[Crítica] “Hasta el último hombre” (Hacksaw Ridge), una película bélica sobre la religión y la tolerancia

Es muy interesante el caso de Mel Gibson, quien –como actor– ha protagonizado numerosas películas de acción, comedias y hasta thrillers. Obras más o menos ligeras y de éxito comercial, sin mencionar sus primeras apariciones en interesantes productos del cine australiano. Lo que marca un cambio es su trabajo como director, donde se mezcla su capacidad para manejar los códigos del cine comercial con preocupaciones personales, destacando las de índole religiosa así como las bélicas. Ejemplos de ello son “La pasión de Cristo” y “Corazón Valiente”, obras que lo ubican en un plano más elevado que el de un simple artesano y director de súper producciones.

La película gira en torno a Desmond Doss, un objetor de conciencia que se convierte en héroe durante la II Guerra Mundial.

En esa línea aparece ahora Hasta el Último Hombre, una más que notable película ambientada en la batalla de Hacksaw Ridge, en Okinawa, durante las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial y basada en un hecho real. El protagonista de esta cinta, Desmond Doss (Andrew Garfield), fue un joven técnico sanitario objetor de conciencia que, pese a ello, decidió enrolarse en el ejército norteamericano y participar en la guerra del Pacífico en 1945; destacándose por la hazaña de haber rescatado él solo a 75 heridos en uno de los combates más sanguinarios de la contienda.

El origen de la violencia y la guerra está en el hogar

La línea narrativa de esa película es muy sencilla. Vemos al héroe de niño y luego de joven a punto de causar la muerte en un juego infantil y posteriormente enfrentándose a su padre, un veterano de la primera Guerra Mundial, alcohólico y traumatizado por lo que vivió en aquel primer conflicto global. Este es un asunto clave en el filme, ya que en los bloques subsiguientes aparecerá –en flashbacks puntuales pero bien dosificados– el grado de violencia doméstica en el hogar de los Doss. Y en una pausa de la batalla, hacia el final del filme, Desmond confiesa a un compañero, Smitty (Luke Bracey), el resentimiento con su padre, mientras que su interlocutor le comparte que él vio a su padre una sola vez, cuando lo llevó a internarlo en un orfanato. Como vemos, Gibson ubica el origen de la violencia y la guerra en un entorno familiar de abandono o distanciamiento paterno y que se realimenta con… secuelas de la guerra. Pero, al mismo tiempo, la película postula que es posible partir de ese círculo vicioso para salir del mismo, como lo veremos más adelante.

Paralelamente, en esta parte inicial de la cinta, se desarrolla una historia de amor algo inocente y hasta cursi con Dorothy (Teresa Palmer), una enfermera; aquí el director perdió la oportunidad de “ponérsela aún más difícil” a su héroe, o sea, tener un personaje femenino más desarrollado.

La relación de Doss con Dorothy es un punto débil del filme al bordear la cursilería.

Cuando Desmond finalmente logra enrolarse pareciera que la película sería una típica historia de amor mediada por la guerra. Recién en este momento, luego de haber conocido a sus compañeros de batallón y haber pasado las primeras etapas del entrenamiento, nos enteramos que es un objetor de conciencia que se niega incluso a tocar un rifle; más aún, se niega a participar en combate los días sábados, por sus creencias religiosas: pertenece a la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Este es un giro importante en la película puesto que, sin dejar de ser un filme bélico, se convierte también, y principalmente, en una película religiosa.

Seguirá entonces todo un bloque se secuencias dedicado a las varias, diversas, a veces violentas y muy tenaces presiones que sufre Doss durante su entrenamiento, derivadas de su decisión de participar en la guerra; luego de lo cual vendrá el cuarto gran bloque final dedicado a la batalla de Hacksaw Ridge y el reconocimiento al heroísmo del joven técnico sanitario.

Superando el círculo vicioso de la violencia y la guerra

Pero lo importante no es tanto la secuencia narrativa, que sigue un patrón casi lineal, sino el tratamiento de los conflictos internos y externos del personaje con su familia y sus compañeros de batallón. En primer lugar, destaca la relación con su padre, caracterizada por su complejidad y derivada del contraste entre las heridas del pasado bélico paterno y la decisión de sus hijos de participar en la nueva guerra mundial. Tom (Hugo Weaving), su progenitor, había construido una coraza defensiva y cargada de resentimiento contra sí mismo producida por los horrores y sufrimientos que vio y padeció en la primera Guerra Mundial. La consecuencia de ello fue la violencia doméstica (tolerada y explicada por su esposa) y el distanciamiento emocional y maltrato hacia sus hijos; e incluso la tolerancia a la violencia entre sus propios hijos pequeños.

