Festival LimaDocs: «Videoheaven» (2025), vida y muerte de la cinta de video


En Videodrome (1983), la pesadilla ochentera de David Cronenberg, la cinta de video se torna un dispositivo que evoca y constituye (de forma literal) lo monstruoso. En Body Double (1984), de Brian De Palma, un pervertido queda fascinado por un video porno y decide probar suerte en la industria X. Si algo entrelaza estas dos historias y muchas otras parecidas, más allá de su relación con el cuerpo abyecto y perverso, es que ambas, sin haberlo pretendido, parecen sugerir un increíble valor inmediatista: ni bien estrenadas, son capaces de reflejar, alegorías aparte, un cambio sorprendente en la sociedad estadounidense que describen en sus historias, un cambio contenido en el poder de una cinta de video. Ambas películas, producto de un cine ochentero ansioso por recibir las nuevas tecnologías y las formas que se mimetizan con el cuerpo, son protagonistas de Videoheaven (2025), el densísimo documental de Alex Ross Perry (narrado por Maya Hawke) sobre las tiendas de video y la cultura videotape

Como sugieren Videodrome, Body Double y otras tantas películas de la época, hay algo particularmente seductor en la cintas de video: la forma mecánica y artificiosa en que comprimen, reproducen y acercan nuestros deseos. Ya lo decía «Nada personal», en uno de los versos más precisos para definir la relación con el videotape en los años 80: «sería tan bueno tocarte / pero es inútil / tu cuerpo es de látex». Por supuesto, Videoheaven no recurre de forma explícita a la canción de Soda Stereo, (de hecho, casi nunca abandona una mirada excesivamente estadounidense sobre su tema de estudio), pero sí insiste en el potencial único de la videocinta para leer los cambios culturales de la década más pop de la historia, este punto de quiebre entre sujeto y máquina, entre espectador y artista, y, por supuesto, entre dispositivo y deseo.

El documental de Perry, de casi tres horas de duración, se inspira en Videoland: la cultura cinematográfica y la tienda de video americana (2014), libro de Daniel Herbert, un exhaustivo análisis sobre el rol de la tienda de video en el imaginario cultural estadounidense. Perry utiliza extenso material de archivo para retratar el auge y caída de la tienda de video: la aparición de la tecnología y su popularidad entre grupos de nicho a inicios de los 80; la consagración del videotape como dispositivo del horror, la acción y el sexo baratos a mediados de la década, el videoclub como espacio que hace público lo privado, la amenaza corporativa del retail masivo en los años 80; el declive del videotape como dispositivo y del videoclub como eje de entretenimiento del cine social. Con un lenguaje analíticamente denso, pero suficientemente accesibles para la audiencia, Perry sigue dos líneas narrativas: una secuencia histórica que va desde los 80 hasta los 2000 y, dentro de ella, una historia que se fracciona en capítulos que resumen distintos factores de la tienda de video: su relación con la industria pornográfica, su modelo de negocio, el arquetipo de consumidor y el arquetipo del dependiente de la tienda. 

Algo en lo que destaca el film de Perry es su micro obsesión con una secuencia en particular. Perry reproduce una escena de un film (por ejemplo, una de De Palma) y sugiere distintos elementos del subtexto, observaciones refinadas (a veces atrevidas) que sugieren el poder infinito de un solo plano o ángulo, lo cual, irónicamente, favorece a su causa: este tipo de observaciones densas y milimétricas solo son posibles si uno pausa el video y lo reproduce una y otra vez, de forma obsesiva y calculadora, lo que es posible gracias al videotape.

Es a partir de una técnica así que Videoheaven insiste en el inmenso valor de archivo del cine, sin importar su calidad artística: importa su capital simbólico, no el cultural, y eso lo deja claro Perry al centrarse en las películas de serie B y el cine basura para, por ejemplo, explicar la ansiedad colectiva por el dominio neoliberal de fines de los 80. Hay algo fascinante en concebir a las cintas de video como una tecnología de lo prohibido, como el vector entre lo rutinario y lo profano, una suerte de dispositivo del morbo y de lo perverso, una tecnología corporal, corpórea, y hasta íntima, el acercamiento del video a las audiencias. 

