Solo un sueño | Revolutionary Road (2008)

Revolutionary RoadDir. Sam Mendes | 119 min. | EE.UU. – Reino Unido

Intérpretes: Leonardo DiCaprio (Frank Wheeler), Kate Winslet (April Wheeler), Michael Shannon (John Givings), Ryan Simpkins (Jennifer Wheeler), Ty Simpkins (Michael Wheeler), David Harbour (Shep Campbell), Kathy Bates (Helen Givings), Kathryn Hahn (Milly Campbell), Zoe Kazan (Maureen Grube)

Estreno en España: 23 de enero de 2009

Estreno en Perú: 29 de enero de 2009

Si El curioso caso de Benjamín Button trata de la muerte, Solo un Sueño nos habla de la vida o, mejor dicho, de la muerte en vida. Lo primero que llama la atención es el notable trabajo de ambientación, que nos retrotrae a la vida satisfecha de la clase media norteamericana, en un barrio de los suburbios de Connecticut, muy tranquilo, un paisaje urbano idílico al que no falta un bello bosque aledaño; escenario de las más terribles situaciones emocionales que pueda vivir un matrimonio. Winslet, en particular, está sobresaliente en un papel que de comienzo a fin mantiene un equilibrio entre fortaleza, fiereza y momentos de fragilidad que no traicionan el carácter mismo de April. La gama de gestos tanto en los estallidos emocionales como en las transiciones entre una comunicación asertiva y las variantes de simulación a las que obligan el papel, han sido perfectamente graduados para mantener una coherencia interpretativa ante el riesgo de sobre actuación en las escenas de pelea conyugal.

April y Frank

Si El curioso caso de Benjamín Button trata de la muerte, Solo un Sueño nos habla de la vida o, mejor dicho, de la muerte en vida. Y si la cinta de Fincher toma como espacio cronológico toda una vida, la de Sam Mendes se enfoca en la mediana edad, en los 30 años de su protagonista, Frank y su esposa, April: los Wheeler. La temática de este filme nos evoca a la notable opera prima de Mendes, Belleza Americana, en la que se cruzan los conflictos generacionales con los de pareja, predominando los primeros. Pero en esta nueva obra, el director se ha ceñido a un solo tipo de conflicto –la neurosis matrimonial–, contextualizado en los prósperos Estados Unidos durante los años 50. Y en torno a un sucinto relato va incorporando con gran economía de medios todos los elementos de una crítica social devastadora al llamado “sueño americano”, en su mejor momento. Prácticamente no hay un solo plano ni elemento audiovisual que no esté justificado para ilustrar no sólo el drama familiar planteado en la primera secuencia sino –sobre todo– las rígidas determinaciones sociales que se imponen sobre el protagonista y lo empujan a aplastar las ilusiones que alguna vez compartió la aún joven pareja.

Un barrio feliz

Lo primero que llama la atención es el notable trabajo de ambientación, que nos retrotrae a la vida satisfecha de la clase media norteamericana, en un barrio de los suburbios de Connecticut, muy tranquilo, un paisaje urbano idílico al que no falta un bello bosque aledaño; escenario de las más terribles situaciones emocionales que pueda vivir un matrimonio. La única señal irónica en este despiadado drama social es el nombre de la calle donde se instalan los Wheeler: Revolutionary Road, que da título (el original) a este filme. Pero, además, la rutina de Frank se ve enfatizada por el diario traslado de este mundo familiar a (a la inmersión en) un entorno social marcado por la homogeneidad de la sociedad de masas, en la cual vemos a nuestro protagonista casi indistinguible entre los oficinistas ataviados por casi los mismos ternos y sombreros de sus colegas; así como sepultado en una red de cubículos en las enormes oficinas del piso 15 de la corporación Knox.

