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Blanca Vázquez

Blanca Vázquez

En True Grit, como en Unforgiven de Eastwood, Ethan y Joel Coen eligen una historia de venganza, en la que, también aquí, una mujer paga por cazar al impío.

Los ricos y formales diálogos son música para los oídos, la extraordinariamente real ambientación de la época, la banda sonora peculiar compuesta de cortos himnos protestantes, el humor aflora a ráfagas, los personajes golosos, trazados, sin embargo, con carácter reflexivo y coeniano sobre los que estos buenos cineastas pueden moldear a gusto aunque sea una adaptación literaria.

Las obras más interesantes de los Coen son las que reconstruyen universos literarios a los que aportan su propio universo cinematográfico. Siempre impregnado de una intención moral, es un cine que imita al cine, un western que imita a los westerns de nuestra buena memoria, aquella que quiere guardar lo mejor.

El demonio bajo la piel

Adaptada ya en 1976 por Burt Kennedy como «El asesino dentro de mi», Michael Winterbottom se aplica más que Kennedy en visualizar la escritura malsana de Jim Thompson, y lo hace francamente bien, a base de buenos interpretes, a los que Casey Affleck/Lou Ford da una réplica superior; una buena ambientación de época; una fotografía y luminosidad en colores tierra que dan un carácter de asfixia y ansia enfermiza, donde todos tienen cosas que ocultar y pervertidos pasados propios de una sociedad puritana como lo era la Norteamérica de 1950.

Winterbottom sabe jugar con varios puntos inquietantes, repartidos a lo largo del metraje, que mantienen al espectador esperando una vuelta de tuerca entre el marasmo de mecanismos dramáticos de poder y corrupción, donde no falta el cacique del pueblo, Central City, que se alimenta del petróleo, y una oficina del sheriff de gatillo fácil.

Junto a un guionista de la talla de Peter Morgan (The Queen, El último rey de Escocia, Frost/Nixon), Clint Eastwood ha trazado en Más allá de la vida historias que giran en torno a la muerte como eje, componiendo una honda reflexión sobre algo que nos puede alcanzar en cualquier momento, no importa la edad, no importa el status, no importa el lugar, aunque sea en la vejez cuando más presente se haga en el pensamiento.

Clint no es dado a temáticas sobrenaturales, sino más bien a tocar la realidad por muy dura y cortante que sea. ¿Pero es real lo que abordan Eastwood y Morgan en esta producción? Es real la incomprensión de la ausencia del ser, la percepción del mundo como lo entendemos, y el repentino misterio del no ser.

Para meditar y explorar sobre algo tan difícil y misterioso, nuestra humanidad por nuestra mortalidad, la película se mueve entre tres historias personales, cada una en una parte del mundo.

Los proximos tres dias

Me hice, hace unos meses, con el DVD de una producción francesa bastante notable, Pour elle, de Fred Cavayé, de quien ya sabía que tenía remake norteamericano de Paul Haggis, con una estrella de la talla de Russel Crowe.

Pues bien, llega a la gran pantalla Los próximos tres días, (The Next Three Days) en la que Haggis traslada los personajes de Cavayé (ambientados en París) a la industrial Pittsburgh, la ciudad de los puentes, volcando algo de la urbana colisión metal/cristal de su oscarizada Crash. Haggis tiene una huella muy particular, que se esfuerza por asomar en cada una de sus creaciones, desde la acción de su escritura como en sus guiones.

El realizador británico Tom Hooper, que proviene de la TV, ha conseguido entrar directamente en las preferencias de los Globos de Oro, con una película brillante, El discurso del rey, tratando un tema, la monarquía, que siempre resulta rentable de cara a premios y prestigios.

Aclaremos que la cinta es, antes que una postal sobre la monarquía británica y sus dislates, una pequeña historia sobre la importancia y al mismo tiempo la tortura de hablar en público, un tratado sobre la voz, su modulación y lo que provoca en los demás, una oda a la amistad y a la igualdad.

