El Festival de Cannes sigue siendo uno de los espacios más fascinantes para descubrir nuevas voces y formas de entender el mundo. Algo que siempre he admirado del festival es su disposición a asumir riesgos, a programar películas que quizás no encontrarían cabida en otros espacios. Por eso, cuando surgió la posibilidad de cubrir parte de esta edición, no tuve ninguna duda en aceptar.
Curiosamente, varias de las películas con las que más conecté parecían girar alrededor de una misma idea: la distancia entre quienes somos y quienes creemos que debemos ser. Personajes que esconden partes de sí mismos para encajar, protegerse o simplemente sobrevivir. Personajes que, tarde o temprano, se ven obligados a enfrentar aquello que llevan demasiado tiempo reprimiendo.

Una de las aproximaciones más divertidas a este tema fue Blaise, de Dimitri Planchon y Jean-Paul Guigue, presentada en la sección paralela ACID. La película lleva el concepto del people pleasing a su extremo más absurdo: una familia entera incapaz de decir que no porque, en el fondo, solo quiere ser amada. Su estética de collage, que remite a ciertas animaciones de principios de los 2000, y su humor sutil convierten a Blaise en una propuesta refrescante y sorprendentemente actual.
En el extremo opuesto encontramos una de las grandes revelaciones de mi festival: Flesh and Fuel, ópera prima de Pierre Le Gall presentada en la Semana de la Crítica (imagen de portada). La historia sigue a Étienne, un conductor de camiones extremadamente reservado cuya vida gira por completo alrededor de su trabajo. Todo cambia cuando conoce a Bartosz, otro camionero que lo obliga a replantearse qué significa realmente vivir. Poco a poco comprendemos que su necesidad de pasar desapercibido le ha impedido permitirse sentir. La película observa cómo ese corazón cerrado comienza a abrirse frente a la cámara y cómo el amor se convierte en una oportunidad para existir plenamente.
Personalmente, este film me recordó mucho a Fallen Leaves de Aki Kaurismäki. Hay algo profundamente hermoso en observar a personajes introvertidos enamorarse. Como ver una flor florecer en tiempo real. Pierre Le Gall consigue transmitir esa fragilidad con una sensibilidad extraordinaria.
Otro de los descubrimientos más fascinantes fue Titanic Ocean, una película que parece ejercer sobre el espectador el mismo efecto que los cantos mitológicos de las sirenas sobre los marineros. A partir de una escuela de sirenas, el film construye un delicado relato de crecimiento personal donde sus protagonistas atraviesan traumas e inseguridades para convertirse en quienes siempre estuvieron destinadas a ser.

Instant classic, me atrevería a decir. Además, llega en un momento particularmente interesante. Si hace unos años la cultura popular parecía obsesionada con vampiros y hombres lobo, hoy las sirenas parecen ocupar ese espacio. Como jurado del KORK Horror Film Festival he notado esta tendencia en numerosas propuestas recientes, y no me sorprendería verla crecer aún más en los próximos años.
Otra de las películas que más me acompañó durante el festival fue Siempre soy tu animal materno (Forever Your Maternal Animal), de Valentina Maurel, cuyas tres actrices protagonistas compartieron el premio a mejor actriz en Cannes. La película sigue a una familia costarricense marcada por tensiones acumuladas cuando una de las hijas regresa desde Bélgica para pasar una temporada con los suyos. Lo fascinante del filme es la autenticidad con la que retrata la experiencia migrante. La protagonista parece haber construido una nueva versión de sí misma lejos de casa, pero el regreso la obliga a enfrentarse con la persona que fue antes de marcharse.
Como migrante, me resultó imposible no identificarme con ese conflicto. Con la sensación de regresar pensando que ya no tienes nada que demostrar y descubrir que los fantasmas que llevabas años evitando siguen esperándote allí.

El premio a mejor actriz resulta absolutamente merecido para las tres intérpretes. Y, al menos para mí, merece una mención especial Marina de Tavira, una actriz incapaz de dar una mala interpretación.
Mi última recomendación es la producción tailandesa 9 Temples to Heaven, dirigida por Sompot Chidgasornpongse y producida por Apichatpong Weerasethakul. En el film una familia decide llevar a la abuela moribunda a nueve templos distintos para realizar ofrendas con la esperanza de favorecer su recuperación. A partir de esta premisa sencilla, explora el contraste entre generaciones y las distintas maneras de relacionarse con la espiritualidad. Lo más conmovedor es observar cómo todos aceptan la incomodidad de este viaje por algo mayor: el consuelo que los rituales pueden ofrecer frente a la incertidumbre de la muerte.

Este año no pude cubrir Cannes en persona, como había hecho en ocasiones anteriores. Aun así, participar de manera virtual y descubrir a estos cineastas que entregan fragmentos de su humanidad a través de sus películas ha sido profundamente gratificante. Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que todas estas películas parecían estar haciéndome la misma pregunta desde lugares muy distintos: ¿qué parte de nosotros mostramos al mundo y qué parte seguimos escondiendo?
Quizás eso es lo que más valoro de un festival como Cannes. Más allá de los premios o de la industria, sigue siendo un espacio donde cineastas de todas partes del mundo encuentran nuevas maneras de explorar aquello que nos hace humanos. Que viva el cine, que siga viajando por el mundo y que nos permita seguir entendiéndonos un poco mejor.

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