Días no tan felices

Lo segundo es que esta cinta descansa en el guión y el trabajo actoral. El primero está dirigido a ilustrar contenidos ideológicos, los que subsumen considerablemente a los elementos dramáticos. Así, por ejemplo, los dos niños de la pareja casi desaparecen de la acción, mientras que tenemos pocos antecedentes (apenas los estrictamente necesarios) sobre el pasado del matrimonio o sobre su decisión de abandonar esa vida aparentemente muelle y segura. Dicho de otra forma, hay trazos gruesos en la construcción de los personajes, mientras que sus acciones y conflictos ilustran con detalle el conflicto ideológico del filme. En este aspecto, Solo un Sueño me recuerda otra obra que ilustra contenidos políticos a costa de la acción dramática: Petróleo Sangriento, de Paul Thomas Anderson; aunque éste lo hace con un tratamiento formal muy distinto al de la cinta de Mendes. Además, en esta última se introduce un personaje medio desquiciado (el matemático John Givins, quien ha sido sometido a electroshocks) el cual nos explica casi didácticamente la transformación de una decisión socialmente subversiva de los Wheeler en su contrario; más aún, describe con lucidez el carácter de los personajes y con mordacidad los sentimientos e ideas que ambos reprimen con todas sus fuerzas.

Wheeler & CampbellEl guión está muy bien estructurado e intercala las escenas expositivas e informativas con las de enfrentamiento dramático; el cual avanza in crescendo hasta la tremenda discusión final, con logrados momentos previos de tensión latente. Lo cual está contrapunteado tanto por la pacífica ambientación como por una música de insistente y eficaz minimalismo. En contraste con la violencia emocional y la intensidad de las actuaciones, el tratamiento audiovisual es clásico y sólo en la citada escena de discusión final el director utiliza cámara en mano, para dar el único énfasis marcadamente formal a alguna secuencia del filme. Este guión está basado en una novela de Richard Yates que me recuerda un poco a Sinclair Lewis, un injustamente olvidado premio Nobel norteamericano, quien también criticó la mediocridad de la vida de la clase media de su país, ya sea en un tono amargo –en Calle Mayor– como de suprema ironía y mordacidad, en Babbitt, allá por 1920. En esta última novela, Babbitt es un hombre de negocios con una vida satisfecha que de pronto siente la desesperanza de una existencia vacía y se vuelve socialista, para retornar luego al redil de la masa de la que quiso independizarse. Este episódico quiebre de un personaje de mediana edad me recuerda un poco al de Frank Wheeler, aunque por lo demás el tratamiento entre ambas obras es muy distinto.

Película de actores

Normalmente, menciono muy poco el trabajo actoral en mis comentarios; pero en esta cinta es casi imposible no reconocer las logradas caracterizaciones de la pareja protagonista –a cargo de Kate Winslet y Leonardo di Caprio–, así como los de notables roles secundarios a cargo de Michael Shannon (como Gilvins) y Kathy Bates (como su madre, Helen); solvencia que se hace extensiva al resto del reparto.

Winslet, en particular, está sobresaliente en un papel que de comienzo a fin mantiene un equilibrio entre fortaleza, fiereza y momentos de fragilidad que no traicionan el carácter mismo de April. La gama de gestos tanto en los estallidos emocionales como en las transiciones entre una comunicación asertiva y las variantes de simulación a las que obligan el papel, han sido perfectamente graduados para mantener una coherencia interpretativa ante el riesgo de sobre actuación en las escenas de pelea conyugal. Hay un rasgo de dureza y madurez emocional en su rostro y talante, que subordina al componente más juvenil en la labor de esta actriz. Di Caprio vuelve a demostrar que es un actor de polendas, mejor por cierto que Brad Pitt; aunque se nota cierto estancamiento debido al tipo de papeles que ha interpretado en años recientes. Así, este rol me recuerda mucho a otro muy diferente, el de Howard Hughes, en Aviador, de Scorsese. En ambos casos tenemos personajes masculinos dominantes pero sometidos a situaciones de enorme tensión, que los llevan a mostrar sus rasgos más vulnerables; al borde mismo de la desintegración emocional. Siento que, en la película que comentamos, Di Caprio repite mucho de lo visto en la de Scorsese, donde interpreta en un rol heroico; con la diferencia que Wheeler –a diferencia de Hughes– traiciona su objetivo más idealista y cede a la presión social.

En cuanto a Shannon, su personaje –dramáticamente algo artificial, pero ideológicamente importante– efectivamente elude el esquematismo y construye un rol con la suficiente y necesaria agresividad como para convertirse en la mecha que prende las virulentas disputas de la pareja protagonista; así como sugiere los conflictos en su propia familia, los que se evidencian más aun en el desenlace de esta cinta. Es cierto que hay uno que otro momento de ligero tufo teatral, pero dado el despliegue actoral, sería injusto ponerle pegas (incluyendo a Di Caprio) a lo que es una de los principales atractivos de esta cinta.