Con ciertos toques irónicos, muy sutilmente distribuidos dentro de unos diálogos y unas ductilidades actorales exquisitas, el guionista David Deidler y Hooper hablan de la autoestima y la falta de cariño, y como éste afecta a la personalidad, y para ello no falta el efectismo visual, a base de movimientos de cámara o el uso del color.

A casa por Navidad

En una mezcla entrecruzada de humor y drama, observamos las vidas de unas pocas criaturas solitarias, arrobadas por ese paisaje nevado del norte boreal, que devienen más susceptibles en la época navideña y lo que es de agradecer esa mirada está exenta de esa música de situación machacona de los productos habituales.

Ambientadas en una pequeña ciudad noruega, Skogli, destacan la historieta del padre que se disfraza de Papa Noel para ver a sus hijos, dejarles sus propios regalos, y hacerle la gracia al nuevo novio de su ex pareja; la de el vagabundo alcohólico, reencontrado a sí mismo entre pinos navideños y una antigua conocida; la de la amante (despechada) que se sienta al lado de la esposa (engañada) en la iglesia; o la más edulcorada de la pareja kosovar que, huyendo de su tierra, dan a luz en una cabaña perdida.

Harry Potter y las reliquias de la muerte

Larga despedida sin lágrimas Apenas recuerdo la primera, y única, película que vi de franquicia tan ventajosa económicamente, a través de lo escrito y lo visual, sobre un niño inglés …

Inception

10. Biutiful: Alejandro González Iñárritu arranca de las sombras la Barcelona escondida, negra y apagada. Regodeo en el drama, firma indudable del autor. Poética de la malaventura.

9. Toy Story 3: Montaña rusa de sensaciones, cosidas a muy buen ritmo, que dan cita a casi todos los géneros: western y aventuras al comienzo, comedia, terror, bélico, acción y melodrama con las inevitables lágrimas del espectador ya rozando el final. Regalo de Pixar.

Biutiful

Así como a ciertos cineastas les gusta rebozarse en merengue y el convencionalismo sentimental del happy ending, otros se embadurnan de todas las miserias humanas habidas y por haber, y si cabe, se las inventan. Este segundo podría ser, a grandes rasgos, el twist del estilo creativo de Alejandro González Iñárritu, que desde su primer largo importante (en colaboración con Guillermo Arriaga), Amores perros, 2000, no ha dejado de mostrar los demonios que rodean y se agarran al individuo.

Llega a la pantalla grande, Biutiful, la tan esperada producción de G. Iñárritu después de la candidata a los Oscar que se quedó a dos velas, Babel, y su divorcio de Arriaga.

Gru: Mi villano favorito

Illumination Entertainment, productora nuevita fundada en 2007 por el ex presidente de la Fox, Chris Meledandri, siguiendo los pasos de Pixar, DreamWorks Animation o la Disney, ha estrenado su primer largo con todo lujo de sorprendentes detalles visuales para la infancia conectada de hoy, y para todos nosotros, sea dicho. Dentro del menú semanal de cine, bueno es procurarse una de animación siempre que tengamos ocasión, pues el virtuosismo imaginativo del que hacen gala estas producciones, quizá con el acicate de la rivalidad entre compañías, es delicatessen para regalarse.

Gru: mi villano favorito (Despicable Me) dirigida por Pierre Coffin y Chris Renaud, es entretenida, simpática, amena, garbosa y grata de ver para toda la familia, en la que los niños van a encontrar malabares visuales para sus hambrientos ojos.

Takers picotea el thriller de atracos al furgón un poco de aquí y otro de acullá, dentro de la historia del género. Así desde captar la idea argumental de los Ocean’s Eleven de Soderbergh, a tratar de capturar la ambigüedad de la banda de Heat (Michael Mann), hasta lanzar la caña para pescar escenas del Asalto al tren de Pelham (Tony Scott), todo lo que certifica que John Luessenhop no ha hecho suyo el trabajo, no lo ha firmado con tics que la diferencien del resto de los clichés usados y trillados en este tipo de producciones, pensadas más como elemento de beneficio económico que como autoría fílmica.

