Flores rotas (2005)

Broken FlowersBroken Flowers
Dir. Jim Jarmusch | 106 min. | EE.UU. – Francia

Intérpretes:
Bill Murray (Don Johnston), Jeffrey Wright (Winston), Julie Delpy (Sherry), Sharon Stone (Laura), Jessica Lange (Carmen), Chloë Sevigny (Asistente de Carmen), Tilda Swinton (Penny), Frances Conroy (Dora)

Estreno en Perú: 20 de julio del 2006

Fiel a sí mismo a través de más de veinte años, el personalísimo Jarmusch retoma en esta película la tan conocidísima geografía y apariencia de los Estados Unidos para convertirla en escenario de un universo íntimo hasta el autismo. Universo en el cual iremos conociendo personajes en la cotidianeidad de sus propias y dislocadas leyes o formas de vida. El protagonista de esta historia es un hombre en la edad madura durmiendo en los laureles del éxito profesional y con las mujeres pero terriblemente insatisfecho. Bill Murray da vida a este ser sufriente de una picazón existencial a la cual se enfrenta flemáticamente como si fuera la continuación de su recordado personaje de Lost in Translation. Aquí también se lanzará rumbo a un viaje de descubrimiento interior, de inquietud ante las posibilidades más allá del techo vital al que ha llegado. El motivo de este replanteamiento casi subliminal será una repentina revelación. El hecho de saberse padre.

Broken Flowers

Jarmusch nos coloca a la vista nuevamente esa Norteamérica en la que aparentemente no sucede nada. La Norteamérica lejana de las más estrafalarias y heroicas hazañas, tal vez más cinematográfica. Nos revela sin embargo que dentro de la monotonía propia del transcurrir vital puede haber espacio para el conflicto. Así contemplamos al envejecido protagonista, Don Johnston (broma aparentemente banal pero bien calculada) contemplando a su vez el transcurrir de la vida, tal vez ya cansado de ella, desconectado de lo más agitado de nuestro raudo tiempo. No vive en Miami o similares sino en un pequeño y poco llamativo suburbio y a pesar de haber hecho su fortuna con las computadoras detestaría la idea de tener alguna en casa. Acaso si hasta lo bueno caló hasta el hartazgo al punto extremo de alejarlo no solo del mundanal ruido sino también de los impulsos vitales. El repertorio de impavidez de Murray resulta preciso casi hecho a su medida como broma final del director.

Acaso como el vuelo de un ángel (o una cigüeña) le llega nueva en papel rosa y sin remitente. Si eso no lo anima a salir por sí solo de la modorra estará ahí su inquieto vecino Winston para levantarlo a hincones y ponerlo en camino de una aventura final como reminder de su camino vital y en busca casi sin quererlo de algún horizonte vital querido pero nunca delatado. La búsqueda de las mujeres de su vida lo llevará por el camino en una casi insólita versión de Don Juan (citado al inicio) regresando como fantasma a contemplar sus exequias. El buen Don pasea así su fantasmal presencia por diversas escalas que lo irán enfrentando no solo a la incertidumbre sino también a la de los que vivieron con él su estancia juvenil en el preciso momento en que los ideales del flower power estaban avinagrándose (o quebrándose) ante el crecimiento de las grandes corporaciones y emporios. Momento decisivo en la que Don habría de elegir sólo uno de los dos caminos posibles.

Broken FlowersEl resultado habrá de contemplarlo más detenidamente de lo que pudo el pícaro Don Juan. Su trip lo lleva a descubrir la manera en que todas ellas (como él mismo) se han acomodado ante el paso del tiempo y las circunstancias. Ya sea como madre clase mediera (Sharon Stone parodiada como mother fatale, con veleidosa continuadora y todo), como una exitosa (Frances Conroy) empresaria de bienes raíces bien instalada (y encorsetada) en el mundo de los condominios y la agitación profesional (notable la secuencia de la comida en la que sale a relucir todo el peculiar humor de Jarmusch), o como una profesional del mundo y los lujos de las mascotas americanas (Jessica Lange), no sin dejar de lado el lado opuesto de la bonanza representado por Penny (Tilda Swinton), probablemente la única que opto por morir en su ley, ruta en la cual habrá de perderse el buen Don para darse de golpe con lo infructuoso de su búsqueda. Todo contemplado y vivido sin perder la seriedad y calma que ya en este extremo alejado de la galaxia resultan fuera de lugar, mirada de cierta conformidad que pareciera inspirar Buster Keaton, quien debe fascinar a Jarmusch más en la increíble serenidad de su rostro que por las fatigantes proezas atléticas que ejecutaba. Humor alunado que le da un sabor especial a su cine y a esta película en especial.

