Luego de leer esta entrevista al gerente general de Cineplanet, la empresa de multicines más grande del Perú, y los comentarios que se hicieron al respecto en distintos medios online, como en el blog En Cinta del amigo Alberto Castro, algunas ideas se me vinieron a la cabeza, algunas reflexiones sobre lo que significa ver películas en estos días, en un país como el Perú.

Multicines en Lima, Peru (Foto: Agencia Andina)

Para comenzar, pienso que nos estamos equivocando si esperamos que el multicine como lo conocemos actualmente sea una especie de templo del cine, un lugar donde el visionado de ese objeto sagrado llamado película sea lo más importante. Si eso fue así en el pasado, dudo mucho que lo volvamos a vivir. (Y probablemente muchas personas de mi generación, treintañeros para abajo, ni siquiera llegamos a vivir tal época dorada). Considero además que esta realidad no es necesariamente algo negativo, es simplemente… distinto. Intentaré explicarme en las siguientes líneas.

Con los años de experiencia que tengo como espectador/consumidor, considero que el visionado de la película dentro de un multicine no es lo principal para el negocio de la exhibición. La película se ha convertido, más bien, en la excusa perfecta para atraer público a estos establecimientos cuyo principal negocio es vender popcorn y otros snacks. Estos son los productos que les ofrecen la mayor rentabilidad a las empresas exhibidoras, así que desde el punto de vista empresarial, se entiende porqué le dan tanta preponderancia a la venta de esos productos, por encima incluso de la experiencia del visionado de la película.

Por ejemplo, sobre la cada vez más extendida práctica de vender popcorn dentro de la misma sala, e incluso durante la proyección de la película: Es poco probable que las empresas exhibidoras (los multicines) estén haciendo esto si saben que van a mortificar y espantar a su público, sus preciados clientes. Todo indica que el público en general –no nosotros, “los cinéfilos”- le da más importancia a comodidades como esa venta delivery que a la proyección inmaculada y sin interrupciones de una película. El público quiere ver la película, sí, pero al parecer no les molesta perderse unos minutos del filme para atender al vendedor de canchita. (Por cierto, tampoco les molesta salir un toque al baño, o revisar su celular durante la proyección. Elaboraré sobre esto último más adelante).

“Ir al cine” se ha convertido, pues, en una experiencia que se desarrolla alrededor de la proyección de la película, pero que no se limita a ella, para nada, sino que incluye el consumo de otros aditamentos, comidas, bebidas, así como servicios extras, proyección con lentes 3D, salas con sillones especiales con efectos de movimiento, sonoros, etc. Y todo esto por supuesto, compartido con nuestros amigos o familiares. “Ir al cine” es una experiencia social. Lo sigue siendo, en todo caso.

Sin embargo, me gusta pensar que en la actualidad “El Cine” no se limita al multicine. Para mí, “Cine” es ver una película en esa sala oscura, con sillones grandes y olor a popcorn, como también lo es ver un Blu-ray en un buen TV LED, darle play a ese archivo de video que descargué o que elegí en el app de Netflix en mi laptop o tablet.

Como decía, ver una película ha sido siempre una experiencia social. Es cierto, al ver la película está uno y están las imágenes, esa es la relación inicial que se establece, de uno a uno, aparentemente solitaria. Pero al mirar estas imágenes se dispara también la necesidad de compartir nuestras sensaciones sobre lo que acabamos de ver. Antiguamente uno esperaría a que terminara la proyección, para luego conversar sobre el filme con los amigos, tomando un café. En ocasiones, se llegaría incluso a comentar algo, brevemente y en voz baja a la persona de al lado, durante la misma proyección. Así de fuerte es la necesidad de compartir la experiencia de ver una película.

En nuestros días esto es así: Uno sigue queriendo compartir estas sensaciones con los demás, utilizando entre otras cosas las herramientas con las que contamos hoy, léase el smartphone. Pero las normas sociales que ha establecido desde siempre una sala de cine no son compatibles con estas recién adquiridas costumbres: mantenerse callado y quieto a oscuras, durante dos horas seguidas, es un reto para más de uno. Aquí es cuando aparece como opción ideal el visionado de una película en la comodidad de tu hogar.