Incluso el tratamiento dado a los personajes con respecto a su vida personal se desarrolla en un túnel sin luz, donde no se consigue siluetar la ambivalencia de los personjes, e incluso alguno de ellos, como es el caso de Hayden Christensen, se hace intraducible de lo fantasmagórico que resulta. Tampoco la dicotomía entre ladrón-policía, eje sobre el que giran estas producciones, dibuja bien las grietas emocionales que sus precedentes proporcionaron con sofisticación.

Caza a la espia

Caza a la espía, título español más sugerente (insólito) que el original, Fair Game, dirigida por Doug Liman, el encargado de la primera entrega de la saga Bourne, y escrita por los hermanos Butterwoth, Jez y John-Henry, es una pieza exquisita, inusual, sobria y rigurosa bien arropada por excelentes intérpretes, de interesante cine político, dirigiendo la mirada en los restos de la memoria que nos puedan traer Pollack y Pakula.

El guión es obra de dos buenos dramaturgos británicos, basado en el libro, «The Politics of Truth», escrito por el matrimonio norteamericano protagonista, la ex funcionaria de la CIA, Valerie Plame y el ex diplomático y periodista, Joe Wilson.

El fondo del lienzo, The Town, Ciudad de ladrones, está formado por los grupos mafiosos irlandeses que mantienen el arquetipo familiar a lo Soprano, más alguna coalición (véase la mirada hacia otro lado del policía del barrio), conformando las leyes, respetos debidos y deberes obligados a todo componente de la familia, de la que no hay escapatoria posible.

Y eso viene a ocurrirle a Doug, un contenido pero eficaz Ben Affleck, al enamorarse de la directora de uno de los bancos atracados. Enamoramiento al que el personaje está más que predispuesto por su espíritu fatigado del entorno. Como en Heat, la soledad del arquitecto del grupo le conduce a una relación limpia, con alguien fuera del ambiente, y con ella llega la idea del retiro en soleados parajes. Como en Heat, la mujer se acerca a la vista del buscado y trata de mandarle el mensaje de que tiene invitados.

En The Social Network, David Fincher, el realizador que empezó en el mundo del videoclip musical, divide y construye un entramado con una narrativa no lineal, asomando flashbacks que sorprenden bien avanzada la película, narrando un momento exclusivo de buena suerte y chispa, ocurrido en el otoño–invierno de 2003–2004, que cambió la vida de un joven lumbreras de la informática, por lo demás bastante arrogante y engreído, convirtiéndose en muy poco tiempo en uno de los multimillonarios más jóvenes del momento, sin que parezca que vaya a ser afectado por una burbuja virtual.

El estilo visual cargado de emoción e inteligencia de Fincher sabe jugar con cada plano, cada escena, cada secuencia proporcionando una sobriedad cerebral pero punzante, dibujando con un cariz más crítico de lo que aparenta, las personalidades y acontecimientos (económicos y jurídicos en este caso), con el apoyo de los diálogos del guionista Aaron Sorkin, a los que no les falta ni sobra nada.

Sosa (Ricardo Darín) no es un santo, pero tampoco un demonio. Luján (sorprendente Martina Gusman) no es un virginal personaje. Ambos tienen sombras y secretos.

Trapero desliza su cámara por la vida de cada uno hasta confluir en su encuentro. Quiere esto decir que ante todo Carancho es una naturalista y bella historia de amor, labrada en sus vacilaciones y miradas, dudas y rechazos como (muy) pocas veces se presentan estos asuntos sentimentales en el cine.

Y los primerísimos planos, a veces sofocantes, ayudan a percibir ese sentimiento de necesidad mutua para salvarse.

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