En los tiempos que vivimos, podríamos decir que hemos ganado muchas cosas que facilitan nuestra forma de vida. El desarrollo de distintas tecnologías ha permitido automatizar tareas y conectarnos con mucha más facilidad, ya sea con otras personas o con acontecimientos que están ocurriendo al otro lado del mundo. Sin embargo, también vale la pena preguntarse qué es lo que hemos perdido en el proceso. Es por esas ventajas, sumado a fenómenos como la democratización de opiniones que nos permiten cuestionar los discursos ya establecidos, que creo que también hemos sacrificado algo profundamente importante e inherente a la naturaleza humana: la capacidad de creer.
No me refiero únicamente a la fe en un sentido religioso. Sino a la posibilidad de confiar en una determinada idea del mundo, de asumir que existe cierto orden dentro de aquello que nos rodea. Porque si bien es cierto que hoy tenemos acceso a una cantidad mucho mayor de voces y perspectivas, alimentando así nuestra curiosidad, también vivimos sometidos a un bombardeo constante de información que nos mantiene atados a dispositivos y dependientes de la tecnología para desenvolvernos en nuestra vida cotidiana. Como consecuencia, la desconfianza se ha convertido en un estado permanente. Aquello que durante mucho tiempo fue considerado una fuente confiable pasa a ser cuestionado de inmediato y, en esa búsqueda incesante de respuestas, los hechos terminan deformándose. El resultado es un caos informativo donde cada vez resulta más difícil aferrarse a una convicción con verdadera firmeza.

Este tipo de inquietudes no son ajenas al cine de Steven Spielberg. Ya sea a través de sus dramas inspirados en hechos reales o mediante sus incursiones en géneros como la aventura y la ciencia ficción, una constante en su obra ha sido la importancia de la fe. Sus protagonistas suelen enfrentarse a sistemas que los abandonan, los engañan o los empujan hacia situaciones imposibles. Lo que nunca pierden es la convicción que les permite seguir adelante.
Basta pensar en Sentencia previa (Minority Report, 2002), adaptación de una historia corta de Philip K. Dick que terminaba reflexionando sobre la vigilancia gubernamental y el control de la información décadas antes de que esos debates alcanzaran la relevancia que tienen hoy. O en Guerra de los mundos (War of the Worlds, 2005), donde frente a una invasión extraterrestre y al abandono de las autoridades, lo único que queda es creer en uno mismo y en quienes nos rodean para sobrevivir. Incluso en una obra mucho más íntima como Los Fabelman (The Fabelmans, 2022) el descubrimiento del cine permite que Sammy encuentre una nueva manera de entender sus conflictos familiares y de proyectarse hacia el futuro.

Por eso, teniendo presentes todos esos antecedentes, desde los primeros minutos de El día de la revelación (Disclosure Day, 2026) resulta evidente que estamos frente a una película profundamente spielbergiana. Pero también frente a una obra que podría entenderse como un punto de inflexión dentro de su filmografía. Si en su penúltimo largometraje fue una mirada hacia su pasado para comprender qué lo llevó a convertirse en el artista que es hoy, esta nueva película parece estar mucho más interesada en el presente. En cómo observa actualmente el mundo, en qué lugar ocupa el cine dentro de él y en cuál debería ser la responsabilidad de quienes crean imágenes en una época tan marcada por la saturación informativa.
La historia gira alrededor de Daniel Kellner (Josh O’Connor), un especialista en ciberseguridad de Wardex, una corporación que trabaja en secreto con el gobierno de los Estados Unidos y posee mucha información confidencial. Cansado del secretismo de la empresa, Daniel decide colaborar con un grupo de trabajadores disidentes para revelar esos datos al mundo. Paralelamente conocemos a Margaret Fairchild (Emily Blunt), la presentadora del segmento meteorológico de un noticiero, cuya vida cambia por completo tras experimentar un fenómeno inexplicable que la convierte en objetivo de Wardex y de Noah Scanlon (Colin Firth), el CEO de la empresa que será el encargado de impedir que estos secretos se sepan.
El director desarrolla toda esta historia mediante una puesta en escena que demuestra una vez más el extraordinario control que posee sobre el lenguaje cinematográfico. La cámara se desplaza con fluidez por escenarios muy distintos, siempre al servicio de una tensión que aumenta progresivamente. Porque ajenamente a las ideas que plantea o de su apariencia de relato de ciencia ficción, la película funciona también como un thriller de conspiración. Un grupo reducido de personas intenta revelar información crucial mientras una estructura de poder muy superior hace todo lo posible por silenciarlos. A partir de ahí aparecen planos secuencia de enorme virtuosismo, montajes paralelos que incrementan la sensación de urgencia y momentos de gran catarsis emocional donde el espectador queda completamente involucrado en lo que sucede.

