Al igual que Perú, México es un país que cuenta con una gran diversidad lingüística, donde se hablan nada menos que 68 lenguas indígenas. Dos de ellas son el mazateco y el mixteco, los idiomas maternos de Adela García y Marcelino Mejía, respectivamente. Ellos son los protagonistas del documental “Cuando cierro los ojos”.

Este filme dirigido por la cineasta mexicana Michelle Ibaven y el español Sergio Blanco presenta los impactantes testimonios de Adela y Marcelino, quienes tienen en común una terrible realidad. Ambos son indígenas que fueron acusados de crímenes que no cometieron y fueron encarcelados, sin pruebas y sin la defensa de un abogado.

Al no hablar español, ni siquiera contaron con la asistencia de un intérprete que les permita comunicarse con el juez para defenderse. Lo más alarmante es que fueron maltratados física y psicológicamente hasta que confiesen los supuestos asesinatos de los que se les acusaba y los obligaron a firmar una confesión, en documentos redactados en una lengua que ellos no hablan ni comprenden.

A lo largo del documental, escuchamos las voces de Adela y Marcelino, quienes se turnan el rol de narrador y cuentan sus experiencias en su lengua materna. Pocas veces los vemos frente a la cámara, pero cuando su presencia ocupa la pantalla dejan una impresión difícil de sacudir, por la dureza de sus testimonios y la gravedad de las injusticias que han padecido.

Los directores optan por no abusar del recurso (tan común en los documentales) de las “cabezas parlantes”, es decir, el primer plano de un entrevistado que le habla al espectador dirigiéndose a la cámara. La mayor parte del tiempo, mientras escuchamos a Adela y Marcelino, vemos en pantalla las imágenes de sus familiares en casa, realizando actividades cotidianas.

La edición también privilegia el uso de imágenes de la naturaleza en todo su esplendor, tales como olas del mar, cangrejos corriendo por la arena, flores y plantas moviéndose al viento en un día soleado. Es la representación de esa libertad que le ha sido negada a Adela y Marcelino. Y al mismo tiempo, son imágenes inofensivas que nos permiten concentrarnos en la contundencia de sus palabras.

Entonces, el título del documental cobra un significado evocador y poético, pues cuando estos dos prisioneros cierran los ojos añoran esa esa vida que se abre paso afuera, mientras ellos están encerrados injustamente. Incluso Adela cuenta que en las noches sueña con sus hijos y que su bebé no la reconoce.

Durante los largos años de encierro, ambos llegan a la conclusión de que su único “crimen” es no hablar español en un país que margina y castiga a los indígenas que no se comunican en ese idioma. Marcelino dice: “Espero poder hablar español algún día, así voy a poder defenderme”. Por su parte, Adela confiesa el aislamiento que le produce no hablar ese idioma: “No hablo con nadie, ando sola, quiero contarles cómo me siento”.

Las estadísticas son indignantes. En México el 80 % de hablantes de un idioma indígena que están en prisión no contó con un intérprete durante su proceso judicial. En Latinoamérica, los pueblos originarios no solo son olvidados, también son víctimas de abusos que buscan hacerlos invisibles. “Cuando cierro los ojos” les da voz y rostro, permitiendo que el espectador haga algo que el propio sistema judicial de su país no fue capaz de hacer: escucharlos y entenderlos.

Esta crítica forma parte de nuestra cobertura especial del 2° Festival de Cine Latinoamericano en Lenguas Originarias, que se realiza del 11 al 15 de marzo del 2021.