Happy Birthday Frank

Patriarcado y sociedad de consumo

Hay quienes piensan que el enfoque de Mendes es limitado, ya que su “relato nunca ensaya una exploración seria de las causas objetivas que hicieron que el proyecto básico del sueño americano (familia tipo, hipoteca, sueldo respetable) empezara a develar sus grietas hace ya más de medio siglo”. No me parece correcta esta crítica. Al contrario, Solo un Sueño propone una crítica política de fondo al sistema patriarcal unido, en esta película, al autoritarismo del modelo de capitalismo industrial de aquella época; pero cuyos efectos llegan hasta el más palpitante presente.

En efecto, los Wheeler son la típica pareja patriarcal, en donde los roles están claramente establecidos: el hombre trabaja y provee el dinero para la manutención de la familia, mientras que la mujer se encarga de las labores hogareñas y el cuidado de la prole (en este caso, dos hijos pequeños). Frank es un tipo atractivo y que está en perenne lucha por imponer su dominación el la relación de pareja. Tanto su esposa como un alto ejecutivo intuyen que tiene talentos por desarrollar, pero ello nunca llega a evidenciarse claramente en la cinta. Justamente porque ésa es la apuesta que le plantea April, es decir, la posibilidad de cambiar de vida y poder desarrollar esas potencialidades que permanecerán ocultas hasta el final; sabemos también que Frank se siente grandemente frustrado con la vida muelle que lleva y no quiere repetir la vida mediocre y aburrida que heredó de su padre en Knox. Por tanto, hay un espacio común que la pareja busca aprovechar con la propuesta de cambio de vida que plantea la esposa y, de hecho, ante esa perspectiva la relación entre ambos mejora sustancialmente.

De April sabemos que tuvo aspiraciones artísticas, pero que fracasó como actriz. Entonces, decide que aquellas potencialidades que no posee quizás pudieran desarrollarse en su marido; y le ofrece mantenerlo para que él pueda encontrarse a sí mismo y ser feliz. Es decir, lo invita a reconstruir la relación pero tomando ella el riesgo principal. Esto no cuestiona el patriarcado ni el dominio masculino; al contrario, es una propuesta de subordinación total, pero para que el varón pueda justamente superar su mediocridad profesional y emocional, en una palabra, humana. Esta idea la discutimos en nuestra crítica a El Color Púrpura, película en la que Spielberg se las arregló para edulcorar y limar el filo crítico de la tesis subversiva de la novela de Alice Walker en la que está esa cinta basada; a saber: que el lesbianismo es la garantía para mantener las instituciones fundamentales: la familia, la religión y el Estado. Esto ocurre cuando el propio sistema patriarcal no sólo subordina o tiraniza a la mujer, sino que también destruye al varón; convirtiéndolo en un alcohólico o un asesino (como en le caso del filme de Spielberg) o un burócrata frustrado y sin perspectivas (Frank). Pues bien, en esta obra la mujer no consigue ni siquiera esto, es decir, mantener los espacios que el sistema pueda darle para lograr su realización personal y familiar.

El aborto como decisión justificada éticamente

John GivinsPero Mendes va más allá y plantea el tema de la decisión de April sobre su cuerpo y sobre su vida. El aborto aquí no es visto como una solución ante un problema de pobreza (como en la británica El Secreto de Vera Drake), ni como un asunto de hedonismo juvenil (como lo sugiere, en parte, Juno), sino como una decisión práctica condicionada por el rechazo a un sistema o situación inhumanos. Aquí sí se cuestiona claramente cómo la maternidad (la función que corresponde a la mujer en el patriarcado) es usada como una forma de limitar o destruir sus posibilidades de desarrollo humano. No en vano, la perorata final de John Givins concluye diciendo “pero de lo que más me alegro es de no ser ese niño que llevas en el vientre” (refiriéndose al embarazo de la protagonista).