Doss rescató él solo, desarmado, a 75 heridos en medio de una carnicería humana.

Por parte de Desmond, también se generó un resentimiento profundo hacia el padre pero, al mismo tiempo, se desarrolló una capacidad de sobreponerse a ese odio incubado. Esa capacidad se basó en la comprensión del origen de los problemas del padre: la guerra; lo cual, a su vez, constituye la motivación profunda de la decisión del héroe de enrolarse pese a ser objetor de conciencia, reforzada por razones religiosas. Esta fue su forma concreta de escapar, enfrentar y superar el círculo vicioso en el que estaba emocionalmente atrapado. De otro lado, su padre –posteriormente– también apoyaría (y de manera decisiva) la decisión de su hijo. Pese a ello, en la citada conversación con Smitty hacia el final del filme, próximo a un momento crucial de la lucha, Desmond reconoce que aún carga con el dolor infligido por su padre en la infancia. La superación no implica olvido o supresión del sufrimiento, sino su mitigación por un esfuerzo superior en favor de otros y de la humanidad en general.

En el bloque de entrenamiento para la guerra se agudizan tanto los conflictos externos como internos del personaje. Se establecen conflictos (personales y grupales) más o menos agudos con sus jefes y compañeros del ejército. Aquí también las relaciones tienen algún grado de complejidad oscilando entre la oposición total al personaje y una cierta comprensión que legalmente terminará imponiéndose: su participación será aceptada a regañadientes. Los conflictos aquí expuestos y abiertos se resolverán –y esto constituye un aspecto muy importante de la película– en el último gran bloque de secuencias. Importante porque a través de este proceso no solo se resolverán los conflictos del protagonista sino que también el resto de personajes será puesto a prueba lo que abona en favor de una mayor profundización en sus distintos caracteres.

Este gran bloque final tiene dos componentes. De un lado, la descripción de la batalla en sí; enfatizándose al comienzo que los japoneses buscaban eliminar especialmente a los médicos y personal identificado por la Cruz Roja –lo que ponía las cosas más difíciles al voluntariamente desarmado Desmond–, ya que prácticamente no aceptaban prisioneros; más bien “repasaban el campo de batalla” para dar el tiro de gracia a los heridos que hubieran. El segundo gran componente a su vez se divide en dos partes; una, destinada a mostrar la actividad de Doss en el campo de batalla (y donde se resuelven los conflictos planteados en el bloque anterior, del entrenamiento) y, el segundo, un comportamiento heroico específico del joven técnico sanitario que da el título en castellano a la película.

Más que la victoria, la sobrevivencia

Las escenas bélicas son crudas y espectaculares, pero sin caer en el morbo o el solazamiento.

Cabe destacar en la descripción bélica el talento de Gibson para mostrar en toda su crudeza la violencia de la guerra. A pesar del gran número de imágenes, una más cruda que la otra (especialmente de heridos y mutilados), no hay solazamiento ni morbo alguno. Las imágenes son muy variadas, bien construidas y el tempo esta tan bien regulado que se mantiene el impacto pero no se profundiza ni se regodea en lo chocante que puede resultar una verdadera carnicería humana. Al mismo tiempo, permite mostrar las diversas reacciones de los soldados en el campo de batalla, en algún caso, comparándolas con las actitudes durante el entrenamiento, en un crescendo que –con sus modulaciones– provee intensificación dramática en torno, más que a la victoria, a la sobrevivencia.

Además, esto es simplemente el entorno que acompaña los movimientos de tropas, las acciones propiamente dichas y los diálogos que se establecen entre los soldados y Doss. Hay momentos también de tranquilidad donde se cierran algunas heridas (internas) del pasado remoto y reciente, pero también –en la batalla– se abren nuevas heridas (externas) y muerte por doquier. Lo épico hace acto de presencia pero, casi inmediatamente, es mediatizado por el estrés de la guerra; tanto así, que el mismo héroe, al retornar finalmente hacia su base, muestra signos físicos de pánico y tensión por lo vivido. En tal sentido, esta es una película antibélica y pacifista.

