[Crítica] “Foe” (2023), de Garth Davis

Foe 2023

El director australiano Garth Davis, que alcanzó su momento de fama con Lion: Un camino a casa (2016), plantea en Foe un experimento arriesgado: una mezcla de drama y ciencia ficción centrada en una frágil relación de pareja en medio de un futuro distópico. La participación de los irlandeses Saoirse Ronan y Paul Mescal prometía una experiencia cuanto menos pertinente de cara a la próxima temporada de premios cinematográficos. La inclusión como coguionista del autor de la novela homónima, el canadiense Iain Reid, también daba cierta garantía a un proyecto incierto, especialmente por la falta de experiencia de su director en la ciencia ficción. Aunque por un lado Davis obtiene notables interpretaciones poderosas de su dúo protagónico, el experimento resulta tristemente insípido, confuso e innecesario, y una verdadera estafa como cine futurista.

La historia del matrimonio entre Junior (Mescal) y Hen (Ronan) transcurre en el año 2065, en un planeta Tierra diezmado por el cambio climático y que empuja una migración espacial masiva por parte de una corporación global. Un representante de esta corporación, Terrance (Aaron Pierre), llega una noche a la casa de la pareja protagónica para informarles que Junior ha sido elegido para servir en la base espacial. En compensación por su ausencia, a modo de souvenir, Hen recibirá un “substituto humano” potenciado por inteligencia artificial y perfilado con el cuerpo y la personalidad de Junior. La pareja, que de por sí atraviesa problemas matrimoniales, entra en una fuerte crisis ante la negativa de Junior de abandonar el planeta y de atravesar por un proceso invasivo de recolección de datos biológicos y personales por parte de Terrance para preparar su reemplazo biónico. 

Aunque en el papel la película aparenta un fuerte componente de ciencia ficción al estilo de Inteligencia artificial (2001), Foe apenas cubre la mínima presencia de efectos especiales y referencias futuristas. Hay un carro estilo DeLorean, planos rápidos de la estación espacial, un par de naves sobrevolando y unos cuántos dispositivos tecnológicos. Pero esta escasez de elementos fantásticos no es lo que determina que sea una estafa de ciencia ficción -joyas del género como Under the Skin (2013) demuestran que lo sugerente puede llegar a ser más impactante que lo explícito-. El problema radica en la centralidad del matrimonio en crisis de Junior y Hen, encapsulado en una casa rural aislada y en un mundo infertil y atemporal en el que no hay rastros ni de la tecnología del presente. Es recién en el tercio final que la película nos recuerda su revestimiento distópico en el que entra a tallar el debate moral sobre una inteligencia artificial cada vez más familiar. 

El desarrollo argumentativo incluye cierta paranoia de thriller psicológico, y hay breves momentos en los que se recuerda el impacto del cambio climático, pero el grueso narrativo corresponde al melodrama de Junior y Hen donde proliferan el machismo, el desamor, la inseguridad y la mentira, convirtiéndolo en una película aparte. Pero aún viéndolo así, el guion de Davis y Reid nunca termina por cuajar del todo e integrar la ambigüedad de la identidad de Junior, la inexplicable sumisión de Hen y la presencia redundante de Terrance. Lo más sorprendente y a la vez desafortunado es que los dos actores protagonistas ofrecen aquí algunas de sus mejores interpretaciones. Paul Mescal es especialmente convincente en un rol que requiere extremos emocionales y algunos desafíos físicos como cuando Junior parece asfixiarse. Este rol, por el que bien podría ser reconocido, debe ser lo más cercano a presenciar su interpretación del monstruoso Stanley Kowalski para una reciente reposición de “Un tranvía llamado deseo” en Londres.           

Es inevitable comparar este filme con el episodio “Be Right Back” de la segunda temporada de Black Mirror, en el que una joven viuda adquiere un androide que reemplaza a su difunto marido. En menos de una hora dicho episodio establece una narrativa más coherente y provocadora que Foe en casi dos horas, además de no tener la necesidad de viajar a un distópico 2065 para alertar sobre el irreparable daño psicológico que implicaría compensar la ausencia de un ser humano con inteligencia artificial. Ni siquiera el montaje hace que el filme de Garth Davis se sienta menos tedioso y confuso de lo que posiblemente sea la novela original de Iain Reid. Solo vale la pena como un ejemplo más del inabarcable talento de Mescal (y de su comodidad con los desnudos recurrentes) y de la vigencia de su ya consagrada compatriota Saoirse Ronan.                   

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