El último rey de EscociaThe Last King of Scotland
Dir. Kevin Macdonald | 123 min. | Inglaterra

Intérpretes:
Forest Whitaker (Idi Amin)
James McAvoy (Nicholas Garrigan)
Kerry Washington (Kay Amin)
Gillian Anderson (Sarah Merrit)
Simon McBurney (Nigel Stone)
David Oyelowo (Dr. Junju)
Abby Mukiibi Nkaaga (Masanga)
Adam Kotz (Dr. Merrit)

Estreno en Perú: 1 de marzo de 2007

De la filmografía sobre África que nos está sirviendo Hollywood, en una moda temática y temporal a la que nos tienen acostumbrados sus productores (ya pasamos por la de romanos, la de renacer monstruos legendarios, o la de guerras), es en El jardinero fiel y El último rey de Escocia donde más se va acercando el cine a una realidad de sangre y expolio que este Ébano grita. Son ambas, como detalle a tener en cuenta, adaptaciones del mundo literario.

The Last King of Scotland

El oscarizado documentalista escocés Kevin Macdonald (su documental Un día de septiembre ganó el Oscar en 1999) llevado por el entusiasmo de los productores Lisa Bryer y Charles Steel y la premiada novela de Giles Foden -sobre el implacable, paranoico y caprichoso Idi Amín Dadá que desangró Uganda durante ocho años de la década de 1970- reunió en un único proyecto todo su talento, bártulos y buenos actores, entre los que solo Forest Whitaker es una estrella, (aunque una estrella infravalorada por la Academia, vista su excelsa trayectoria de trabajos superlativos), y se encaminó a Uganda a llevar a cabo la filmación de su película, El último rey de Escocia. Viene a cuento recordar que es también Uganda uno de los objetivos de la cámara del director español Fernando León en esa historia de historias que es Los invisibles, un filme en cinco episodios producido por Javier Bardem y dirigido por cinco comprometidos y talentosos directores y que se estrena en el mes de marzo.

Junto al guionista Jeremy Brock, Macdonald ha construido un sorprendente y eficaz thriller político muy al estilo de aquellas películas de denuncia socio-política de los ochenta como Desaparecido o Salvador, con la salvedad de que esta vez la mirada va dirigida a la olvidada África, cuyo lugar en el cine a pasado de cintas de safaris y memorias de blancos terratenientes a indagar (aunque sea con cierto reparo aún) en la auténtica conflictividad social y política africana. Señor de todas las bestias de la tierra y de los peces del océano; Conquistador del Imperio Británico; o El último rey de Escocia, son algunos de los extravagantes títulos autoproclamados por este perverso, bufón, maniaco y hasta cierto punto carismático líder, que en un principio encandiló a la población necesitada y a muchos funcionarios y diplomáticos internacionales, con sus propuestas de mejoras sociales e infraestructurales, pero que no tardó nada en caer en su propio pozo demoníaco.

The Last King of ScotlandWhitaker está fantásticamente superior, no cabe duda, y sus cambios de registro proceden de una maestría experimentada, si bien no menos merecedora de elogios es la actuación del verdadero protagonista de esta historia, que aunque suene chocante, no es el dictador Amín, sino un personaje ficticio: un recién licenciado médico escocés, Nicholas Garrigan (un versátil James McAvoy, desde mi punto de vista todo un descubrimiento) que huye de una vida tétricamente aburrida en su Escocia natal, junto a su padre también médico, para adentrarse, al cabo de su inicial candidez, en un infierno que se le irá descubriendo y nos irá descubriendo por medio del pánico en su mirada. Escalofriante resulta su murmullo, entre chirriar de dientes, cuando ya no ve salida a su situación: “yo solo quiero volver a Escocia a cuidar la salud de ancianitas con mi padre”. Este ingenuo doctor, quién gusta enamorarse de mujeres casadas (a destacar la aparición de aquella, casi olvidada, agente de The X Files, Gillian Anderson, en sanitaria cooperante), es, además, utilizado por una rata diplomática británica, otro sorprendente actor Simon McBurney que da una perfecta réplica de funcionario indeseable. Nicholas Garrigan está inspirado en un británico-ugandés blanco que fue asesor de Amín, y que consiguió escapar, de milagro, para contarla.

Película entretenida, original, rica en intriga, con escenarios naturales en Uganda, a pesar de que el actual presidente, Yoweri Museveni, no gustoso de la idea de filmar en el país, ofreció, sin embargo, su apoyo a través del ejército, parlamento y ministros para la filmación. La banda sonora merece una especial mención, mezcla de ritmos étnicos y el pop más sonoro de la época, que conforma una cóctel perfecto con la colorida y exótica puesta en escena, sus gentes, y las frívolas fiestas (con la inclusión de la reina del erotismo del momento, Emmanuelle) en las que se mecía la locura de un militar al que, entre otras cosas, le gustaba reírse de sus colaboradores y ponerlos entre la vida y la muerte.

África de nuevo ante nuestros ojos, polvorienta y especiada en un trabajo vibrante de contrastes entre luces y colores. Con una mirada realista y dura, aunque para aquellos que teman encontrar vísceras y torturas repulsivas, con referencia a las atrocidades de Amín, decir que únicamente hay una escena desagradable que la cámara ha captado con la suficiente rapidez para no causar traumas al espectador. El resto es una labor de buenos actores, que demuestran el resultado de una positiva complicidad y trabajo en equipo. En una frase fatídica y casi final, Idi Amín le espeta a Nicholas su propia ceguera ingenua y no exenta de culpabilidad: “Llegaste a África jugando a ser el hombre blanco. Pero esto no es un juego. Esto es real. Esta habitación es real. Y cuando mueras, será la primera cosa real que vivas.” Idi Amín Dadá murió en 2003, en un lujoso exilio en Arabia Saudí.

Un Oscar al mejor actor para Forest Whitaker y un buen puñado de premios más que van, en realidad, dirigidos a todos los que han hecho posible una historia tan efectiva.

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