Además, la crítica es todavía más acerada si consideramos que no estamos ante un filme maniqueo ni que cae en el esquematismo de algunas películas de tesis. Así, por ejemplo, April no repudia ni niega el amor por sus dos pequeños hijos; es decir, no hay un cuestionamiento a la maternidad in toto, sino a una circunstancia específica que justifica el aborto por motivos fundamentalmente éticos (y vaya si esto no es controversial). Asimismo, la infidelidad conyugal es aceptada y hasta confesada en esta relación de pareja; y la amarga queja final de Frank no es tanto por la decisión de April como por el hecho de que la haya implementado por sí misma, lo que abre otra posibilidad que no mencionaré para no llegar al spoiler. En todo caso, la película muestra cómo en una sociedad patriarcal donde las necesidades materiales están satisfechas plenamente, las necesidades emocionales y la búsqueda de una realización profesional y humana están bloqueadas por condicionamientos sociales de un sistema patriarcal; el cual destruye a la mujer e impide la vigencia del matrimonio (o la relación de pareja), como un proyecto de vida compartida de común acuerdo.

Del shock emocional al electroshock

Por otra parte, el tema del aborto en esta cinta es también el nexo entre lo privado y lo público; ya que la represión a los intentos de abortar de April consiste en amenazas de Frank de llevarla al diván del siquiatra, lo que la coloca en la antesala a los electroshocks que sufrió Gilvins. Hay una cierta tradición en el cine estadounidense con estos sutiles aparatos de tortura presuntamente médicos, pero en realidad social y político. Recuerdo el caso de Frances, un interesante biopic de Greame Clifford sobre la actriz Frances Farmer (notablemente interpretada por Jessica Lange), una estrella del cine sometida a estas sesiones para curarla de su alcoholismo, acusarla de comunista y separarla de sus hijos en los años 50; todo ello por el sistema de Hollywood. También tenemos a John Nash, el héroe de Una Mente Brillante, quien es atormentado por alucinaciones generadas durante la guerra fría y luego sentado en esas sillas con amarras y electrodos para regresarlo de ese mundo de espionaje no del todo ficticio. O sea que John Gilvins, como personaje, tiene cierto pedigrí que nos conduce a otra interesante comparación, en este caso política, con el socialismo real. El ingreso a las clínicas siquiátricas para “curar” disidentes, fue uno de los métodos de persecución política favoritos del régimen soviético, tanto durante el estalinismo como el breshnevismo. Al igual que en los Estados Unidos durante los 50, en la ex URSS se asumía que nadie en su sano juicio podía cuestionar la vida feliz en una sociedad con las necesidades materiales supuestamente satisfechas y bendecida por la solidaridad comunista. De igual forma, en Solo un Sueño, nadie podría desear abandonar una sociedad con tantas oportunidades y seguridad económica, a menos que sufriera de un trastorno mental.

April screaming

Una nueva desmitificación del sueño americano

Como vemos, sí hay una exploración seria y una desmitificación del “sueño americano”, ciertamente no desde el punto de vista económico, pero sí político y social; crítica que no se queda en el pasado sino que se prolonga hasta el presente, ya que coge el toro por las astas en el tema del aborto y evidencia las rígidas determinaciones del patriarcalismo en este y otros asuntos. Además, cuestiona las tendencias unidimensionales con las que la sociedad de consumo ahogan la libertad del individuo, tanto mujer como varón. Según Herbert Marcase, el capitalismo ‘avanzado’, “[no] sólo determina las ocupaciones, las habilidades y las actitudes socialmente requeridas, sino también las necesidades y las aspiraciones individuales; instaurando así un nuevo totalitarismo”. ¿Y no es consistente este famoso enfoque teórico con las tendencias homogenizadoras de quienes quieren utilizar hoy la globalización para aplastar la diversidad y multiculturalidad?

En consecuencia, estamos ante una película con un planteamiento dramático eficaz, si bien un poco conciso, y destinado a ilustrar una postura de crítica ideológica muy profunda al sistema de poder vigente en los estados Unidos, antes y ahora. De allí su importancia como producto artístico pero también como cuestionador de estructuras de poder que impiden el pleno desarrollo humano de las personas y sociedades. Una película polémica, al mismo tiempo que altamente recomendable.