Al ver una película en casa, uno puede interrumpir el visionado a voluntad, para ir al baño, prepararse algo de comer, o chequear Twitter en el celular sin molestar a nadie, o repetir esa última escena que te gustó tanto o que no lograste entender completamente. Ventajas notables que, como todos sabemos, no se pueden conseguir en un multicine.

Desde hace ya un buen tiempo, realizar alguna de estas actividades durante el visionado de una película dejó de ser para mí un pecado mortal como cinéfilo. Esto fue algo que sentí validado cuando, al ver películas en casa junto a amigos que son mucho más tradicionalistas que yo al respecto (del tipo de los que aman el celuloide y extrañan los cines de barrio), noté que incluso ellos, puristas entre los puristas, no tenían reparos en revisar sus smartphones durante los tiempos muertos de la película rumana o filipina de turno. Ningún cinéfilo murió por hacer esto, ni modificó su valorización final de la película.

Viendo nuestro cine

Viaje a Tombuctu

Respecto a la discusión sobre el maltrato que recibe el cine peruano de parte de los multicines: Me parece que desde hace un par de años, las empresas exhibidoras han dejado de considerar al “cine peruano” como una categoría única. Para los multicines las películas peruanas ahora son o “películas de géneros comerciales” o “el otro cine”, tal como subdividen al resto de películas de otras latitudes. Para bien o para mal.

Desde la aparición de Asu Mare, los multicines se dieron cuenta que podían considerar a una película de “cine peruano” como “película comercial”, con las posibilidades de negocio que eso significaba para todas las partes involucradas, productores, exhibidores, distribuidores, etc. (E incluso con ventajas respecto a los blockbusters gringos: aca sí tienen a las estrellas de los filmes locales a su entera disposición, para promocionar día y noche sus productos/películas en medios masivos, una herramienta de marketing que Hollywood explota sin piedad).

Mientras tanto, el resto de películas nacionales, las “cintas de autor” que les dicen, continuarían recibiendo el trato que reciben todas las otras películas de intéres del cine mundial que logran asomar por nuestro país. Así, lo que por estos días sufre la peruana “Climas” (ser exhibida solo en cinco salas, en 16 funciones al día), lo sufrieron en su momento las estadounidenses “Boyhood” y “Foxcatcher”, o la japonesa “Like Father, Like Son”, por mencionar solo algunos estrenos recientes de películas de primerísimo nivel.

Retomando un poco la idea inicial de este rant: No creo que el multicine sea el lugar ideal para esperar ver ese “otro cine”, el peruano o de otras procedencias. El multicine y su público no son compatibles con ese cine distinto, que requiere mayor atención del espectador. Una “película de autor” sufre en ese ambiente rodeado de blockbusters y cajas de popcorn. Me parece que en vez de esforzarnos en lograr el preciado estreno de estas películas en multicines, deberíamos comenzar a crear más salas alternativas a este circuito comercial, algo que cineastas como la directora de “Climas” también propone, imitando lo que se hace en grandes ciudades del mundo.

Otros espacios ideales para ese “cine distinto” son las nuevas pantallas, que ya no son tan nuevas, y las cuales considero tan Cine (en mayúscula) como las pantallas del multicine o de la sala independiente. Me refiero a la proyección casera en todas sus variantes, en televisores, en computadores, en tablets.

Sí, siempre escucharemos a los que exigirán y desearán ver aquel esperado nuevo filme portugués o turco en “el cine”, en pantalla grande, con sonido Dolby, a oscuras y sin interrupciones mundanas. ¿Pero qué sucede si estás condiciones tan específicas no se llegan a dar nunca? ¿Se deja de ver aquel venerado filme, y se queja uno eternamente? ¿O nos adaptamos a los tiempos que corren, tomamos las herramientas con las que contamos, y vamos moldeando un nuevo estándar de visionado de películas?

Más que “renunciar y resignarse” a no tener nuestras películas favoritas proyectadas en pantallas gigantes en un sistema inventado hace más de un siglo, creo que debemos buscar opciones y así renovar la experiencia de ver cine. Porque al final de cuentas lo más importante siempre han sido las imágenes, las historias, y el feeling de verlas, oírlas y compartirlas, mucho más importante que el soporte, el ecran, la pantalla o los pixeles.