D’A Film Festival 2020: ¿La nueva normalidad?

¿Quién le teme a los cambios en el cine? Personalmente, yo que he convivido con dichos cambios desde que tengo uso de razón y hasta hoy, no. En edad preescolar ya daba por sentado poder ver un clásico de Disney en VHS. Cuando terminaba la primaría escuchaba a compañeros de colegio alardear sobre la posibilidad de ver películas sin distorsiones (¡y sin rebobinar!) con un DVD. Poco después de la secundaria fui testigo del nacimiento del cine en alta definición en dos formatos, el Blu-ray y las copias digitales. En la universidad ya adoptaría el hábito de juntarme con amigos para ver algo en Netflix. A todo esto hay que sumarle la evolución de las propias pantallas caseras y móviles. Paradójicamente, siempre he preferido y preferiré ver cine en una sala de cine. Creo que por eso puedo comprender la nostalgia de mis antecesores por mundo analógico que se va desintegrando a la luz de la tecnología.

Lo que no puedo comprender, ya no solo es la fobia de ciertos miembros de la industria a las posibilidades que ofrecen dichos cambios, sino la doble cara que pueden adoptar con tal de no ser expulsados del paraíso. El año pasado fue Steven Spielberg, rechazando abiertamente la elegibilidad de películas producidas por plataformas de streaming para los premios Oscar pese a producir una serie para Apple TV+, plataforma que también incluye películas. Este año, con el perverso contexto del cierre total de salas de cine y la cancelación de todo tipo de festivales, y tan solo semanas después de apostar por el proyecto benéfico We Are One con otros festivales internacionales, el director de Cannes Thierry Frémaux ha afirmado lo inaudito: «los festivales online no son festivales”. Lo más desafortunado es que lo ha dicho justo un día después de que un joven festival de Barcelona demostrase lo contrario. 

La noticia se resalta poco fuera de medios catalanes (y de la comunidad hipster barcelonesa) pero no es necesario saber catalán para entender el acierto del D’A Film Festival en habilitar una versión online: 215 000 reproducciones en solo 10 días. Nada mal para un festival de cinema d’autor que, sin ser de los más conocidos en el panorama descentralizado español, ya demostraba consolidación al celebrar su décima edición. Yo al menos lo desconocía a diferencia de dos festivales españoles de similar antigüedad que curiosamente nacieron como iniciativas digitales: Márgenes y Atlántida. Aunque de enfoques distintos (cine iberoamericano y cine extranjero, respectivamente) ambos festivales comparten la labor de difundir títulos inéditos para la exhibición comercial española. El segundo, que cuenta con sede física en Palma de Mallorca, se difunde por la plataforma de streaming española Filmin. Justamente fue esta plataforma la que acogió la versión online del D’A de este año y la que me permitió enterarme y disfrutar de su existencia. 

Como suscriptor de Filmin no me hizo falta pagar más para acceder a la programación “reducida” del festival (un 75% del contenido original): 44 largometrajes y 19 cortometrajes. Un verdadero baúl de tesoros para unos ojos que previamente lloraron la pérdida del festival Cinelatino en Toulouse (ciudad en la que me agarró el confinamiento) y que extrañaban la sorpresa de los estrenos comerciales. La oferta era más que suficiente para una cuarentena en la que, seamos honestos, tampoco sobra el tiempo para una cinefilia desbordada entre videoconferencias, deberes, vicios, (intentos de) ejercicio y mensajes. El formato online resultaba provechoso para el D’A por extender su público fuera de Barcelona y por combinar la flexibilidad de un servicio de streaming y el límite de tiempo de un festival convencional. A diferencia de los festivales online orientados a títulos inéditos, el D’A prometía una experiencia satisfactoria por su condición de festival físico y su enfoque en directores renombrados como Christophe Honoré. Como si hiciera falta más, la promoción fue acompañada de una campaña viral que incluía un divertido recomendador y una genial animación a cargo de la compatriota Rocío Quillahuaman. 

