Gran Torino (2008)

Gran Torino posterDir. Clint Eastwood | 116 min. | EEUU – Australia

Intérpretes: Clint Eastwood (Walt Kowalski), Christopher Carley (Padre Janovich), Bee Vang (Thao), Ahney Her (Sue), Brian Haley (Mitch Kowalski), Geraldine Hughes (Karen Kowalski), Dreama Walker (Ashley Kowalski), Brian Howe (Steve Kowalski), John Carroll Lynch (Barber Martin), William Hill (Tim Kennedy), Brooke Chia Thao (Vu), Chee Thao (Abuela), Choua Kue (Youa), Scott Eastwood (Trey), Xia Soua Chang (Kor Khue).

Estreno en el Perú: 19 de marzo del 2009

Gran Torino se ambienta en el Michigan de nuestros días, suerte de cementerio del imperio automotor norteamericano que encarna sus viejas glorias en el preciado vehículo que conserva Walt Kowalski, ex trabajador de esa megaindustria hoy en decadencia. Walt respira un hondo nacionalismo y desconfía de las minorías étnicas que buscan un lugar en Norteamérica, tal como sus antepasados polacos. La familia hmong es el contrapeso y la bisagra del protagonista, porque también han emigrado y crean su propio espacio, tras el horror posterior a la guerra de Vietnam, en la que ayudaron a los estadounidenses y luego fueron víctimas de una venganza interna. Es la mirada otoñal de un maestro que ha decantado su arte, filmando con sencillez lo que siente y que, como decía una antigua canción, ya está presagiando el final.

Gran Torino 1

Gran Torino es una película que gusta y emociona a diversos espectadores. Es que está filmada del modo más cálido y honesto con que puede hacerlo un viejo maestro que ha decantado su arte y que, como decía una antigua canción, está presagiando el final. Es una mirada otoñal, en la línea de varias de sus mejores películas, caso Los imperdonables, Un mundo perfecto o Los puentes de Madison, la añoranza de una época que ya se fue, lo que no es meramente simbólico sino que contiene elementos de contexto que enriquecen el relato. Es tan entrañable Eastwood que, hasta cierto punto, seduce su visión conservadora y pesimista, la nostalgia del nacionalismo estadounidense, ese sentido ya casi peligroso de la pureza que se ha perdido ante el cruce y los relevos históricos, la convicción del enfrentamiento inevitable de las procedencias disímiles, y su desconcierto ante la transformación de la vida. Gran Torino se ambienta en el Michigan de nuestros días, suerte de cementerio del imperio automotor norteamericano que encarna sus viejas glorias en el preciado vehículo que conserva Walt Kowalski, ex trabajador de esa megaindustria que hoy está en decadencia. Michigan es un suburbio contemporáneo de múltiples y ásperos orígenes, pero por debajo yace un western, con sus referentes generales y los específicos de Eastwood. Es una zona inhóspita, peligrosa, con bandos y espacios estrictamente delimitados, la ausencia del orden formal, personas indefensas, y en medio de todo el antihéroe, un tipo solitario y misántropo siempre preparado para enfrentar con extrema violencia, y al margen de la ley, a quienes perturban su orden, consistente en vivir en calma y lo más lejos posible de la colectividad. Ahí se dan cita diferentes personajes y clanes, pero sobresalen dos protagonistas: Kowalski -apellido que nos remite al Marlon Brando de Un tranvía llamado deseo-, y el auto/alter ego que da nombre a la cinta. El vehículo tiene una fuerte presencia en toda la trama, atrae a pandilleros, parientes y extraños, es amado por su dueño y se convierte en un referente de valor y refugio pasadista en medio del presente caótico.

Kowalski respira un hondo nacionalismo y desconfía de las minorías étnicas que buscan un lugar en Norteamérica, tal como hicieron sus antepasados polacos. Igual que todo prejuicio, se materializa en personas concretas, las que tienen la dudosa suerte de vivir al lado de su casa o que merodean su barrio. No importa si es gente común o si son delincuentes, el rechazo es, en esencia, el mismo, y su gama de matices va de la mirada desdeñosa a la largada verbal, el insulto racial y el encañonamiento de su escopeta. Pero no sólo trata así a los aparentes “intrusos”, también a su propia familia y otras instancias del supuesto orden, como al joven sacerdote que desdeña, y a la policía que jamás llama para resolver un problema y que sólo aparece al final para levantar sus restos. Walt, que al inicio de la cinta acaba de enviudar, está en una etapa crepuscular de la existencia y de su relación con el mundo: todo le apesta, menos su amada compañía canina y un maduro peluquero de origen italiano con el que intercambia vulgares expresiones racistas, pero en plan amical. Es una premisa que Eastwood se esfuerza en establecer, pero exagera en subrayarlo, con roles secundarios sin vida propia, sin otro elemento que el interés mezquino, que sólo aparecen para molestar al viejo y hacer más visible su amargura. Por ejemplo, la nieta boba que le pregunta por su futura muerte, o el hijo y la nuera que tratan inútilmente de acortar las distancias. Son trazos muy gruesos para el fino oficio de narrador que ha alcanzado Clint.

