Festival de Cannes: “Siempre soy tu animal materno” (2026), de Valentina Maurel


Esta es una historia de búsquedas y tránsitos sin aparente final. Elsa (Daniela Marín Navarro) recibe un mensaje de audio de Sven, su novio. Ella acaba de volver a Costa Rica, luego de unos años como estudiante en Bélgica, en donde se conocieron. Él le dice que soñó que estaba con ella en San José, en esas calles agitadas de las que ella le ha hablado, pero que él de pronto sentía que estaba en un lugar familiar, y podía percibir esa calidez como si él también perteneciera a esa ciudad. Pero Elsa no siente esa pertenencia al regresar. Envuelta en una luz fría, en espacios plagados de grises y azules opacos, su reencuentro con su lugar de nacimiento y su familia — especialmente con las mujeres que la integran— no es sobre un piso firme ni conocido. Siempre soy tu animal materno se transforma en una historia en tríada, diríamos incluso de ensamble, en la que su hermana Amalia (Mariangel Villegas), y su madre, Isabel (Marina de Tavira), muestran esa misma incertidumbre, un aislamiento emocional del que intentan salir para poder encontrarse, en primer término, con una parte inaccesible de sí mismas. La cineasta Valentina Maurel dirige su segundo largometraje después de Tengo sueños eléctricos (2023) repitiendo a Daniela Marín Navarro y a Reinaldo Amien en el elenco, pero con un tono exploratorio distinto que puede verse en tándem con las obras de autoras prominentes de la nueva literatura latinoamericana.

La colisión entre los sistemas de creencias es particularmente interesante en la película. Cada una de las mujeres está atravesada por factores distintos, tanto generacionales como de experiencia situada y heridas personales. Isabel es madre de dos hijas, pero ante todo es una mujer. Estando ella alrededor de sus 50 años, busca vías de reencuentro con ese espacio de autonomía que los relatos sociales le quitan a cualquiera que pase por la maternidad. Elsa critica que su madre intente disfrazar una intervención estética para rejuvenecer su rostro como si se tratara de un gesto feminista. Isabel argumenta que es un intento de reapropiación de su cuerpo. Hay una verdad clara en sus palabras, por lo menos para ella, pues siente que le ha dado todo a sus hijas (lo que incluye su cuerpo para gestarlas, una corporalidad que queda marcada para siempre por haber portado los embarazos), pero al querer reapropiarse de su autonomía, intenta hacerlo volviendo al tiempo en que se sentía más autónoma que hoy, tanto en lo físico como en lo profesional. Isabel ha decidido también relanzar su único poemario, escrito en su juventud y esencialmente erótico (a veces, explícito), que recibió buenos comentarios en su momento. Para las presentaciones de la nueva edición, quiere verse “bien”. Maurel no solo nos habla de una imposición estética más sobre las mujeres, en particular las de mediana edad, sino también un litigio constante con haber abandonado una versión de una misma que quizás nunca pueda reaparecer. 

A Elsa le incomoda pensar en su madre como una mujer deseante y sexual, por lo que no siente que pueda conectar con esta versión de ella. La distancia también se siente en la relación con Amalia, su hermana menor, que parece haber sentido comprensión solo de parte de la antigua empleada del hogar que hoy se encuentra en el final de su vida. No se nos declara abiertamente la neurodivergencia de Amalia, pero la incomprensión a una condición similar suele abrir brechas que se han ampliado con los principios con los que ella vive. Amalia cree en la magia y en su capacidad para comprender los mecanismos de lo paranormal. De otra parte, solo encuentra una aparente amistad con hombres que insinúan los actos ilícitos que cometen y comparten ideas conspiranoicas que Amalia avala, quizás por no perder el pequeño espacio de familiaridad que encontró. Es entonces que los sistemas de creencias siguen chocando. Cuando Amalia le confiesa a Elsa que es hostigada por espíritus parecidos a los íncubos, la mayor no ofrece una reacción que pueda reconfortar a su hermana pequeña. Es un gesto sabio de la película no mostrar la validez o invalidez de las afirmaciones de Amalia, sino centrarse en ella como persona con una visión distinta a la de sus familiares sobre lo que la aqueja. Al espectador no le debe importar si es verdad o mentira, pues ese no es el nudo a desenredar.

¿Todo lo que hemos vivido tuvo un propósito? La película cobra una fuerza especial en el paso del segundo al tercer acto, abriendo tres secuencias notables que plantean preguntas. Isabel visita una librería en la que venden su poemario relanzado. La librera, sin saber que habla con la autora, halaga a quien escribió estos poemas y le cuenta a Isabel que ese fuego en los versos puede haberse debido a la juventud de la autora. Además, “es triste” el caso de esta escritora, dice la trabajadora, pues hay autores con mucho potencial que luego no continúan su carrera. “No es triste. Nadie lee poesía. En realidad no sirve para nada”, responde Isabel, en plena contención del golpe que es para ella escuchar de otros aquello de lo que está tratando de escapar: pensamientos sobre una imaginaria gloria perdida que nunca podrá reatrapar por la imposibilidad de volver a la juventud. Sin expliciteces, Marina de Tavira es magnífica al canalizar estas emociones con total solvencia.

El segundo y tercer momento mencionados se entrelazan y corresponden a las dos hermanas. En vez de seguir la mirada de Elsa, volteamos hacia ella. Su concepto de madurez ha profundizado las distancias con el territorio familiar nuclear y con el costarricense al regresar. Amalia decide, en un funeral, hacer saber abiertamente que ella puede ser una emisaria con una persona fallecida a la que quiere con fuerza. Su madre y su hermana están listas para impedir la imprudencia de Amalia, pero su gesto es recibido con un valor muy alto por la mujer a la que se lo plantea. La luz dorada cae entre ellas en un efecto que, más que de magia, asemeja un bálsamo de alivio. Luego, a solas con su madre, Elsa reclama a Isabel por permitir el pensamiento mágico de Amalia porque lo correcto es fomentar que se concentre en una carrera (como si los estudios y las creencias sobrenaturales fueran excluyentes). Haber venido de Europa, le dice su madre, la ha afectado en la forma en la que juzga al entorno en Costa Rica: “Cada quien tiene su camino”, le dice Isabel, pero agrega “a mí la que me preocupa sos vos”. Entonces, le cuenta que soñó con ella. Nuevamente, Elsa escucha a alguien hablando de tenerla en sus sueños, pero con quien no consigue una afinidad en la lucidez del día a día. Elsa se desborda. No nos lo dicen, pero migrar para estudiar debe haber supuesto un costo emocional y un choque cultural que dejó en ella una necesidad de reconfirmar que su camino no solo era una opción más, sino el único adecuado, o si no, todo ese vacío que la aplaca hoy no tendría sentido.

Siempre soy tu animal materno se despide de la misma forma en la que se despidió Tengo sueños eléctricos, con un poema leído en voz en off, con la presencia de la poesía, el tanteo de los espacios en los que uno pueda expresar lo que guarda encofrado en el ser, con un trasfondo compartido de personas separadas, parcialmente unidas por una inexplicable pinta callejera que insiste en ser vista. Surge la curiosidad de si esto puede componer un díptico cinematográfico, o si se avizora una trilogía. “La ciudad que nos vio no existe ya”, dice un verso dentro de un poema claramente en alusión a la vida con sus hijas. Pensar en el animal materno, más que sobre el instinto de maternar, es sobre la vulnerabilidad que esta implica. El filme no parece plantear una conclusión tradicional para las protagonistas, sino observar el camino como un espacio que habitamos, que muta, que mezcla pensamiento con vísceras, y que nunca se termina de construir.


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