Cartas desde Iwo Jima (2006)

Letters from Iwo JimaLetters from Iwo Jima
Dir. Clint Eastwood | 142 min. | EE.UU.

Guión: Iris Yamashita y Paul Haggis
Música: Clint Eastwood

Intérpretes:
Ken Watanabe (General Tadamishi Kuribayashi), Kazunari Ninomiya (Saigo), Tsuyoshi Ihara (Barón Takeishi Nishi), Ryo Kase (Shimizu), Shidou Nakamura (Teniente Ito)

Estreno en Perú: 15 de febrero de 2007

El ambicioso proyecto de Eastwood sobre la cruenta batalla en el pacífico concluye con este filme de tono oscuro y todavía más fúnebre que Flags of Our Fathers. Es la versión del lado derrotado al cual iremos conociendo en su momento de agonía, apenas de despedida y siempre replegándose. Auténtica crónica de la decadencia o la disolución de una cultura, de una tradición reducida a las cavernas lejos de la luz y a la que el director se dedica con maestría como tratando de introducirnos en aquella especial idiosincrasia que define, como la película misma, la imposibilidad del regreso a casa y el sacrificio final como alternativa a la victoria. Mirada que nuevamente se divide en más de uno para ofrecer un relato personal paralelamente al épico que es el que esperan todos. Eastwood todavía con más claridad que en su versión americana de los hechos ha dejado de lado cualquier exaltación de la guerra. No hay momento en este filme en el que la narración de la batalla no se encuentre teñida por la amargura y la impotencia, sentimientos más poderosos que el mismo miedo y horror hacia la muerte frente a la cual los personajes reaccionan de muy diversas formas.

Letters from Iwo Jima

El secreto mundo japonés, antes de ser abierto por la llegada de los americanos y su bomba, ha intentado ser representado en varias ocasiones por cineastas foráneos que mayormente exaltaban una esencia radical y entregada incondicionalmente a designios superiores. Fue tal vez a su modo sucursal de la imagen total de las naciones que integraron el eje. Pero teñido de cierto exotismo que le otorgaba su distancia con respecto a la dominante y superada Europa. Uno de los innumerables clásicos del cine bélico norteamericano fue Sands of Iwo Jima con John Wayne haciendo la exaltación de la heroica bandera que ahora subvierte Eastwood. La visión del Japón encerrado en su propio medioevo es también transformada por la sensibilidad conmovida y desmitificadora del director. Por ello al igual que en la mirada americana las imágenes se dan inicio bajo el sentimiento de lo concluido, de lo aparentemente desvanecido en el tiempo pero sobreviviendo bajo un extraño influjo. Pero acá ya ni siquiera se remonta a ese pasado a través de algún torturado participante paseándose en la oscuridad ante la certidumbre de su reunión con los que dejó atrás. Los únicos testigos presentes a los que accedemos son a los solitarios parajes, monumentos y artefactos militares de todo tipo abandonados como únicos adornos o señales de vida en las playas teñidas de tristeza. Acá no hubo regreso ni siquiera y por ello Eastwood es más concluyente que en su película anterior.

La película esta concebida en forma de un largo flashback de este gran y mudo testigo, o de los fantasmas que lo habitan quienes abren el camino a estos investigadores que desembarcan para descubrir algo más sobre estos padres perdidos o aislados por la historia. La mano maestra del director entonces asume el riesgo de introducirse en el día a día de ese ejército aislado a la espera de su contrincante el cual disemina sus puntos de vista por intermedio de tres integrantes de sus filas (al igual que en Flags). El soldado Saigo es representante de la clase media en cierto sentido, algo instruido y también descreído de la campaña suicida que emprende la nación. El soldado Shimizu que es formado dentro de la élite y que es enviado a la isla como premio a su debilidad ante las prioridades del estado. Y el general Kuribayashi (un digno Ken Watanabe) que asume el empeño de no dejar pasar al enemigo a toda costa. A partir de sus miradas e ilusiones conjugadas es que se va dando cuenta del dramático episodio, aunque siempre magistral el dominio de Eastwood nos presente a toda una serie de personajes bien configurados que nos ofrecen los más diversos aspectos de la guerra desde el fanatismo, la dedicación, el oportunismo, la caballerosidad y lealtad. Eastwood se dedica más a crear cuadros humanos antes que potenciar la sensaciones vertiginosas del combate, que las hay pero siempre revestidas de esa tragedia absoluta.