La religión como terapia pacifista

Pero, sobre todo, esta es una obra profundamente religiosa. Retornemos a la infancia y juventud en el hogar de Doss. Una familia disfuncional con un padre agresivo puede ser un infierno que tiende a reproducirse o dejar huellas profundas en los hijos. Una forma de escapar a esta situación es la religión. Hay personas que necesitan la religión ya que les brinda una estructura para vidas marcadas por la violencia o el desamor, que –en el caso de nuestro héroe– no eran tan terribles porque al menos recibió el afecto de su madre. Sin embargo, la religión también le dio una motivación para salir adelante en el momento más crítico (de su vida) en una situación crítica (una guerra mundial).

Cabe aclarar que la película evita en todo momento promover un credo en particular; aunque la iglesia específica de Doss apenas es mencionada en una oportunidad al igual que el par de reglas que le impone, en realidad el contenido religioso tiende a tener un carácter general. El conflicto entre estos valores (motivaciones) religiosos y los imperativos de la guerra recorren de inicio a fin toda la cinta; y en varias partes de la película son motivo de debate explícito o implícito. Asimismo, el tema religioso está directamente conectado con la acción dramática, salvo en un momento donde está simbólicamente representado –cuando el héroe es recogido por una camilla aérea, en contrapicado hacia el cielo– en la parte final de la película.

Doss es retado por Smitty al negarse a utilizar armas; luego harían las paces.

En tal sentido, otro aspecto muy importante que juega –en este caso– la religión es que no pretende imponerse al resto sino que busca convivir con personas que tienen creencias (religiosas) diferentes y opuestas sobre la guerra. En este filme conviven ideas aparentemente excluyentes y, sin embargo, se demuestra que pueden coexistir e incluso complementarse mutuamente: la no-violencia puede actuar en el marco de la violencia, cuando esta es impuesta objetivamente, en circunstancias histórico concretas o –como en el caso de Desmond– por razones personales de justicia. Aquí se expresa la tolerancia y el respeto a las diferencias incluso en una situación tan extrema como la descrita.

Este es un caso en el que un miembro de una determinada iglesia se hace respetar pero no por el proselitismo sino por la acción y el liderazgo. Doss demuestra que puede ser tan valiente como cualquier otro e incluso convertirse en un héroe (fue el primer caso de un objetor de conciencia condecorado oficialmente por el Gobierno de Estados Unidos). Asimismo, demostró en los hechos que era igual al resto de combatientes a pesar de no tocar ninguna arma en un contexto en que estas eran casi indispensables para mantenerse con vida.

Tolerancia, respeto y liderazgo

Creo que esta es una idea muy valiosa ya que demuestra que la tolerancia puede ser aceptada a partir del conocimiento del Otro, en un contexto de interacción social (en este caso bélica) y que incluso se puede ir más allá de la tolerancia, ganándose el respeto y dignificación de una persona que piensa diferente sobre asuntos tan serios como la defensa de su patria en una guerra. Situación muy distinta al de amplios sectores de las iglesias cristianas en nuestro país (y en otros de América) que buscan imponer sus creencias mediante la ley o su influencia en el Estado a personas y grupos minoritarios que no las comparten o que son o piensan diferente; en otras palabras, que buscan o pretenden discriminar al que es o piensa diferente, por razones religiosas.

Este filme demuestra que la religión puede promover sentimientos como el amor, la amistad, el coraje, el apoyo al prójimo y hasta el sacrificio por el prójimo a riesgo de perder la propia vida en circunstancias excepcionales, como la guerra. No obstante, exactamente esos mismos valores pueden trocarse en su contrario y conducir a la intolerancia, el maltrato y el odio gratuitos, en incluso la violencia y el crimen cuando la religión encarna en grupos fanáticos o fundamentalistas; lo que no se muestra en ningún momento en la película.

Gibson, muy hábilmente, ha eliminado toda referencia a estos aspectos negativos que también pueden caracterizar –en otras (o incluso, las mismas) circunstancias– a la religión. Y está muy bien que lo haya hecho porque se limita su aporte a la convivencia y defensa de la existencia humana en asuntos de vida o muerte dentro de una comunidad que va más allá de la propia nacionalidad. En efecto, en el fragor de la batalla Doss llegaría a ayudar a un herido japonés y rescataría a dos heridos nipones, tomados prisioneros y que fallecerían a causa de sus graves lesiones.

Momento decisivo en el que Doss se niega a tomar su fusil por lo que enfrentaría una Corte Marcial.