Seguramente para su público habitual el D’A no sería el mismo sin la posibilidad de disfrutar las proyecciones en compañía de directores y actores presentando sus obras y respondiendo preguntas en directo. Esta debe ser la otra gran razón, junto con la compleja gestión de derechos de explotación, por la cual Frémaux no contempló una versión online para Cannes. Lo cierto es que la pérdida de este componente participativo hoy se puede compensar a través de redes sociales que desde hace años utilizan instituciones culturales prestigiosas como el MoMA sin perjudicar la calidad de sus eventos. El D’A no solo intentó recrear la experiencia de asistir a una película de festival (y al mismo tiempo distinguir su sección del resto del catálogo de Filmin) incluyendo breves introducciones de los directores y una cabecera publicitaria en sus títulos respectivos. También habilitó su canal de Instagram para entablar charlas en directo con los artistas y aprovechó la función de valoración de Filmin para determinar la ganadora del premio del público. En ese sentido sus organizadores lo tenían claro: no iban a ofrecer una versión descafeinada, instantánea y barata del festival sino un formato casero que capture su esencia. Ciertamente, como buen café pasado, sus títulos fueron capaces de despertar mis sentidos aún estando fuera del contexto físico ideal.   

A continuación les comparto una selección de lo que pude ver en esta edición por orden de preferencia: 

Saturday Fiction (Lou Ye, China, 2019)

Shanghai, 1941. En plena ocupación japonesa la célebre Jean Yu regresa desde Hong Kong para protagonizar una obra dirigida por un viejo amante. Pero sus motivos parecen ser otros pues trabaja en secreto como espía para los aliados que están por descifrar el ataque a Pearl Harbor. Se inserta así en una atmósfera que combina el glamour de su profesión con la tensión y violencia de la guerra, acechada por personajes de dudosas intenciones que parecen extraídos de la obra ficticia en la que actúa. El veterano Lou Ye, miembro de la sexta generación de cine chino, esconde una excitante trama bélica tras la bella fachada de un drama histórico en blanco y negro donde la cámara es otro personaje. La sensualidad de Gong Li como actriz y espía es imperdible. Ofrece una meticulosa puesta en escena y una narración trepidante con sabor a Jean-Pierre Melville. Fácilmente pudo dividirse el León de oro del 2019 con Joker.       

On the Ends of the Earth (Kiyoshi Kurosawa, Japón, 2019)

Kiyoshi Kurosawa dirige una carta de amor a Uzbekistán que no esconde sus defectos como el desorden urbano pero que realza la belleza de sus costumbres y calidez humana. Narra las peripecias de Yoko, una periodista japonesa que intenta disimular su incomodidad mientras prepara un reportaje en clave turística sobre la nación del centro asiático. De ritmo pausado y desarrollo impredecible, la historia adquiere matices de comedia con una protagonista cuya verdadera vocación es el canto. Esto no será sorprendente para quienes la identifiquen como la estrella de J-pop Atusko Maeda. Lo que sí sorprenderá es el rango de emociones que contribuye a un personaje aparentemente ingenuo. El director logra capturar fabulosas estampas de locaciones mundanas y simbólicas de un país poco explorado en el cine mundial.     

Aznavour by Charles (Marc Di Domenico, Francia, 2019)

Más que una autobiografía, un diario audiovisual inédito realizado por el cantautor franco-armenio durante sus viajes alrededor del mundo que coincidieron con momentos cumbre de su carrera. El montaje de Di Domenico, realizado a petición del propio Aznavour, permite descubrir una sensibilidad fílmica de la talla de los autores de la nueva ola francesa. La corrobora con frases maravillosas como “filmo, por lo tanto, existo” o “algunos filman para mantener una distancia pero yo filmo para acercarme”. Naturalmente sus canciones emblemáticas aparecen aunque con ciertas alteraciones que encajan con el tono intimista y experimental del documental. Una vida ajena nunca resulto tan envidiable por su ostentación de experiencias, y un famoso nunca resultó tan humano por su agradecimiento a la vida.

My Mexican Bretzel (Núria Giménez, España, 2019)

Segundo documental basado en un diario audiovisual pero de un espíritu mucho más vanguardista. La historia que transmiten las imágenes es la de una pareja pudiente que disfruta una vida llena de romance y viajes exóticos entre los idealizados años 40 y 60, digna de una película de Douglas Sirk. Los subtítulos nos hablan de Vivian Barret y su esposo León, una pareja que calza con la de las imágenes pero que incluyen detalles sobre enfermedades, miedos y traiciones que oscurecen el glamour superficial. El silencio inquietante que predomina en el film refuerza la idea de que nada es lo que parece. Un ejercicio estrictamente voyeurístico de atractivo vintage pero de resonancia vigente en la era de Instagram. Premiada recientemente en Rotterdam y merecedora del premio del público del D’A.    