La familia hmong es el contrapeso de Kowalski, porque también son inmigrantes y buscan su propio espacio, tras el horror posterior a la guerra de Vietnam, en la que ayudaron a los estadounidenses y luego fueron víctimas de una venganza interna. Al principio, ellos también le son hostiles, como la anciana que sostiene un duelo de antipatías a la usanza del Viejo Oeste -ambos preguntándose qué hace aquí el otro-, y el adolescente Thao (Bee Vang) que ronda las malas juntas. Pero en medio de la cercanía, en carambola del peligro pandillero, surgirá la afinidad a partir de una suerte de diplomacia entre Walt y Sue (Ahney Her), la única persona con la que parece lograr un contacto humano, que deviene en franca amistad, antes que Thao se convierta simbólica y literalmente en su camarada y heredero. La película se relaja temporalmente en esa camaradería y hasta se permite el humor, con los desencuentros originados por los diferentes códigos de cortesía que manejan las partes. Clint se divierte mostrando a su personaje descolocado frente al colorido y el sabor de la comida foránea, tan contrastantes con su permanente apatía, y el marcado tradicionalismo de sus vecinos, que curiosamente empata con el suyo, por el feeling de sobrevivencia en tierra ajena y el cierrapuertas ante lo demás. Pero si algo acerca definitivamente a Walt, veterano de la guerra de Corea, a los hmong es aquel antecedente bélico, ya que reiteradamente él grita a todos que no saben de la vida y que él sí porque estuvo en el campo de batalla matando gente y apilando cadáveres. Los personajes de Gran Torino giran, entonces, alrededor de las heridas de dos guerras norteamericanas, lejanas en el tiempo y la geografía como es la costumbre gringa, pero latentes aún, incluso dentro de su propio territorio, en esa urbe hipermestiza que recibe gente del mundo entero y donde el inmigrante es el nacionalista del mañana (lo que recuerda a Pandillas de New York de Scorsese). Ahí brota la culpa de Walt, que lo marcó para siempre desde Corea y que lo empuja a inmolarse en la circunstancia que siente oportuna y justificada, en una bella escena alegórica que despide a Eastwood de la mitología del vaquero indestructible y, aparentemente, de la actuación, que en su caso es lo mismo.

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9 comentarios

  1. 5 de abril de 2009 at 2:54 — Responder

    La verdad, a mi no me gusto tanto tanto como parece gustarle a la gente Gran Torino… o Changeling. Me parecieron okay… no el trabajo mas fuerte de Eastwood, y en el caso d Angelina… bueno, siempre pense que la favorecieron a ella como Mejor Actriz en el Oscar, q Kristin Scott Thomas.

    xD

    Aysh… las amarguras del Oscar. xD

  2. Joshua
    5 de abril de 2009 at 22:25 — Responder

    Siempre trato de leer todas las críticas que se hacen en este blog. Generalmente las siento acertadas; aunque en este caso, me hubiese preferido que no revelen el final del personaje dentro de los comentarios hechos.

    Saludos.

  3. 6 de abril de 2009 at 14:12 — Responder

    Mmmm… . Fascinante. Tal vez el señor Eastwood merece refrescarse. ¿Y si toma una clases de producción y dirección cinematográfica con Don Leonidas Zegarra?. ¡Seguramente el carismático director estadounidense mejoraría notablemente en su desempeño al absorber las enseñanzas de uno de nuestros directores paradigmáticos!.

    JORGE LUIS VILLACORTA SANTAMATO

  4. felix
    22 de abril de 2009 at 18:47 — Responder

    mmmmmmmmm buena pélícula creo que mereció mejor suerte al momento de ser nominada, aunque claro es ligera, se ve que esta película no la hizo Eatswood para agradar a nadie ni de la academia ni de ningún premio, pero no deja de ser una gran película.

    A mucho mejor estubo changeling claro,
    Million dollar baby la obra maestra de Eatswood, una joya

  5. […] parecer esta aparente locura en la carrera del director de Los imperdonables, Un mundo perfecto o Gran Torino, no sería algo repentino. Eastwood habría expresado su interés por este proyecto desde el año […]

  6. […] con ocho décadas a cuestas. Hasta se dio el lujo de hacer ya un filme testamentario, el notable Gran Torino, que seguramente será el último en que actúe, como anunció en su momento. Ha querido darse […]

  7. […] 15 de marzo, 7:45 pm Gran Torino (EEUU, 2008), de Clint Eastwood. “Los personajes de Gran Torino giran alrededor de las […]

  8. 28 de diciembre de 2012 at 8:47 — Responder

    […] 1972 es lo único que le importa en esta vida y que le hace sentirse orgulloso. Así nos lo define Gabriel Quisque: “Kowalski respira un hondo nacionalismo y desconfía de las minorías étnicas que buscan un […]

  9. […] rodean. Así como exploró distintas variables del heroísmo en “Flags of Our Fathers”, Gran Torino, American Sniper y otras más, en su más reciente cinta titulada Sully: Hazaña en el Hudson, […]

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