Letters from Iwo JimaLa película se entrega a esta crónica de una derrota anunciada como una larga y tétrica ceremonia de seppuku que, a la manera japonesa, es el acto más digno ante la conciencia de la derrota. La melancolía vuelve a atravesar el cine de Eastwood como la voz consciente de este último respiro o último cigarrillo antes de la ejecución. Los soldados de carrera, y los que no lo son, comparten este desasosiego ya presente mucho antes que la flota americana se deje ver en el horizonte. Sueñan con el regreso a como de lugar aunque estén prohibidos de manifestarlo. Saben que su sentencia esta dictada y no tendrán mayor confesor que aquellas cartas en las cuales verterán sus vidas al borde la muerte. Detalle digno de Truffaut que se convierte en la expresión misma del lirismo que impregna el filme. Kuribayashi añora los tiempos a caballo antes de las máquinas (como los héroes de Peckinpah) y se da el gusto de un insólito brindis de un Johnnie Walker en copas de sake junto al Barón Nishi, otro de los inolvidables personajes de la cinta, caballero sin caballo de un tiempo ya ido. Mientras los estruendosos alaridos del combate se van haciendo cada vez más fuertes la película se va volviendo más densa en lugar de dinámica y ese es su propósito. Los hoyos, cuevas y túneles a lo largo de la isla se van transformando en sus propios sepulcros en medio de la inútil búsqueda de la recomposición para algunos (como el soldado que sale de su tumba como muerto viviente para un último acto casi surreal de volar un tanque) y la aceptación de su destino para muchos otros (la notable secuencia del suicidio con granadas escuchada por los soldados del filme anterior).

Formalmente Letters from Iwo Jima deja la apariencia de ser más orgánica que la anterior pero ambas películas, excelentes independientemente (y anómalas a su modo), forman una unidad notable. El episodio largo y angustiante del “adiós a las armas” se ve reflejado en sus más complejas dimensiones. La concentración dramática específicamente de este filme es excepcional y los episodios secos y exasperados del combate solo lo confirman. Ni los que levanten banderas blancas se verán libres de ese destino compartido y asumido en cada secuencias, en cada uno de sus planos; especialmente esos pequeños tributos para sus exequias en vida como el canto de los niños que asumen la voz de arriba asintiendo su sacrificio por la “nación” o la operática secuencia de la inmolación de Kuribayashi que resume ese especial sentido del honor de las muchas veces incomprendidas culturas del “oriente”, a las que se acerca con inteligencia y sensibilidad el cineasta americano (y ello nos trae a la memoria la no menos formidable Furyo de Oshima). El último acto de la despedida termina con la ironía de que los menos preocupados por sus propias vidas se convertirán en sobrevivientes ignotos más aún que los celebrados héroes americanos a los cuales acompañan en su dolor, imposibles de diferenciar en la muchedumbre de cuerpos sangrantes y almas marcadas. ¿Y el recuerdo que hemos presenciado? Acaso si la historia llega por fin a la luz sobreviviendo a la destrucción artillera y la erosión del tiempo, a la vista no de quienes se esperaba pero si de sus correspondientes herederos. Momento final poderoso con el que se cierra éste proyecto hecho obra de arte, cumbre en el cine de Eastwood y a mi entender en toda la historia del cine.

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3 comentarios

  1. Anónimo
    9 de Marzo de 2007 at 15:29 — Responder

    Auténtica crónica de la decadencia o la disolución de una cultura… sucursal de la imagen total de las naciones … Pero acá ya ni siquiera se remonta a ese pasado a través de algún torturado participante paseándose en la oscuridad ante la certidumbre de su reunión con los que dejó atrás…
    La melancolía vuelve a atravesar el cine de Eastwood como la voz consciente de este último respiro o último cigarrillo antes de la ejecución… Momento final poderoso con el que se cierra éste proyecto hecho obra de arte, cumbre en el cine de Eastwood y a mi entender en toda la historia del cine. ¿Cómo? ¿será posible ser tan ampuloso y barroco para comentar un film? Me malogró usted el sueño Sr. Esponda. Generalmente me voy a descansar con un buen artículo de Cinencuentro pero esto es demasiado, peor aún si quien lo lee es un historiador. Vuelva a escribir este artículo por favor.

  2. Anónimo
    9 de Marzo de 2007 at 15:32 — Responder

    caballero sin caballo de un tiempo ya ido?

  3. 10 de Marzo de 2007 at 6:08 — Responder

    Muy buena película del maestro Eastwood, que una vez más demuestra su sabiduría narrativa.
    Los sentimientos más encontrados del ser humano, en medio de la barbarie.

    Gran película.

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