El primer largometraje de la directora chilena Francisca Alegría es un drama familiar con rasgos de realismo mágico y de enfoque sombrío y naturalista que transcurre en la ciudad de Valdivia, en el sur de Chile. Cuenta la historia de Cecilia (Leonor Valera) que viaja con sus hijos al hogar de su infancia, el establo de vacas de su anciano padre Enrique (Alfredo Castro), para encontrarse con la noticia de la misteriosa reaparición de su madre Magdalena (Mia Maestro) a quien daba por muerta hace mucho tiempo. El hecho desencadenará revelaciones sobre el pasado de la familia y eventos que repercutirán en el destino de la granja lechera. 

Se trata además de una obra inspirada en el corto “Y todo el cielo cupo en el ojo de una vaca muerta”, dirigido por Alegría y que en 2017 se quedó con el premio del Jurado de Cortometrajes en el Festival de Sundance. 

Desde su ampuloso título, la película insinúa una trama que tiene tanto de fábula ecológica como de relato distópico y rural que juguetea con el suspense. Una intriga atrapada entre lo real e irreal, entre lo literal y lo metafórico, que se abre con la imagen de Magdalena emergiendo de las aguas de un rio donde los peces mueren debido a la contaminación de una fábrica de celulosa cercana. Es un personaje errático, poseedora de alguna facultad paranormal (como encender a su paso celulares y artefactos eléctricos) y sin voz que intenta hacer contacto con los suyos, aunque provocará en ellos distintas reacciones: de rechazo y temor en los mayores, de curiosidad y fascinación en los más jóvenes. 

Si bien la premisa pareciera apuntar al género de terror, la película prefiere deslizarse hacia otro rumbo: el de una alegoría sobre el daño que el lucro y la sociedad patriarcal han infringido a la naturaleza y a las mujeres, y cómo las agredidas responden a ello. La puesta en escena privilegia en todo momento ese punto de vista ilustrándolo en distintas escenas. Las vacas explotadas y las abejas casi extinguidas de la granja reaccionan y se rebelan ante la visita de la matriarca muda; un himno premonitorio de un mundo en crisis se escucha a lo largo de la banda sonora; los personajes femeninos saldan asuntos pendientes con la familia patriarcal.  

La ópera prima de Alegría se sostiene en las actuaciones de su experimentado elenco, y en la fotografía del peruano-chileno Inti Briones que proyecta a los escenarios naturales un clima ominoso e hipnótico, aunque esa extrañeza que la historia transmite en su primera mitad se desvanezca para dar paso a la metáfora solemne y aleccionadora, con algunos giros gratuitos que no suman al descenlace (como el encuentro de Magdalena con un grupo de motociclistas). Su estilo se asemeja al de filmes latinoamericanos recientes como “Clara sola” (2021), de la costarricense Nathalie Álvarez Mesén, sobre mujeres que conjuran con sus cuerpos y sus existencias los males contemporáneos, y los transmiten con una carga simbólica significativa en sus imágenes.