Festival de Valdivia 2013: “Night Moves”, azar, horror y buenas intenciones

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Jesse Eisenberg y Dakota Fanning en Night Moves

Jesse Eisenberg, el chico maravilla de The Social Network, y Dakota Fanning, la pequeña hija de Tom Cruise en War of the Worlds, van madurando en la pantalla. En Night Moves, quinto largometraje de Kelly Reichardt, como Josh y Dena, planifican, calculan, ejecutan una acción extrema, disidente, irrepetible. Jóvenes activistas del medioambientalismo en Estados Unidos, hacen volar en mil pedazos la represa de una gran firma que afecta seriamente a la naturaleza en el sur de Oregon, estado costero ubicado al noroeste del territorio norteamericano. Y entonces el cumplimiento de la subversiva misión ecologista, realizada al estilo de una operación de espionaje, originalmente les hace rozar el cielo pero luego les lleva poco a poco al infierno de la culpa y el remordimiento, la sospecha y el pánico, el acecho y la criminalidad.

Reichardt narra con excelente pulso y divide la trama en dos partes perfectamente opuestas y desiguales. La primera muestra personajes que se reúnen en sitios holgados, incluso expuestos al sol, y piensan más o menos armoniosamente, como piezas que empalman, donde el relato privilegia la construcción de los elementos dispersos (yate, insumos, información general y el vínculo con el tercer camarada) y la dilatación de las secuencias claves, como la compra del nitrato de amonio, la colocación del yate–bomba al costado de la edificación a destruir, y el escape asolapado de la zona del desastre entre las poco rigurosas pesquisas policiales. Un adelanto del viejo suspense hitchcockiano que luego ganará intensidad en la historia de Jonathan Raymond, guionista y novelista que vive precisamente en Oregon y que ha trabajado en otros tres filmes de la directora (Meek’s Cutoff, Wendy and Lucy, Old Joy).

De pronto, Reichardt/Raymond hacen aparecer el componente social, es decir la presencia de la población, aunque consistiera en un solo individuo, en esa boscosa geografía en la que, como parte del stablishment, el capital privado sienta sus raíces impunemente. Tan es así que, de modo intencional, no había prácticamente indicio alguno de que hubiera alrededor del objetivo alguna persona, hasta que se produce el atentado. Y en ese pequeño pueblo, la prensa aparece, ahí sí, con su potencial de denuncia y acusación que divulga el episodio y lo posiciona en la agenda nacional, para desgracia de los responsables.

Nunca más volverá a juntarse el trío del complot. Todo contacto no pasará de elusivos diálogos telefónicos de potencial complicidad entre Josh y Harmon (Peter Sarsgaard, quien maneja la situación en off sólo con una voz envolvente), y visitas alarmantes a la mujer que cuestiona lo actuado y amenaza la libertad de aquellos. Esos últimos abordajes son nocturnos, filmados en espacios que oprimen, como el vehículo de Josh y la casa de Dena, iluminados en penumbra y compuestos con encuadres oblicuos y parciales. El hogar donde vive Josh también se transforma: donde había relajo y camaradería ahora se instala el vacío y la desconfianza, con la espalda como mensaje simbólico. Y los semblantes de Josh y Dena, como ecos de Cronenberg, exhiben los efectos de las esquirlas de la explosión. Él con los músculos contraídos, ella con laceraciones cutáneas, presas de la paranoia.

Reichardt explora entonces la psicología y la ética humanas, invirtiendo las buenas intenciones y la satisfacción contracultural en el rompimiento involuntario del contrato social y la confrontación interna con el horror de ser un victimario colateral y, sobre todo, un estratega de la eliminación directa para evitar el encierro. La lucha medioambientalista, sin llegar a ser descalificada políticamente, es desprovista de integridad y decoro, como cualquier propósito noble que se escapa de las manos, y convertida en ingrediente del azar y la perdición. O, finalmente, Night Moves acepta de igual modo la lectura, más simple y clásica, del tránsito de personas comunes y corrientes a una situación extraordinaria que los abruma y sobrepasa. Y la naturaleza, la gran motivación del trío protagónico, luce traicionera, inasible, como el inmenso biombo que no permitió el crimen perfecto.



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