Inception, engancharse o despertarse

Leonardo DiCaprio está dejando bien claro que no necesita hacer de vez en cuando alguna majadería para que su estrella no decaiga. Elige bien el material y elige entre los grandes, o seamos más exactos, los names (Scorsese, quien sin duda le tiene de favorito, Mendes, Scott, Boyle, Spielberg, Cameron y ahora Eastwood) lo eligen a él para dar consistencia, veracidad, solidez a sus personajes en busca de actor. Christopher Nolan, virtuoso cineasta donde los haya, que acaba de trabajar con él, opina que DiCaprio tiene un carisma extraordinario que le permite conectarse inmediatamente con el público y que basa su interpretación en las certezas del personaje, todo lo que haga tiene que tener sentido dentro del análisis que ha hecho del personaje. El autor de aquella magnífica y sorprendente Memento, 2000, por la que fue nominado al mejor guión, cree que el actor ha aportado un gran carga emocional a su último estreno, El origen (Inception). Puede afirmarse, sin caer en la exageración, que este cineasta con sus propias visiones de Batman y que aúna en sus proyectos el aplauso de crítica y público por su innovadora visión de este sueño que es el cine ha realizado la película del año, la película de los niveles, la película ¿de sus sueños?

¿Es que podemos pensar que aún le queda alguna neurona al Hollywood de los dineros? Tal parece, pues El origen es un producto mainstream con inteligencia artificial, un blockbuster con estilo. El laberinto de arquitectura argumental que nos propone Christopher Nolan con su producción de ciencia ficción, cuya estética permanece anclada en el clasicismo, tiene la virtud de ser recordado, es decir, permanece en el espectador dando vueltas horas después de haber finalizado.

Con un casting espléndido y una idea muy personal y a la vez tan universal -la fascinación por los sueños-, vehículo para doblar y redoblar las escenas de acción, El origen es una cinta hipnotizadora, impresionante, atractiva hasta el paroxismo, un tecno thriller que va más allá de lo posmoderno, porque ensambla un argumento laberíntico, una fotografía con densidad y volúmenes, acercándose, en lujar de alejarse, de lo que la dimensión gran cine ha significado siempre. A ello añadir una música de Hans Zimmer que acaba postrando al espectador en una absoluta sumisión por el ejercicio de concentración y comprensión del que una sola visión resultaría insuficiente. En todo caso su status de blockbuster es muy relativo, teniendo en cuenta que no está al alcance de cualquier paladar palomitero.

Dom Cobb/DiCaprio y su grupo son los ladrones internacionales del futuro, agentes especiales que trabajan en otra dimensión, la de los sueños. Cobb entra en la mente de los objetivos (personas) para robarles secretos, ideas; un trabajo mediante encargo. Un trabajo que implica su riesgo, y por el que se necesita engañar muy bien al subconsciente del sujeto a robar. Él es el mejor, el más especializado, aunque tiene un pasado oscuro, pero sabe rodearse de los mejores en cada especialidad, como Danny Ocean para desbancar un casino. Al igual que en el reciente personaje de Shutter Island de Scorsese, el técnico especial de Nolan arrastra una fatalidad, el suicidio de su esposa (magnánima interpretación de Marion Cotillard), por el que fue acusado y se le impuso la prohibición de entrar en Estados Unidos para estar con sus dos hijos. Este drama se manifiesta constantemente, ya sea porque no puede visualizar la cara de sus hijos, ya porque la proyección de su esposa aparece constantemente entorpeciendo la realización de su trabajo. Ésta es la carta dramática que le da humanidad a la extravagancia del realizador británico entre la pura acción muy inspirada en las cintas del agente 007 o el estilo Michael Mann, y el futurismo de Phillip K. Dick.

Una acción que danza con el tiempo y las secuencias, donde corren segundos en un puente lluvioso, en un sueño dentro de otro sueño se convierten en minutos en un hotel, y en otro sueño dentro de ese sueño son horas en una estación de esquí, o años en una playa. Un bucle onírico que nos pone a prueba.

¿Juega Nolan con el espectador desde el principio de la cinta? Así es, cuando llega un momento que no sabemos si los personajes están en un sueño o en la realidad. También juega con nuestro intelecto cuando le piden a Cobb un trabajo diferente, por el que podrá entrar en su país y volver con sus hijos. Saito (Ken Watanabe), alto cargo de una empresa energética japonesa, contrata a Cobb para insertar, en sueños, una idea en un rival, un joven heredero de un compendio asimismo energético, de tal manera que la idea parezca suya. No es una idea cualquiera. Es la idea por la cual hundirá la compañía de su padre. Ya lo repite un par de veces el personaje de DiCaprio, el parásito más peligroso que hay es una idea.

El ansia de volver con sus hijos hace que Cobb acepte sin muchos miramientos ni prejuicios, al fin y al cabo, no estamos ante una película cuyo objetivo sea denunciar los monopolios energéticos, ni mantener un discurso de denuncia, como no sea esa táctica de insertar las ideas pareciendo que son propias. Para llevar a cabo el plan con el que engañar al joven heredero, el extractor Cobb contrata a una arquitecta Ariadne/Ellen Page para crear los escenarios oníricos (urbanos lluviosos, interiores funcionales de hoteles, montañas nevadas o playas inmensas y desiertas), además de un químico para una sedación adecuada, una especie de actor-estafador y un técnico especializado que controla los tiempos. A ellos se unirá Saito en la aventura onírica, que incluye 4 niveles de sueño y del que solo se despertarán con la “patada”, formada por una pieza de música (en este caso el tema de Édith Piaf, Non, Je ne regrette rien), algo así como ese sobresalto que sufrimos al despertar transformado en una caída al vacío o la muerte.

Nos acercamos al impresionante clímax final, en el que Nolan demuestra su ingeniería manipuladora con nosotros, público expectante, nos aleja de la realidad y nos introduce en el sueño del cine. Nolan se ha alimentado de muchas fuentes cinéfilas, y propias, que no vamos enumerar para no repetirnos, de ello ya se encargan el resto de críticas. Nosotros, por si acaso, guardamos nuestro talismán en la mano, no vaya a ser que cojamos gusto a este exquisito sueño profundo y no queramos despertar.

Dir. Christopher Nolan | 148 min. | EE.UU. – Gran Bretaña

Intérpretes: Leonardo DiCaprio (Dom Cobb), Ken Watanabe (Saito), Joseph Gordon-Levitt (Arthur), Marion Cotillard (Mal), Ellen Page (Ariadne), Tom Hardy (Eames), Cillian Murphy (Robert Fischer), Tom Berenger (Peter Browning), Michael Caine (Miles), Dileep Rao (Yusuf), Lukas Haas (Nash), Pete Postlethwaite (Maurice Fischer).

Estreno en España: 6 de agosto de 2010.

Estreno en el Perú: 28 de julio de 2010.