Dir. Francisco Lombardi | 128 min. | Perú – España

Guión: Augusto Cabada, Gerardo Herrero, Giovanna Polarollo

Intérpretes:
Gustavo Bueno (Teniente Roca), Toño Vega (Vitin Luna), José Tejada (Gallardo), Gilberto Torres (Sargento Moncada) Bertha Pagaza (Julia), Antero Sanchez (Teniente Basulto), Aristóteles Picho (Chino), Fernando Vásquez (Bacigalupo)

El cine peruano dedicó algunos de sus pocos títulos de los últimos años a retratar el mayor trauma socio político suscitado en esta última era republicana el cual fue sin duda el levantamiento armado y el terrorismo, suscitado principalmente por Sendero Luminoso durante los difíciles años ochentas y un poco más. Expresión misma de las asimetrías sociales y los resentimientos que son base de toda revolución sea donde sea. La boca del lobo es la más lograda incursión al respecto y uno de los mejores títulos de nuestra cinematografía aún escasa pero que revela interés gracias hasta ahora mayormente a Francisco Lombardi.

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Tratándose de la carrera accidentada del cine peruano y considerándose los logros casi siempre aislados de algún realizador como Armando Robles Godoy por ejemplo. Ha sido Francisco Lombardi (Tacna, 1947) el realizador más notorio y completo del país. Su cine revela antes que nada una preocupación por la claridad narrativa a la cual los mecanismos del cine de género le resultan el mejor camino a seguir. Es un realizador interesado por el retrato de su sociedad a través de una ficción ordenada como los términos clásicos lo piden. Es a él que se deben los primeros logros de actuación cinematográfica o de orden técnico en el Perú. Desde sus primeras películas ya se observa esa preocupación que finalmente desembocará en películas como La ciudad y los perros o este retrato más personal que denunciativo sobre la gran crisis social y la violencia que llegó a su corolario con la irrupción de los más feroces grupos armados.

La película nos presenta el recorrido evocativo y personal de Vitín (Toño Vega), un entusiasta joven dispuesto a ser alguien dentro de la carrera militar. Ilusiones como la de cualquier muchacho de nuestros países que chocarán ante la situación en la que se involucrará como partícipe y espectador a la vez. Tiempos los que le han tocado lo llevan a servir en el momento más fuerte de la expansión terrorista, rumbo a Ayacucho una de las zonas más castigadas por la ola destructiva. Lombardi desde el saque nos presenta su ficción planificada con criterio y lista a hacer surgir la tensión a partir de sus personajes más que de cualquier parafernalia bélica de otros, tal vez con mayores recursos. Estamos ante un buen exponente del drama antes que del cine bélico en sí. La cinta nos tiene, a partir de la mirada de Vitín, atentos a la espera de la irrupción violenta. La tensa calma domina la película casi todo el tiempo. Y la incertumbre y temor de los soldados es nuestra única guía.

Cierto que la película debe mucho a las cintas de guerra (Platoon es el referente mas cercano y visible a su vez como requisitoria de los inevitables excesos en tierra de nadie), pero de aquellas que muestran la labor de los soldados como actos tan cercanos a los de los proscritos que combaten (o creen combatir). Por ello la exposición es ejemplar alrededor de Vitín confiado en el sistema que defiende y obedece (como el soldado Taylor del film de Stone), lejos del oropel y las academias y sus rituales apenas continuados en las alturas. Hasta allí le caerá del cielo un padre, un guía último, recurso bajo el cual intentará mantener sus esperanzas. El teniente Roca (Gustavo Bueno) como tan claramente lo expone su nombre será la mano firme para quien las medias tintas no existen, solo la consigna de acabar con la subversión por sobre todas las cosas. Es acá donde se establece el plot esencial de la cinta y el sentido más fuerte e inquietante. La necesidad que nos imponemos nosotros mismos de tener líderes fuertes en cuyas manos encomendamos mas que espíritus. Rápidamente el ingenuo protagonista será víctima del sentimiento que siempre ha de apoderarse de los bien intencionados: la frustración. Sentimiento extendido a nivel generacional y mostrado con más que alegorías por el cine nacional. Es la frustración lo que impulsó la lucha armada, lo que la extendió a niveles inimaginables y lo que hizo a todos los confiados ciudadanos perder la fe en sus líderes. El caso que ello se represente en los jóvenes es el costado más triste.

El tránsito de la película es mas bien el de un drama contenido. Nunca vemos el enfrentamiento como tal. Apenas si somos testigos de la paranoia cada vez más extendida de los soldados que vislumbran (nuevamente con frustración) los cerros y acometen contra la poca población en busca de ese enemigo tan mentado y difícil (que tal vez no sea otra cosa que la proyección de ellos mismos). Si la película puede quererse como denunciativa lo puede ser pero desde la ambigüedad. Hasta que punto se pueden seguir las ordenes al pie de la letra, tal vez hasta donde lo permita lo persuasivo del discurso del líder. Gustavo Bueno compone al teniente Roca de manera ejemplar. Probablemente se trate del retrato militar mejor acabado del cine nacional (como el que tuvo en La ciudad y los perros). Mientras que Toño Vega como Vitín resulta efectivo como casi todos en el reparto. Es justamente alrededor de la interacción del líder y subalternos donde se desenvuelve el interés de la cinta.

Polémica en sí, tal vez no tan compleja como otras pero fuerte innegablemente, esta película queda como uno de los retratos más duraderos de la crisis de aquella década. Crisis que todavía continuamos viviendo y que puede regresar a los niveles atroces de antes si lo permitimos.