No obstante, debajo de esa trama también existe un enfrentamiento mucho más importante. Por un lado están Daniel y Margaret, dos personajes que poseen una capacidad extraordinaria que los convierte en una especie de puente entre la humanidad y una fuerza que no proviene del planeta Tierra. Por otro lado está Wardex, una organización dedicada a tener el conocimiento bajo siete llaves e impedir que aquello que permanece oculto pueda salir a la luz. Scanlon parece ser al inicio la gran figura amenazante de la historia, solo para descubrir gradualmente que es apenas una pieza dentro de una estructura mucho mayor que busca impedir cualquier forma de revelación.
Es precisamente dentro de ese conflicto donde empieza a hacerse visible el tema central de la película. La falta de fe termina jugando constantemente en contra de los personajes. Y eso se vuelve evidente a través de figuras como Jane (Eve Hewson), una ex monja que mantiene una relación con Daniel. Mediante ella, la película introduce preguntas vinculadas a la religión y a la posibilidad de que no estemos solos en el universo. Si Dios es realmente una figura omnipotente, ¿por qué habría creado únicamente a la humanidad? ¿Qué ocurre con nuestras certezas cuando descubrimos que quizá existen otras formas de vida? La película no ofrece respuestas simples, pero sí demuestra cómo hasta las creencias aparentemente más sólidas pueden tambalear cuando perdemos claridad respecto a lo que entendemos por verdad.
Desde una perspectiva mucho más terrenal aparece Jackson (Wyatt Russell), la pareja de Margaret. Él representa la incredulidad absoluta, convirtiéndose casi en el reverso del protagonista clásico de Spielberg. No es alguien dispuesto a lanzarse a la aventura ni a aceptar lo extraordinario. Prefiere mantenerse en la negación, aferrándose a una realidad que considera segura. Tanto Jane como Jackson terminan funcionando como reflejos de una sociedad atrapada entre el miedo y la duda, incapaz de decidir qué hacer cuando una verdad demasiado grande amenaza con alterar los cimientos sobre los que ha construido su visión del mundo.

A partir de acá es donde la película empieza a revelar una segunda historia escondida detrás de la primera. Dicha historia está relacionada con dos capacidades que, según Spielberg, parecen haberse deteriorado progresivamente: el conocimiento y la comunicación. Ambas encuentran su representación en Daniel y Margaret, y ambas se convierten en herramientas fundamentales para comprender aquello que está ocurriendo realmente.
Sabiendo eso, la película comienza a desplazarse progresivamente desde el thriller conspirativo hacia una reflexión mucho más amplia sobre la manera en que nos relacionamos con el mundo. El incidente que experimenta Margaret resulta fundamental para ello, ya que la vemos emitir una serie de sonidos incomprensibles que únicamente Daniel es capaz de interpretar. La razón de ello radica en que él posee un conocimiento profundo de aquello que la película denomina el lenguaje universal, representado principalmente por los números. A través de ellos logra comprender el mensaje que está llegando desde otro lugar del universo y traducir algo que para el resto de personas resulta completamente indescifrable.
Mientras vamos descubriendo quiénes son realmente Daniel y Margaret, también comenzamos a identificar los puntos en común que existen entre ambos, dando lugar a otra de las grandes preocupaciones de la película: la pérdida de nuestra conexión con aquello que nos rodea. No me refiero únicamente a una preocupación ecológica en el sentido más tradicional del término, aunque evidentemente hay algo de eso presente. Me refiero más bien a la incapacidad de prestar atención al mundo y a las señales que constantemente nos ofrece. En la película esto se manifiesta a través de los animales, que terminan convirtiéndose en la forma elegida por estas entidades para acercarse a los protagonistas y establecer contacto con ellos.

Sin embargo, el entendimiento no surge únicamente a través de esos animales. También aparece mediante elementos mucho más sencillos que han estado siempre ahí y que solemos pasar por alto. El ejemplo más evidente es la luz. Esta se convierte en un motivo recurrente dentro de toda la filmografía de Spielberg. Es la misma que que le permitió a Sammy Fabelman descubrir el poder transformador del cine, la misma que guió a Indiana Jones hacia el Arca de la Alianza en Los cazadores del arca perdida (Raiders of the Lost Ark, 1981), y, por supuesto, la que guió a Roy Neary en Encuentros cercanos del tercer tipo (Close Encounters of the Third Kind, 1977) hacia el propósito que llevaba buscando toda su vida.
Es esa misma luz la que finalmente observan Daniel y Margaret para alcanzar la revelación que persiguen durante toda la película, aunque no llegan hasta ella por sí solos. En ese camino aparece Hugo Wakefield (Colman Domingo), un personaje que, pese a no compartir los dones extraordinarios de los protagonistas, posee algo igual de importante y es la capacidad de creer en la verdad. Será gracias a esa convicción que logrará impulsarlos a alcanzar el potencial necesario para completar su misión.

