La imagen inicial de Paraíso, que además ilustra su afiche, describe gráficamente su estructura. Un arbusto a medio florecer o medio seco, según se vea, rodeado de un paisaje desolado. Podríamos decir que la parte “florecida” representa los procedimientos convencionales empleados por el director Héctor Gálvez, mientras que las partes secas los no convencionales; sin estar del todo separados, ya que hay un delgado tronco y unas finas ramas que dan notable unidad al conjunto. La forma del arbolillo ampara la idea de una obra coral, con cinco personajes –en tránsito hacia la adolescencia– y sus respectivas historias más o menos entremezcladas. El resto es un enorme terral, físico y social.

Tenemos, entonces, una peculiar combinación. De un lado, personajes delineados en torno al desarrollo de conflictos u obstáculos, ya sea internos o externos, pero que por la naturaleza coral del filme aparecen algo disgregados. De otro lado, esa cierta desconexión deja espacio para la presentación de varias situaciones cotidianas, muy simples y sin pretensión de ir más allá de lo que muestran. Un elemento que une o facilita el tránsito entre ambos niveles es el uso del espacio en off. Es decir, hay escenas donde los personajes observan y comentan lo que ocurre fuera de la pantalla, pero nunca llegamos a ver lo comentado; e, inversamente, vemos a los chicos conversar, hacer planes y luego salir de pantalla para llevarlos a cabo, pero la cámara no los sigue sino se queda plantada un rato allí donde estuvieron.

En estos momentos puntuales transitamos del “aquí no pasa nada” a la acción, y viceversa. Este procedimiento apoya cierta fluidez entre ambos componentes del filme, los convencionales y los no convencionales. El resultado es una parcial desdramatización. Tenemos una cinta en la que los elementos emocionales que podrían generarse de la estructura dramática son subsumidos ya sea por el off de cámara como por el peso de lo cotidiano, que roza lo documental, sin llegar a ello. Las situaciones transcurren con y sin intencionalidad, los personajes se plantean pequeñas acciones que hagan llevadera su vida. Las historias son mínimas y los obstáculos, para ellos, enormes. Es interesante que tales obstáculos provengan, en primera instancia, de familias con padre ausente y en donde los chicos se relacionan principalmente con sus madres; cuando en realidad son obstáculos impuestos por el entorno de pobreza en el que viven. La ambientación muestra la precariedad material del lugar donde viven con tanta naturalidad que no necesitamos mayores interpretaciones de circunstancias o datos de la acción.

Sin embargo, hacia el final, inesperadamente, se produce un desahogo emocional, no excesivo pero que precipitará la rápida articulación del desenlace de la película. En el símil del arbusto, es como el nudo al que llegan los pocos ramajes y luego caen por el tronco para internarse bajo tierra, en las raíces, en el pasado. Mientras que los desenlaces de cada historia personal son provisionales y, hasta cierto punto, abiertos; ya que ninguno de los personajes pasa a una situación particularmente mejor de la que se encuentra. No hay mucha ilusión en estos chicos, sólo resignación, pese a la tenacidad con la que buscan sus metas (esfuerzos que resultan algo atenuados por la puesta en escena); con el trasfondo de un pasado no muy lejano y mucho peor, aunque sin llegar a ser sombrío del todo. Lo único cierto es la incertidumbre, un futuro donde caben las pequeñas esperanzas y se disimulan las frustraciones, grandes y chicas.

Los mejores momentos de Paraíso tienen que ver con el aprovechamiento del paisaje y su relación con estos jóvenes habitantes de un asentamiento humano urbano (y muy) marginal. Por ejemplo, cuando los muchachos van a las ruinas, suben al cerro y mentan la madre al mundo y con eco, o cuando visitan la tumba del amigo muerto o juntan su platita para comprar una botella de licor barato para “bautizar” la casa de esteras y calamina de uno de ellos. O la impresionante escena de los recicladores, que para muchos pasará desapercibida ya que al desarrollarse esta labor diaria ante nuestros ojos, la consideramos normal y hasta la ignoramos, cuando es una actividad masiva e insólita (como insólito también lo es Polvos azules o el centro comercial Gamarra, mostrados –por ejemplo– en El premio, de “Chicho” Durant).

Entre lo más débil tenemos las actuaciones. No porque sean necesariamente malas; de hecho, inicialmente pensé que todos eran actores no profesionales o que tenían que comportarse como tales, en busca de la mayor “autenticidad”; lo que, finalmente, podría estar dentro de las intenciones del realizador. El problema es el desnivel entre los dos intérpretes masculinos principales y las dos chicas y el tercer muchacho del grupo (e incluso respecto del resto del reparto), el que se acentúa en algunos momentos importantes de la acción. No obstante, hay que reconocer que la película está correctamente filmada y realizada. No es un panfleto ni un melodrama miserabilista, sino que busca retratar la vida de este grupo de amigos tal cual, a partir de situaciones cotidianas y de aspiraciones básicas; dejando de lado juicios morales y reduciendo el efecto emocional. No pertenece a la escuela de barroquismo audiovisual sino que se aproxima un poco al minimalismo, sin llegar a extremos a ese respecto.

Son pocos los artistas que yo conozca que han plasmado una visión del paraíso desde la perspectiva de niñez o de la infancia en pobreza extrema. Gustav Mahler es uno de ellos. No sé si Héctor Gálvez lo pretende con esta obra. Pero si así fuera, el suyo sería un paraíso taoísta; es decir, no un cielo al que llegamos como premio por una vida de virtud, sino un espacio ambiguo donde para que exista el bien y la felicidad, deben existir igualmente el mal y el sufrimiento; no como una compensación sino como un discurrir circular que se prolonga más allá de los umbrales del tiempo. Traducido a las alternativas de los personajes de esta cinta, el espíritu emprendedor, el afán de estudio y el trabajo familiar, deberán convivir con las palomilladas y arranchones en la calles; siendo claramente conscientes los protagonistas de este filme que no desean esa vida sin perspectivas y con “techos mínimos” de progreso y superación personales. Lo que sigue tras el final pareciera confirmar que así será, que la vida continúa, aunque la seguiremos en off. ¿Será este cine una nueva receta del desapego y la contención, un antídoto al desenfreno pasional, el inesperado trofeo que nos aguarda por nuestros propios intentos de elevarnos más allá de nuestras limitaciones?

ParaisoDirección y guión: Héctor Gálvez | 87 min. | Perú

Producción: Enid Campos, Josué Méndez
Fotografía: Mario Bassino
Edición: Eric Williams
Sonido: Francisco Adrianzén

Intérpretes: Joaquín Ventura (Joaquín), Yiliana Chong (Antuanet), José Luis García (Mario), Gabriela Tello (Sara), William Gómez (Lalo).

Estreno en el Perú: 15 de abril de 2010.