Solo le quedará una última oportunidad a Don para aferrarse al sueño olvidado años atrás. El encuentro con el muchacho (hijo extraviado) al cual tratará de resarcir de todas sus faltas y promesas incumplidas en el tiempo. Oportunidad que se desvanecerá como definitiva disolución de relaciones entre dos generaciones (la idealista y la arrolladoramente arribista). Alegoría formidable que siempre encuentra su lugar en la austeridad del director quien no en vano dedica su película a Jean Eustache, aquel extraño personaje realizador de La maman et la putain (1973), film de culto que se convirtió en la crónica insignia de la destrucción de los sueños del mayo francés, paralelamente sentida con la de los jóvenes del oeste, en aquella Norteamérica microscópica que Jarmusch ha convertido en escenario de las aventuras de estos sobrevivientes y sus seguidores.

Jorge Esponda

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2 comentarios

  1. 10 de septiembre de 2006 at 0:25 — Responder

    La cinta retrata el particular mundo de un ex-Don Juan, ya caduco, quien, sin muchas ganas al principio, intenta averiguar si tiene o no un hijo. Esto da pie a un retrato bastante fiel del alma humana y, sobre todo, de una parte de la sociedad norteamericana, infeliz y solitaria, necesitada de amor y cariño.
    Jarmusch, con bastante sorna y algo de mala baba, pero mostrando siempre un cariño hacia sus personajes, narra una historia mínima, con pocos diálogos, muchas miradas y largos silencios. Aunque todo esto, amenizaddo por una impecable y preciosa banda sonora.
    Multitud de detalles hay en este bello aunque triste film. Para comenzar, un buen número de sabias elipsis, con mínimos recuersos expresivos, pero totalmente eficaces, como los aviones que selen del aeropuerto, para darnos a entender que se ha desplazado de Estado. Buen cine, propio de un maestro que conoce bien su oficio y cuenta mucho con la mitad de medios que otros que se pierden en sofisticaciones técnicas que nos alejan del meollo de la historia que pretenden contar, si es que la tiene, que muchas veces, ni eso.
    Aquí, gracias a unos estupendos intérpretes, con Bill Murray a la cabeza, economizando al máximo sus gestos, consiguen transmitirnos multitud de estados de ánimo. Unos personajes rotos por la inclemencia de la vida, abandonados por la felicidad, vacíos en su fuero interno.
    Para ello, Jarmusch muestra a cada personaje por medio de precisos decorados, que nos dicen todo de la vida que llevan sus dueños. Decorados de interiores, véanse las habitaciones de cada casa que visita, como de los exteriores, con esas canastas de baloncesto, unas impecables y limpias, otras completamente abandonadas.
    Lo malo, y es una pena, pero conociendo el cine de Jarmusch se comprende y acepta perfectamente, es que su ritmo no es del gusto de todos los públicos, de cualquier espectador. Hay que saber el tempo empleado por el maestro, un tempo más bien lento, parsimonioso. No tiene ninguna prisa para mostrar el más minimo diálogo o acción de los personajes. Esto le da un marchamo personal, que gusta a sus incondicionales y a quienes no sólo busquen en el cine acción desenfrenada, pero al resto quizás hasta les pueda aburrir de lo lindo. Es un cine exigente, o al menos que requiere de la paciencia del espectador. Que se deje llevar por la historia sin pretender espectacularidad alguna o grandes sopresas argumentales. Si esto se hace, se puede disfrutar de lo lindo, pues hasta tiene sus buenos gags, sobre todo getuales (Bill Murray), aunque es un humor muy alejado de la norma.
    “Flores rotas” es por tanto, una buena película, pero que se debe ver poniendo de algo de nuestra parte. No basta con contemplarla, hemos de vivirla para sentirla. Y esto, no es facil no sólo en el cine, sino en cualquier manifestación cultural que se precie.

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