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[Crítica] Festival de Lima: «Hugo Blanco, río profundo», de Malena Martínez

Este es un documental sobre una de las figuras políticas más importantes del país en la segunda mitad del siglo pasado. Líder de la sindicalización de los campesinos y la recuperación de tierras en La Convención y Lares a comienzos de la década de 1960, precursor de la reforma agraria, corresponsal de Arguedas, miembro de la Asamblea Constituyente, diputado de la República, quien ahora, con más de ochenta años y llevando una vida austera, sostiene un discurso ambientalista y libertario más cercano al anarquismo proudhoniano que al trotskismo en el cual militó durante años.

[N.E.: El resto de este artículo puede contener spoilers]

El documental se concentra en la actividad de Hugo Blanco en la década de 1960, y en su vejez. La década de 1970, su paso por la Asamblea Constituyente, y la década de 1980, en la que fue diputado, son abordadas con menos profundidad y extensión, atendiendo quizá a sus propias palabras, según las cuales fue esa la época en que menos sirvió al pueblo. Aun así, el período de los años 80 es aludido por una pregunta de la documentalista sobre qué hacía Blanco cuando Sendero Luminoso y las fuerzas armadas mataban campesinos en el campo. La respuesta llega de una funcionaria de la Confederación de Campesinos del Perú, quien informa que Blanco fue miembro de comisión de derechos humanos del Parlamento, y del mismo Blanco, que cuenta la anécdota de su suspensión por 120 días a consecuencia de haber llamado asesino y genocida al general Noel, por entonces jefe del comando político militar de la zona de emergencia en Ayacucho.

Al pasar tan rápidamente por esa etapa de la vida del personaje, se omite su negativa a aceptar la propuesta de colaboración que le hizo el gobierno de Velasco a cambio de su libertad, su excarcelación (pese a todo) e inmediata deportación por orden del mismo gobierno, su exilio y su retorno al Perú para las elecciones a la Asamblea Constituyente en 1978, su nueva deportación y reclusión en una cárcel argentina junto a otros dirigentes de izquierda, su retorno triunfal al Perú después de haber sido elegido con la tercera votación preferencial (solo aventajado por Haya de la Torre y Bedoya Reyes), su candidatura presidencial por ARI (con Alfonso Barrantes y Horacio Zevallos como aspirantes a las vicepresidencias), y la división (en la que jugó un papel decisivo) de esa alianza electoral que pudo haber llevado a la izquierda al gobierno. El tránsito raudo de la esperanza a la decepción.

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Esos recuerdos, sin embargo, son los de otra generación, mayor que la de la documentalista y menor que la de Blanco. Malena Martínez conduce el documental desde la perspectiva de su edad, y se plantea interrogantes que sus contemporáneos podrían hacerse: ¿Qué relación hay entre la gesta de Blanco en la década de 1960 y la acción subversiva de Sendero Luminoso en la de década de 1980?, ¿cuáles son las diferencias entre la lucha campesina, la lucha guerrillera y la de Sendero Luminoso?

Estás preguntas son formuladas al inicio del filme, que tiene tres partes muy definidas. En la primera se muestra con material de archivo el regreso de Blanco al Perú en 1978 y se retrocede de inmediato hasta los años 60 para relatar, también con material de archivo, sus acciones como dirigente campesino, su apresamiento y condena, y su correspondencia con Arguedas. La voz de la documentalista da al filme –en esta parte- un tono personal, pero el texto lírico y las imágenes antiguas enfatizan la melancolía y un tiempo pasado demasiado lejano. Al final de esta parte, la documentalista retoma sus interrogantes iniciales motivada por una frase de Arguedas en una misiva dirigida a Blanco: la violencia que el escritor avizoraba en los Andes en los años 60 se produjo en los 80, pero no el efecto liberador deseado, sino todo lo contrario.

La segunda parte del filme comienza con unos planos de detalle del cuerpo de Blanco, al parecer dormido, como si la cámara quisiera entrar más allá de su piel. Un plano entero lo muestra a continuación sentado, descansando, con los pies en un lavatorio, aliviándose tal vez después de una larga caminata. El aspecto de anciano apacible y en retiro que tiene en esa imagen es engañoso, como lo son las escenas que le siguen de inmediato. Un aula de San Marcos casi vacía en la que ofrecen una conferencia viejos dirigentes de la izquierda de los años 60 mientras jóvenes con audífonos sentados en el pasillo fuera del salón ignoran por completo la identidad de los ancianos contertulios, así como el vetusto local de la Confederación Campesina del Perú, con polvorientos expedientes y muebles desvencijados, son escenarios crepusculares de deterioro y olvido. Luego Blanco y el también anciano Enrique Fernández Chacón aparecen elaborando su periódico Lucha Indígena y tomando café en un estrecho local; pero cualquier asomo de conmiseración desaparece apenas Blanco empieza a contar anécdotas con buena memoria, seguridad y picardía. Más que un giro, el documental da un vuelco debido al carisma del personaje.

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Las imágenes que siguen lo ubicarán en el campo, en La Convención, escenario de su gesta juvenil, donde es celebrado, rodeado de personas maduras y ancianos que lo saludan efusivamente, y niños y jóvenes que registran su imagen con celulares. Allí no ha sido olvidado y es escuchado con respeto. En el campo, su hábitat, parece recuperar vitalidad y desenvolverse en el tiempo presente, no más en el pasado nostálgico.

En una última parte, caminará con la documentalista al aire libre, y responderá a las preguntas iniciales. Deslindará con el MIR, el Che Guevara y Sendero Luminoso, con lucidez pero sin concesiones ideológicas (“sí, son revolucionarios, pero equivocados”). Se alejará después, y ya en un nuevo escenario, urbano y nocturno, se le verá caminar por una vereda con sombrero, sandalias y morral, en una imagen que evoca a Guamán Poma en la Lima contemporánea de algún cuadro de Enrique Polanco, mientras la voz de la realizadora dice en un poema que el Hugo indio y caminante andará más allá de su sombra de Hugo Blanco.

Pese a la evidente admiración de la realizadora hacia Blanco, el documental es lo suficientemente abierto para dejar que se introduzcan las contradicciones del personaje. Así, mientras él se opone al concepto de líder, rechaza cualquier imposición individual o de partido, y reafirma la supremacía de la decisión colectiva de las bases, su conducta es todo el tiempo la de un protagonista que cuando no tiene la cámara delante, la busca, como en la escena del bloqueo de la carretera en Cajamarca. Desde las fotos perfectamente compuestas que se hizo tomar durante la resistencia campesina de la década de 1960 hasta el mismo filme de Martínez, pasando por su impactante y decisiva aparición televisiva en las elecciones de 1978 y su silueta impresa en banderolas y carteles, Blanco ha contribuido a la construcción de su propio icono.

Sin embargo, parece decirnos el filme hacia el final, que más allá de la imagen (auto)construida del político algo más profundo perdurará: la denuncia de las iniquidades de los poderosos y la búsqueda de un orden nuevo del indio centenariamente caminante que Blanco también ha representado en su larga vida.

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2 comentarios

  1. […] y la cámara que en ángulos frontales presenta a personajes tan políticos como Héctor Bejar, Hugo Blanco, además de Nelson Manrique, Zoila Sandoval, Antonio Zapata, entre otros analistas. (La cuota de […]

  2. […] José María Arguedas, partes de una entrevista al escritor Manuel Scorza y al dirigente campesino Hugo Blanco, entre otros testigos de la […]

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