Videoheaven insiste en que la cinta de video, como producto de significación cultural, parece envuelto en una sorpresiva paradoja: increíblemente accesible y a la vez tabú, un producto nacido para consumidores de nicho que se torna un potente signo del poder corporativizado de los años 90. Por un lado, resulta interesante que la cinta de video sugiera, de plano, un modelo de negocio basado en cierto espíritu comunitarista: la tienda de video y el local de renta como eje central del universo del entretenimiento en casa, por tanto, punto de encuentro común para las personas en su doble condición de consumidores activos y de enclaves culturales personalizadores. Si hay una forma sencilla y barata de hacer cine, esa tiene que ver con la cinta de video. Eso sí, a la vez la cinta de video sugiere, de forma bastante instintiva, la capacidad inmediata de masificarse y tornarse un producto de origen difuso y oscuro, de facilísima reproducción y circulación, una historia de vida (sea de ficción o no) condensada en un pequeño bloque de plástico: el mercado parece haberse dado por servido. 

Todos estos comentarios perspicaces en torno al videotape son bastante pertinentes y componen las mejores secuencias de Videohaven, pero, a su vez, parecen atrapados en un compendio interminable de observaciones analíticas, clips sin corte y pequeños desvíos a temáticas secundarias que oscurecen la claridad explicativa de sus mejores pasajes. Videohaven no necesita una evaluación tan exhaustiva para convencer a la audiencia y, al hacerlo, puede generar el efecto contrario: un argumento potente que se torna redundante y, en la constante insistencia, parece sugerir cierta visión superficial. El film de Perry, con su insistencia en mostrar casi toda película de Hollywood que ha mostrado una escena en un videoclub, ignora por completo el cine de otros países y la importancia del videotape para atraer al cine internacional a los consumidores estadounidenses. Asimismo, Perry no se pregunta por la economía política detrás de la videocinta y el tipo particular de relaciones de producción envueltas en el proceso. Uno podría decir que no alcanzaría el tiempo para cubrir estos asuntos, pero creo que estas dos dimensiones refuerzan de mejor manera el argumento de Perry, al menos, de mejor manera que escenas interminables en torno al cliché del dependiente de la tienda o el análisis exhaustivo de la trama de comedias baratas de los 2000. 

Es cierto que el film de Perry termina siendo víctima de una sincera pasión de su director por el tema que analiza, pero esto no niega el poder sus ideas principales. Así como el pretencioso dependiente de una tienda de videos, Perry peca de sabelotodo y aturde con la cantidad detalles de valor analístico dudoso, pero, dentro de todo, hay algo de verdad en su peculiar observación del mundo, bastante bien informada por el cine. 

Existe cierta oposición insinuada en el film de Perry sobre los distintos usos de la tecnología que automatiza y implica procesos. Una visión insiste en que la tecnología humaniza y fuerza a la comunidad a partir de una tecnología afectiva y colectiva: la cinta de video emerge como objeto íntimo que circula en distintas manos y que, dada su accesibilidad, permite hacer y distribuir cine de bajo presupuesto. Esta visión, sin embargo, se ensucia a partir de la captura corporativa del dispositivo: la cinta de video implica la saturación de contenido basura, se torna parte de un sistema de renta y consumo masificado de las mismas producciones cinematográficas y, para colmo, implica numerosos costos escondidos que son impuestos a una audiencia cautiva que ha sido dominada por un monopolio como el de Blockbuster. 

Resulta curioso, eso sí, que Perry haya preferido insistir en la primera visión antes que la segunda: si bien remarca el potencial corporativo y ultra neoliberal de la cinta de video (no por nada surgió en la era Reagan), su enfoque secuencial (que vincula la caída de la cinta y la tienda de video con un neoliberalismo que atomiza al consumidor y sus relaciones) parece, por el contrario, enfrentar a la cinta de video con el paradigma social de este nuevo capitalismo cada vez más impersonal e insensible. Que la cámara de video haya surgido como fuente infinita de deseos prohibidos (sexo y horror en época de conservadurismo cristiano, republicanos en el poder y crisis del SIDA) sugiere su potencial combativo, o así es como lo encuadra Perry. Que esta tecnología ya no exista implica, entonces, que Perry recurra al cine del pasado para hacerle frente al futuro. La efectividad o no de esta técnica (más cuando el film parece evitar contraponer de forma detalla a la cinta de video con la película de streaming o, peor aún, con el AI slop), ya queda a decisión del público. 

Archivado en:

,

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *