En los últimos años — como lo demostraban Bustamante y Luna Victoria en el libro “Las miradas múltiples”— en Perú se estrenaron comercialmente más largometrajes regionales que limeños, aunque apenas solo el 12% haya llegado a las multisalas del país. Estos espacios, que debieran servir para que las películas trasciendan los círculos regionales o alternativos, paradójicamente han terminado aislando al espectador común, dejándolo a merced de una oferta por lo general repetitiva y mediocre. 

Que siga siendo así es una gran pérdida para todos y todas quienes por esta causa solemos perdernos el cine más interesante que se produce en el país, el cine regional. En efecto, el futuro del cine peruano está ya en las regiones, será protagonizado, contará historias y abordará cosmovisiones de hombres y mujeres de culturas diversas (y no solo de las ciudades o de la gran ciudad);  y en gran medida, estará hablado en lenguas originarias. Por ahora su epicentro está en Puno, tiene en el recientemente fallecido Óscar Catacora a su director emblema más moderno, en cineastas como Henry Vallejo a su ejército de avanzada, y en películas como “Wiñaypacha” (hablada en aymara) y “Manco Cápac” (hablada en quechua y español), a parte de sus primeros referentes.

Para contrarrestar su poco alcance entre el gran público es hasta natural que poco a poco vayan asentándose iniciativas como la del Tercer Festival de Cine Latinoamericano en Lenguas Originarias, que este año se realiza del 10 al 16 de marzo en formato híbrido, presencial en Cusco, pero también en modalidad virtual. En su selección oficial hay películas de Colombia, México, Chile, Guatemala, entre otros, incluyendo por supuesto producciones peruanas. 

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Una de ellas es la multipremiada “Manco Cápac”, segundo largometraje dirigido, producido y coescrito por Henry Vallejo, que tiene mucho de un emprendimiento familiar, puesto que el financiamiento, la dirección de fotografía y sonido, el diseño de producción, la música, y la edición fueron asumidos, a veces compartiendo tareas, por su madre, y sus hermanos Flor, Carlos, César y José. 

El largometraje aborda la dureza de la migración del campo a la ciudad desde la mirada de Elesbán, un joven que a ojos citadinos puede parecer introvertido, pero que en el fondo solo es alguien enfrentando con las armas de sus vivencias previas la dureza con la que hoy cualquier ciudad grande trata a un extraño al que percibe diferente y, sobre todo, inferior. Alguien que está solo, y que es, esencialmente un abandonado: lo abandona su amigo que le prometió un trabajo, y en una ciudad donde no conoce a nadie; lo abandonó su padre a quien conoció recién dos años antes y que no siente afecto ni responsabilidad por él, su madre que ha fallecido; y lo quiere abandonar la ciudad que se niega a acogerlo, que no lo escucha, que no le habla, que no lo ve.

Hay una mezcla de mala suerte, xenofobia, engaño, aporofobia, racismo, clasismo, y otras discriminaciones difíciles de precisar por lo imbricadas que están, que van marcando el camino del protagonista. Desde el mismo momento en que se baja del bus en el que llega a Puno ciudad, hasta cuando el guion resuelve su breve historia de unos pocos días, al muchacho le ocurren una serie de eventos que lo perjudican, azarosos y aparentemente inconexos. A través de ellos se nos va mostrando una sensibilidad que logra conmover gracias a la sutil y cuidadosa construcción del personaje que nos entrega el actor Jesús Luque valiéndose de breves intervenciones en español y en quechua —lengua de sensibilidad tan especial— miradas, gestos, movimientos corporales y silencios que controla muy bien. 

Pero también gracias a un guion que se toma el cuidado de respetar lo más posible sus bases realistas y deja fluir al personaje con naturalidad, sin sobresaltos innecesarios ni exageraciones. La historia prefiere apostar porque la carga dramática la lleve el propio espectador: al final de cuentas confía en que ese gran público con el que pretende conversar ha pasado, tonalidades más, tonalidades menos, por situaciones similares de vueltas en círculos sin encontrar salidas, de días malos que se repiten demasiado uno tras otro, de trabajos que no se consiguen pese a las promesas, los intentos reiterados y la acumulación de cuentas por pagar, de un amigo que de tanto ayudarnos termina, también, abandonándonos. Quizá alguna vez la rudeza de las circunstancias nos ha llevado a pensar o intentar robar (metafórica o realmente) una fruta, y no lo hemos hecho, detenidos a última hora por miedo, vergüenza, orgullo o responsabilidad. Ese público, de algún modo, ha vivido también en esa mezcla de incertidumbre, esperanza y persistencia que es vivir en un país tan desigual como el nuestro y que “Manco Cápac” intenta resumir desde un minimalismo e intimismo con vocación de sinceridad y catarsis. 

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La película no logra mantener siempre su lealtad consigo misma, y veces parece correr el riesgo de desbarrancarse por los atajos del melodramatismo y la sobresimplificación, como cuando un vendedor ambulante se niega a hacerle un trueque a Elesbán, o un cambista se aprovecha de su necesidad para pagarle menos dinero. A veces también se le siente algunas demoras o algunos apresuramientos en el ritmo narrativo, lo que se nota más —es una opinión muy discutible como todo lo que aquí se dice— en los últimos minutos y en la escena final, más preocupada tal vez en condensar el mensaje espiritual (¿y social?) de la historia que en concluirla con eficacia. 

Hecho el balance, luego de los 92 minutos que dura “Manco Cápac”, uno no puede evitar hacerse preguntas íntimas, pero también sociales; no puede dejar de pensar aunque sea por un momento, en el forastero, el diferente, el débil, ese que está en los otros, pero también en nosotros. Eso lo logran solamente películas que se toman el riesgo de explorar a través de una historia, por más breve y focalizada que sea, las amplias posibilidades de una humanidad que nos mantiene con vida individual, pero también colectivamente.