“Hasta el Último Hombre” nos muestra el enfoque más deseable de la religión como una necesidad tanto para las personas que pertenecen como para aquellas que no pertenecen a un credo determinado; así como también para aquellos que no tienen ninguna creencia religiosa. La idea subyacente, más allá de una discusión sobre la objeción de conciencia, es cómo la religión puede hacernos mejores seres humanos. Cierto que lo hace en una situación límite, pero justamente esto permite retrotraerlo a contextos más específicos, donde se promueve el respeto a todas las personas por igual, independientemente de nuestra raza, religión, nivel socioeconómico, género, orientación sexual, discapacidad o cualquier otro motivo.

Las actuaciones van de lo bueno a lo muy bueno. Especialmente destacable es la recreación que hace Andrew Garfield de Desmond Doss, como un muchacho inocente, puro, seguro de sí, pero no incauto ni tampoco –pese a las apariencias– tonto. Hay sin embargo un sesgo de ingenuidad parsifaliana en su voluntario apartamiento del mundo de la guerra y la violencia; primero, porque conoce la violencia desde la infancia y, luego, porque llega a aprender varias destrezas de la guerra “desde fuera”, durante su entrenamiento (e incluso lo demuestra apoyando en determinada circunstancia al sargento Howell, interpretado por Vince Vaughn, durante la batalla). Ese aspecto “zanahoria” lo mantendrá a lo largo de la película y la evolución de la acción lo llevará de la ingenuidad a un liderazgo cuasi sagrado, ya que –al final– sus compañeros esperarán que concluya sus oraciones del sábado antes de entrar en combate.

En las relaciones de Desmond con sus compañeros tanto antes (durante el entrenamiento) como después (durante la batalla) este no cambia; sigue siendo él mismo, sólo que va creciendo en humanidad, es decir, conoce al monstruo por dentro y logra salir aterrado (pero no traumado) como cualquier otro ser humano. Ha asimilado (y sobrelleva) la experiencia del padre y en el campo de batalla ha visto los distintos tipos de comportamiento ante la guerra, desde el heroísmo y el sacrificio hasta el pánico inmovilizador. De esta forma, gana el reconocimiento y hasta el liderazgo de sus compañeros en la etapa final de la cruenta batalla de Hacksaw Ridge.

En suma, las creencias religiosas del protagonista lo mantiene ecuánime hasta el final, elevándose sobre el impacto que el horror vivido pueda haber mellado su espíritu, gracias que su fe está enfocada en los valores básicos que caracterizan a muchas religiones y que se relacionan con aspiración a la perfectibilidad del ser humano. Una gran película.

Hacksaw Ridge

Estados Unidos, 2016, 131 min.
Dirección: Mel Gibson
Interpretación: Andrew Garfield (Desmond T. Doss), Rhys Bellamy (Desmond Doss de adolescente), Vince Vaughn (sargento Howell), Sam Worthington (capitán Glover), Luke Bracey (Smitty), Hugo Weaving (Tom Doss), Ryan Corr (teniente Manville), Teresa Palmer (Dorothy Schutte, esposa de Desmond), Rachel Griffiths (Bertha Doss), Richard Roxburgh (coronel Stelzer), Luke Pegler (Milt “Hollywood” Zane), Richard Pyros (Randall “Teach” Fuller), Ben Mingay (Grease Nolan). Guion: Andrew Knight, Robert Schenkkan, Randall Wallace. Producción: Paul Currie, Bruce Davey. Música: Rupert Gregson-William. Fotografía: Simon Duggan. Montaje: John Gilbert.

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5 comentarios

  1. […] muy interesante el símil de esta imagen con una parecida en Hasta el Último Hombre, la película de Mel Gibson, donde su protagonista es rescatado por una camilla aérea y en una […]

  2. […] muy interesante el símil de esta imagen con una parecida en Hasta el Último Hombre, la película de Mel Gibson, donde su protagonista es rescatado por una camilla aérea y en una […]

  3. Ursula
    6 Febrero 2017 at 10:41 — Responder

    Excelente crítica, muy bien desarrollado cada punto de vista! Felicitaciones!

  4. […] Hasta el Último Hombre, la película de Mel Gibson, muestra la faceta más deseable de la religión, “La […]

  5. […] películas, a las que podrían añadirse “Hasta el Último Hombre”, de Mel Gibson, que logró el Oscar por mejor edición (montaje), a cargo de John Gilbert, y el […]

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