Es por ese motivo que se establece el contraste más fuerte con Noah. A diferencia de ellos, Noah intenta apropiarse de una tecnología que en realidad no comprende. Cree que puede utilizarla como una herramienta de control, como un mecanismo para vigilar a los protagonistas y evitar que la información salga a la luz. Sin embargo, al hacerlo termina enfrentándose a los límites de su propia comprensión. Intenta dominar algo cuya naturaleza desconoce y, en consecuencia, termina chocando contra sí mismo. Es por eso que los reflejos adquieren tanta importancia a lo largo de la película, con Spielberg incorporándolos una y otra vez, debido a que forman parte de esa búsqueda constante por descubrir qué existe más allá de nuestra comprensión inmediata, cuáles son los puntos de encuentro entre aquello que conocemos y aquello que permanece oculto.
Lo apasionante de la cinta radica acá, ya que, aunque adopta la forma de una historia de ciencia ficción, los extraterrestres terminan siendo algo muy distinto a lo que solemos encontrar en este tipo de relatos. No hay una invasión ni un contacto tradicional como los que Spielberg ya exploró en otras etapas de su carrera. Más bien funcionan como un pretexto para dirigir nuestra mirada hacia nosotros mismos. Son el vehículo que utiliza para preguntarnos qué estamos observando, qué cosas hemos dejado de valorar y cuáles son los aspectos de nuestra realidad que merecen volver a ocupar el centro de nuestra atención.
Es también en ese punto donde la película revela con mayor claridad cuál es la preocupación actual de Spielberg. Porque no solamente está hablando como narrador, sino también como alguien que ha dedicado toda su vida a crear imágenes. El mismo director que hizo que los extraterrestres, los dinosaurios o los robots con emociones parecieran completamente reales entiende que muchas de esas formas de asombro han terminado agotándose por repetición. Y justamente por eso utiliza esta historia para defender la necesidad de seguir buscando algo nuevo, algo genuino, algo capaz de despertar nuevamente nuestra curiosidad.

La película insiste constantemente en la importancia de conservar nuestra capacidad de asombro, de seguir interesados en aquello que la vida pone frente a nosotros y de mantenernos abiertos a aquello que todavía no comprendemos del todo. No como una aceptación ingenua de cualquier cosa, sino como una disposición a no limitarse a mirar aquello que nos ofrecen las pequeñas pantallas a las que ahora estamos atados en nuestra vida cotidiana. Spielberg parece sugerir que hemos construido mundos cada vez más pequeños alrededor de nosotros mismos y que, precisamente por eso, hemos dejado de prestar atención a todo lo que existe fuera de ellos.
Sin embargo, a pesar de que tengo mucho que destacar de la cinta, tengo un reparo que no puedo pasar por alto. Esto tiene que ver con que prácticamente todos los acontecimientos están construidos con enorme precisión y que cada pieza encuentra finalmente su lugar dentro de un desenlace extraordinariamente poderoso. El tercer acto posee una fuerza enorme y termina resultando absorbente por la claridad con la que Spielberg organiza las imágenes y conduce emocionalmente al espectador. No obstante, siento que en algunos momentos la película incurre en ciertas sobreexplicaciones que resultan innecesarias.
Creo que ahí es donde aparece la principal función problemática de Hugo dentro del relato. Para ser un personaje que cumple un papel importante en la historia, parte de sus intervenciones parecen diseñadas específicamente para explicarle al espectador algunas conclusiones a las que la propia película ya nos había permitido llegar. A través de determinados diálogos se aclaran cuestiones relacionadas con el misterio, con el papel de Daniel y Margaret dentro de la historia y con aspectos que, en mi opinión, ya habían sido construidos con suficiente claridad mediante las imágenes.

Esto se vuelve especialmente evidente en una secuencia muy importante previa al inicio del tercer acto, una especie de revelación anticipada vinculada al pasado de Margaret. Ahí también termina de definirse el papel que cumple la naturaleza dentro de la película y cómo esta forma un triángulo junto al lenguaje y al conocimiento. La naturaleza aparece entonces como aquello que nos rodea constantemente y que deberíamos observar con mayor atención para poder entendernos mejor y comunicarnos de forma más auténtica.
Todo eso funciona. Todo está bien construido. Todo encuentra sentido dentro de la película. Mi única sensación es que algunas de esas ideas podrían haberse expresado con un poco más de concisión. No porque estuvieran mal planteadas, sino porque la puesta en escena ya había hecho gran parte del trabajo. Reduciendo ligeramente ciertas explicaciones, creo que el resultado habría sido todavía más sólido de lo que ya es. Habiendo dicho esto, este es un reparo bastante menor dentro de un filme que está repleto de aciertos.
En conclusión, El día de la revelación es una reflexión sobre aquello que hemos dejado de mirar en una época dominada por la información. Además de tener la emoción de un excelente thriller de ciencia ficción sobre contacto alienígena, resulta lo suficientemente incisiva respecto a nuestra dificultad para comunicarnos, comprendernos y prestar atención a lo que tenemos delante. Es precisamente la forma en que articula todas esas ideas lo que me lleva a considerarla una de las películas más importantes de esta etapa de la carrera de Spielberg. En definitiva, se trata de un filme que mira hacia el presente sin renunciar a las obsesiones que siempre definieron la obra del director y que, al mismo tiempo, parece preguntarse qué es lo que todavía vale la pena conservar para enfrentar el futuro y lo que este nos mostrará tarde o temprano.

![[Crítica] “El día de la revelación” (2026), de Steven Spielberg: el poder de la empatía](https://www.cinencuentro.com/wp-content/uploads/2026/06/Dia-de-la-revelacion-4-950x534.jpeg)

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