Rafael Arévalo contempla en Cinema Inferno la caída de las salas de cine y las mimetiza con la de los proyectos editoriales impresos ante la dominante digitalidad. Una revista cultural que duró 30 años va a publicar su edición de despedida y su director asigna al reportero “más cinéfilo” una crónica sobre los cines viejos de Lima porque quiere dedicar su último espacio a “las causas perdidas”. “Ya nada es sagrado”, farfulla. Como ya no hay fotógrafo disponible y el escribiente no tiene cámara, le dice que use el celular nomás, total, si las nuevas generaciones quieren ese estándar eso les darán.

Y entonces, como el obrero italiano que buscaba su bicicleta robada en Roma o el investigador que exploraba el misterioso significado de “Rosebud”, empieza el vagabundeo del periodista por el frontis de nuestros antiguos santuarios, no sólo de salas comerciales, sino también de la Filmoteca de Lima. Aparecen muchos cines del ayer cercano y lejano convertidos en templos religiosos, galerías, ferreterías, restaurantes, colegios, casinos y demás establecimientos que ocultan la magia que irradiaron en el pasado, con grave deterioro físico y de ornato en algunos casos. De modo excepcional, algún teatro tomó la posta y mantuvo la fantasía.

Arévalo hace el réquiem de una época y siempre con estilo que juega con los insumos. El reportero que va fumando, bebiendo licor y tosiendo cada vez más, anda por las calles de todos los rincones de una Lima parchada, pintarrajeada, mayoritariamente barrial pero también residencial con el fantasma de Camino Real, y frente a los locales se topa con personajes espectrales que, sin guardar sincronización entre imagen y sonido y usando más bien la voz en off, le transmiten su nostalgia por el cine perdido, valoran que deberían ser protegidos como patrimonio cultural y le exhortan, como la voz de su conciencia, a ingresar por lo menos a uno, a pesar del trauma que arrastra desde la juventud. Por ahí alguien habla de “Los Goonies”, otro de una historia truculenta. Una de esas comparecencias es de su hija que le recuerda que estudia actuación, que él nada sabe de su vida y que no la llevaba al cine cuando era menor de edad. La cinefilia es a menudo solitaria, por supuesto. Visita también El Cinematógrafo de Barranco, un pilar del cine peruano, y un transeúnte recuerda la inauguración con la exhibición de “Ran” de Kurosawa.

Así, con suave compás, Arévalo nos lleva del declive del impreso al ocaso del cine tradicional, a la pérdida del paisaje urbano y del patrimonio arquitectónico y cultural inmaterial, al olvido del compartir de barrio y a la soledad de las relaciones personales, y al triunfo de la fórmula por encima del estilo. Y agrega un mix de “Regresa” de Lucha Reyes, la última exclamación de dolor.

Podrán ver esta película, de manera gratuita del 11 al 17 de octubre, en el sitio web del Festival de Cine de Trujillo.