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12 comentarios

  1. Nora Estela
    6 de febrero de 2009 at 11:27 — Responder

    Buenos días, señor Beteta.
    No comprendo como usted puede calificar de notable la opera prima de Sam Mendes, “Belleza americana”. Es una de las películas más sobrevaloradas de la historia del cine. Llena de clichés y situaciones muy rídiculas. Cintas que mejor han retratado a la sociedad estadounidense son “La tormenta de hielo”, de Ang Lee, aunque también presenta algunos tropiezos, pero es superior al filme de Mendes; “Happiness”, de Solondz. La mejor que aborda este tópico. La mejor cinta de Mendes hasta el momento es “Camino a la perdición”. El resto, “Belleza americana”, “Soldado anónimo”, “Solo un sueño” son buenos intentos, nada más.

  2. Juan José Beteta
    6 de febrero de 2009 at 16:00 — Responder

    De acuerdo contigo en que la mejor del grupo es Felicidad, seguida de Tormenta de hielo; a mi me encanta el filme de Solondz, pero temo que no es para todos los gustos. De allí seguiría Belleza Americana (a medio camino entre la crítica despiadada y el tratamiento convencional) y Magnolia (un poquito larga para mi gusto). Lamento que no te haya gustado Solo un sueño; aunque parezca un subproducto de Belleza Americana, la pondría por delante, por su concisión y mayor filo crítico. No obstante, hay que considerar que todas estas cintas (salvo, quizás, Hapiness) están dentro de lo permitido por el circuito de Hollywood. No se puede pedir todo.

  3. 9 de febrero de 2009 at 1:53 — Responder

    Fuera de todo análisis y como espectador: no la vean en pareja. Escuche esos suspiros y esa pesadez en muchas escenas de la peli. Al salir escuche: para la otra yo escojo la peli. Que decir de mi acompañante, un mate de risa. Es que, también me dijo lo mismo. Y para gambetear: para la otra vemos la de las hormiguitas. En fin…

  4. Juan José Beteta
    9 de febrero de 2009 at 9:51 — Responder

    Totalmente de acuerdo con Yoshi…

  5. […] decía yo –a propósito de Solo un sueño en los años 50– que el electroshock tenía su pedigrí en Estados Unidos, como lo demuestra […]

  6. […] algunos lo hacen– realizar una comparación del trabajo de Kate Winslet en esta cinta y en Sólo un Sueño, de Sam Mendes; ya que –pese a que son papeles notoriamente distintos– tienen aspectos comunes. […]

  7. 9 de marzo de 2009 at 14:27 — Responder

    sera que la vida de uno es importante y tanbien para los inocentes no sera para los malos que tratan mal a sus hijos cuidenlos no los dejen solos ni con nadie es inposible estar uno con sus padres que con sus padres que estar solo con otra persona

  8. […] parece dispuesto a probarse como cineasta con mayor velocidad que la usual. Luego de la reciente Revolutionary Road, se alista para estrenar una nueva película. Away We Go, protagonizada por John Krasinski y Maya […]

  9. 3 de febrero de 2013 at 22:34 — Responder

    […] En general, no me gustan las películas de Sam Mendes. Tampoco son muchas. Odié Belleza Americana y Camino a la perdición me pareció un lindo aburrimiento (y ya me la olvidé, de tan intrascendente que era). Pero algo atractivo tiene Sólo un sueño. […]

  10. Pia Torres
    25 de noviembre de 2014 at 11:56 — Responder

    ¡Interesante! Desde mi punto de vista creo que es una película que logra crear una fuerte empatía con el espectador gracias a su guión. Además, hay que reconocer que Sam Mendes sabe elegir muy bien sus historias, su reparto y en general su equipo. Revolutionary Road denota una profesionalidad tan exquisita como artesanal, y la trama está narrada con grata templanza, intensificándose de forma regular con la interacción de la pareja protagonista. Por otra parte la gravedad de sus conflictos y la valía de sus actuaciones no se equilibran con el real interés de sus personajes, con lo que flaquea la fuerza necesaria para que las situaciones arrebaten el ánimo y trasciendan sus estampas de disputas comunes, singularizadas en ocasiones por la aportación de un gran Michael Shannon como hijo de Kathy Bates.

  11. […] y él es una película sencilla, un drama romántico que me recordó a Sólo un sueño (Revolutionay Road) de Sam Mendes, y a la trilogía de Before Sunrise, Sunset y Midnight. Al igual que las obras […]

  12. […] oferta de entretenimiento con destacadas películas como The Russian Ark, Katy Perry: Part of Me y Revolutionary Road con Leonardo DiCaprio y Kate Winslet, así como el documental clásico It Might Get Loud que […]

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