Chambre 212 (Christophe Honoré, Francia, 2019)

La película inaugural del D’A es la más reciente de Christophe Honoré, auteur consagrado y especializado en amores problemáticos. Aquí aborda un matrimonio desgastado en el que la mujer, luego de años de refugiarse en amantes universitarios, decide partir a un hotel frente al domicilio conyugal. Esa noche el surrealismo cobra vida en forma de personajes de su pasado incluyendo una versión joven de su esposo y la veintena de amantes que le siguieron. Puede que se presente como una comedia romántica pero el film nunca abandona el tratamiento solemne del aspecto trágico de una ruptura. Su meticulosa dirección de arte permite generar un ambiente de sueño convincente. De ahí que este titulo me produzca una satisfacción muy similar a la de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos. El excelente rol protagónico de Chiara Mastroniani le valió el premio de Mejor Actriz de Una cierta mirada en Cannes 2019.              

Las buenas intenciones (Ana García Blaya, Argentina, 2019)

Un tercer film que incluye grabaciones caseras (aunque ficticias) para reforzar el ambiente ochenteno de este dramedy argentino con fuerte carga rockera. La vida de Amanda y sus hermanos transcurre con normalidad entre las casas de sus padres divorciados hasta que la madre decide que sus hijos irán a vivir con ella a Paraguay. Respondiendo a su fuerte conexión con el padre, Amanda se opone y se vuelca en una misión contrarreloj para evitar una separación decisiva en su corta vida. García Blaya ofrece una mirada honesta y afectuosa al pasado a través del alter-ego formidable que da vida Amanda Minujin. Un film ligero pero apasionante que rinde homenaje a la banda del padre de la directora, Javier García Blaya, elevando su música al nivel de Charly García en el soundtrack. Premio de la Juventud en San Sebastían en 2019.

Los lobos (Samuel Kishi, México, 2019)

Un drama de migración que desafía el tono miserabilista de la mayoría y que prefiere ahondar en la inocencia de sus protagonistas infantiles. Si bien su joven madre es la verdadera heroína, el relato gira en torno a los hermanos Max y Leo que deben permanecer diariamente en un pequeño apartamento aprendiendo inglés, jugando a ser lobos y escuchando las grabaciones de su abuelo. A través de ellos y los vecinos de su entorno el director provee suficientes detalles de lo complejo que es crecer como indocumentado pobre en Estados Unidos. Sus pequeñas secuencias de animación, su representación de la solidaridad entre migrantes y los retratos de gente obrera que aparecen a lo largo del film lo distinguen aún más de cualquier otro. Recientemente galardonada en la sección Generation de la Berlinale.        

Little Joe (Jessica Hausner, Austria, 2019)

Jessica Hausner, autora de títulos bizarros con tendencia hacia el thriller, ofrece en esta ocasión uno que se nutre de la ciencia ficción. Alice trabaja en el desarrollo de una planta terapéutica que promete hacer felices a quienes la cuiden. Bautizada con el nombre de su hijo, la planta pronto da señales de eficacia en su propio hogar pero no de la forma como Alice espera. Little Joe homenajea a clásicos como La tiendita del horror y La invasión de los usurpadores de cuerpos pero se distancia de sus conceptos de humor y terror para generar un ambiente pertubador minimalista y una brillante sátira de una sociedad altamente medicada. Una historia que resulta especialmente paradójica en tiempos de pandemia. Emily Beecham se alzó con el premio a Mejor Actriz en Cannes gracias a su complejo rol protagónico.


***   

Con excepción de dos títulos que me dejaron indiferente, considero que la programación del D’A online fue ampliamente satisfactoria además de coherente con el tipo de cine que pretende difundir. Aún si el concepto de auteur se ha ido desgastando desde su origen en las páginas de Cahiers du cinema al punto de ser casi sinónimo de “independiente”, la versión del D’A resulta convincente y generosa al abarcar una pluralidad de voces comprometidas con un cine libre de convenciones y expectativas. Cabe destacar que ésta es una selección igualitaria no solo respecto al sexo sino también a la nacionalidad y a la trayectoria de los autores. El hecho de que pude descubrir más nombres de los que conocía, y que en otro contexto probablemente hubiera ignorado sus respectivas reputaciones, confirma que el festival hace justicia a su nombre. Pude encontrar películas de todo tipo como consta en mi selección pero el grueso del programa lo dominaron dramas intimistas, vanguardias ligeras y rom-coms alternativas, algunas protagonizadas por celebridades europeas. En ese sentido tiene un perfil más bien bohemio pero arriesgado, digno de una afición hipster como la del simpático mediometraje El corazón rojo (Marc Ferrer, España, 2020). No extraña pues que haya sido uno de los primeros festivales en apostar por la opción online de emergencia. 

