguir dinero para darle digna sepultura a su madre, a quien esconde amortajada debajo de la cama. Fausta encuentra trabajo como sirvienta en casa de una adinerada, huraña y solitaria compositora que también vive instalada en el pasado ajeno, momificado en los objetos, fotos y muebles que decoran la mansión familiar. Para que la memoria de su madre no se seque, Fausta seguirá cantando el relato de sus traumas. La metáfora más interesante de este film altamente alegórico (he ahí su lastre), es que la canción de Fausta será el dispositivo que sustraiga a la pianista de su bloqueo creativo, si bien esta línea narrativa no es más que un comentario a pie de película sobre las conductas clasistas.

Catarsis y alegorías
No se nos escapa que esta historia es bien exótica y literaria, y de ahí la dificultad de trasladarla a una pantalla sin que el film resulte exótico y literario. La directora Claudia Llosa, que con esta segunda película ha sido la vencedora absoluta del Festival de Berlín, no logra del todo sortear estos riesgos, lo que no impide que La teta asustada guarde en sus imágenes una sensibilidad porosa a los traumas colectivos de Perú y ofrezca una mirada singular (entre lo tierno y lo burlesco) a su población lumpen, descifrando el estado de catatonía en el que viven atrapadas las víctimas indirectas de Sendero Luminoso.

Si en el film-terapia Vals con Bashir, el director israelí Ari Folman filma una película para recuperar su memoria devastada a través de un ejercicio de regresión que pondrá de manifiesto un trauma generacional, en La teta asustada Claudia Llosa quiere, por un lado, documentar los estragos de una memoria colectiva traumatizada, pero también la parálisis que ésta ejerce sobre las clases más ignorantes y desfavorecidas del país, las que arrastran con sus existencias el oscurantismo y el miedo inducido. La catarsis de la película, por lo tanto, al contrario que en Vals con Bashir, se producirá cuando su protagonista pueda desprenderse de una memoria que no es la suya.

El principal reproche que se le puede hacer a La teta asustada es el mecanismo alegórico resultante de un guión demasiado dispuesto a dar respuesta a todas las preguntas que plantea. La libertad que respira el film en algunos instantes queda constreñida en el retrato de Fausta, un personaje de comportamiento tan apocado y extravagante (y en ocasiones inverosímil) que su tragedia no logra hacernos cruzar de la perplejidad a la comprensión. Los registros más inmediatos, no contagiados por el filtro literario, son aquellos que muestran los entornos más castigados de la sociedad, y que a pesar de estar rodados con cierta mirada compasiva, proporcionan sin duda los momentos más gratificantes de La teta asustada.

La Teta Asustada y su relación con las moléculas de la emoción
José Antonio Espinoza – Profesor CENTRUM Católica

La teta asustada por CentrumLa Teta Asustada se basa sobre una creencia de las tierras ayacuchanas que asevera que los traumas de la madre se transmiten al bebe por la leche materna. Esta muestra de sabiduría popular, similar a una que escuché en las alturas de Cajamarca, podría estar refrendada una vez mas por la ciencia, en este caso, a través de lo que se ha dado en llamar “las moléculas de la emoción”.

La Dra. Candace Pert llama “moléculas de las emoción” a ciertos tipos de moléculas que circulan por nuestro organismo transmitiendo información sobre nuestras emociones y sentimientos. La hipótesis sería entonces que las mujeres que han sido violentadas generan esas moléculas que contienen emociones de pánico y sufrimiento, las transmiten posteriormente por el torrente sanguíneo a sus glándulas mamarias, a través de la leche, a sus bebés.

Estas moléculas de la emoción, que pertenecen a unas cadenas de aminoácidos llamados neuropeptides, fueron descubiertas cuando se realizaban estudios para saber cómo actuaba el opio en nuestro cerebro. Se encontró que las moléculas de opio, o de otras sustancias semejantes como la codeína y la morfina, buscaban adherirse a ciertos receptores en el cerebro y encajaban perfectamente en algunos de ellos (así como cuando una llave encuentra la cerradura correcta). Como consecuencia de esta unión de moléculas, se producía luego cambios notables en las células receptoras.

Este hallazgo generó una nueva pregunta, más relevante aún: ¿Por qué existían en nuestro organismo moléculas receptoras esperando que lleguen moléculas de opiáceos del exterior? La respuesta llegó con el descubrimiento de que nuestras propias neuronas generan moléculas que tienen un efecto semejante al del opio. Esto es, generamos nuestros propios opiáceos, nuestras propias drogas. Por esa razón, existen moléculas receptoras esperando por ellas. Una de las primeras neuropeptides en ser descubiertas fueron las beta-endorfinas. Éstas se unen a sus respectivas células receptoras y modulan la percepción del dolor, influyen en la sensación de hambre, de irritabilidad, memoria, etc.

Las consecuencias de estas investigaciones todavía están por develarse, pero lo que confirman es el impacto de nuestras emociones en nuestro cuerpo y en nuestra salud. Las emociones se constituyen en un vínculo entre la mente y el cuerpo, por lo que no podemos seguir tratándolas como sistema separados.

Selma Fraibierg (psicoanalista) señaló que: “en toda crianza de niño existen fantasmas, visitadores del pasado no recordado de los padres, huéspedes no invitados…. en donde padres e hijos se encuentran así mismos reeditando papeles de obras de tiempos pasados. El infante, dicen algunos psicoanalistas, actúa como portador de un mensaje reproduciendo la manera de ser de los padres”.

¿Estas afirmaciones psicológicas no estarían confirmando el rol de los neuropeptides, de las moléculas de la emoción, como mensajeros del pasado?

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