Al margen de que su éxito es más que suficiente para hacer reflexionar a Frémaux, ¿hasta qué punto ésta edición del D’A será anecdótica y no la primera o incluso el modelo a seguir para otros festivales físicos en una era post Covid-19? Evidentemente, como el teletrabajo y otros procesos virtuales que requerían un empujón final para consolidarse, el visionado (legal) de películas por Internet dejó de ser una alternativa para ser la norma global. Desde el polémico estreno de Trolls World Tour hasta la liberación de títulos peruanos durante el confinamiento, no hay duda que la supervivencia del séptimo arte pasará por la superación de nuestra tecnofobia y la consecuente reestructuración de las ventanas de distribución. Por supuesto que la protección de las salas de cine es vital en dicha reestructuración y no parece que en esto haya reticencias por parte de los nuevos actores como Netflix. Pero volviendo a los festivales, la colaboración del D’A con Filmin sugiere que las plataformas de streaming son los socios idóneos para facilitar su transición a Internet por contar con servidores confiables e interfaces familiares. (Basta recordar que el próximo We Are One se difundirá a través de YouTube). Sería incomprensible que los organizadores de festivales no pudieran trabajar con estas compañías con las que ya trabajan distribuidores y creadores desde la última década. 

Reitero de que el aspecto más positivo de esta sinergia es que los festivales podrían extender su público fuera de sus limitadas sedes y pasar a convertirse en fenómenos culturales de alcance nacional. Tendrían así el potencial de recuperar el magnetismo que alguna vez tuvieron los estrenos cinematográficos gracias a la gran capacidad de congregación de las plataformas online y a la limitación temporal de las películas. En el caso del D’A, por ejemplo, los títulos de apertura y clausura lograron una expectativa ligeramente mayor que el resto por estar disponibles a partir de una hora concreta. Otro festival podría optar por restringir toda la programación para maximizar su capacidad de tendencia. En cualquier caso el solo hecho de congregar a miles de espectadores en simultáneo vía Internet revolucionaría y democratizaría el concepto del festival de cine, sobre todo para quienes nunca los han podido disfrutar. Pienso en los casos de Venecia o Cannes que para mí hasta hoy son más espejismos de los que apenas solo puedo ver sus logos al comienzo de películas seleccionadas o premiadas. Naturalmente estos festivales de clase A difícilmente se verán presionados a recurrir a nuevas audiencias para mantenerse relevantes. Más bien para el resto de festivales la medida podría significar la diferencia entre la continuidad o el olvido teniendo en cuenta la desoladora crisis económica que viene.     

También entiendo que una transición así debe implicar más que un simple intercambio de llamadas. En el caso del D’A y Filmin imagino que el respaldo de subvenciones catalanas, españolas y europeas tiene que haber facilitado y agilizado dicha gestión. De momento no se sabe si repetirán el formato el próximo año en parte porque el panorama de “la nueva normalidad” sigue siendo incierto mientras la distancia social sea la mejor forma de prevención frente al virus. Sinceramente creo que, aún si el aforo habitual en salas es posible, la versión online siempre podría habilitarse para quienes se queden fuera de la experiencia física. Todavía queda mucho por debatir en este tema entre los propios representantes de la industria como consta en un reciente artículo de la publicación asociada a la plataforma MUBI. Pero queda claro que, al igual que con los estrenos online de blockbusters, ya nada volverá a ser como antes y nadie entendería un retroceso luego de comprobar la efectividad y la satisfacción de acceder a un festival de cine desde casa. Estoy seguro que la mayoría de espectadores están más que dispuestos a habituarse a esa nueva normalidad cinéfila aún si una sala de cine siempre será el mejor templo para venerar el séptimo arte.   

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